CAMAGÜEY.- La pantalla se enciende y, del otro lado, aparecen rostros atentos. No hay bullicio de redacción ni el sonido cercano de los teclados compartidos en una misma sala. Cada estudiante está en un lugar distinto, frente a una computadora o un teléfono, en medio de apagones, conexiones inestables y una realidad que pesa. Aun así, la clase comienza.
El ejercicio forma parte de la formación de quienes se preparan para contar la realidad. No se trata solo de cumplir una evaluación. En cada encuentro virtual aparece una pregunta, una idea de reportaje, una historia que merece ser contada. Las pantallas sustituyen la cercanía de la redacción, pero no logran apagar la inquietud ni el deseo de escribir.
Afuera, el mundo atraviesa momentos tensos. Las noticias hablan de guerras entre países, de conflictos que estremecen ciudades enteras y de una incertidumbre que se extiende más allá de las fronteras. Dentro del país, la vida tampoco resulta fácil. Las dificultades cotidianas, las carencias y el desgaste se sienten en cada conversación. Todo eso también forma parte del contexto en el que aprendemos el oficio.
Quizás por eso cada texto adquiere un valor distinto. No es solo un párrafo que se corrige o un titular que se discute. Es una forma de mirar lo que sucede, de intentar comprenderlo y de compartirlo con otros. Entre conexiones que se interrumpen, notas que se revisan una y otra vez y preguntas que buscan respuestas, los jóvenes intentan aportar y aprender desde Adelante, esta vez solo en su diario en la web.
En cada intercambio aparece también algo más difícil de medir: la voluntad de aprender pese a las circunstancias. Las dudas se comparten, los criterios se contrastan y poco a poco los textos encuentran su forma definitiva. En medio de un panorama complejo, la palabra se convierte en una herramienta para pensar el presente y para mantener viva la curiosidad que da sentido al oficio.
Cuando finalmente todo queda listo, no hay aplausos ni el ruido habitual de una redacción llena. Solo pantallas que se apagan poco a poco. Sin embargo, algo permanece: la certeza de que, incluso en medio de la distancia, las tensiones del mundo y las dificultades del país, el periodismo encuentra siempre la manera de abrirse paso. Porque cuando la realidad pesa, contarla deja de ser solo un ejercicio académico y se convierte, también, en un acto de resistencia.
