CAMAGÜEY.- Hace años que no envío una postal por el Día de las Madres. Tal vez desde que murieron mis abuelas, que pertenecían a esa generación que todavía esperaba el cartero y guardaba tarjetas entre la ropa blanca, dentro de las gavetas, entre papeles importantes o estampitas de santos. Ahora las felicitaciones llegan por WhatsApp: una postal digital, un sticker con flores animadas, un corazón latiendo en la pantalla. Todo ocurre rápido. Todo desaparece rápido también.
Sin embargo, hace unos días me dio por abrir gavetas. Buscaba una cosa y terminé encontrando otra: las postales que durante años recibió mi madre de toda la familia, desde los parientes de Sibanicú hasta los de Matanzas.
Después aparecieron las de mi abuela Mima, mi abuela paterna. Algunas eran suyas; otras habían pertenecido antes a otras mujeres de la familia.
Postales heredadas, recicladas por la memoria, sobrevivientes de mudanzas y humedades.
Aquellas tarjetas no eran simples felicitaciones. Eran una manera de conservar el afecto. Las extendí sobre la mesa y vi levantarse una especie de jardín imposible: rosas aterciopeladas, tulipanes europeos, crisantemos, orquídeas, mariposas, flores silvestres y flores que seguramente jamás crecieron bajo el sol de Cuba. En el centro coloqué una postal de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba y madre mayor de tantas devociones domésticas.
Con todas aquellas tarjetas podía armarse una rosaleda semejante a la que florece estos días en el Retiro madrileño. Solo que esta era una rosaleda hecha de cartón, brillantina y dedicatorias manuscritas.
Lo verdaderamente importante no era la imagen impresa, sino la letra. Las dedicatorias se repetían de una postal a otra, copiadas quizá de otras tarjetas, de almanaques, de revistas, de programas radiales o simplemente aprendidas de memoria. Había en ellas una mezcla de ingenuidad y buena fe que hoy algunos llamarían cursilería. Pero reducirlas a eso sería injusto.
No todo afecto necesita la altura de la gran poesía. Existe también una poesía popular, doméstica, improvisada, que durante años sostuvo la vida emocional de muchas familias cubanas.
Mi abuela Mima improvisaba décimas picarescas, humorísticas, repentinas. En muchas casas cubanas el verso no pertenecía únicamente a los poetas: estaba en la sobremesa, en los velorios, en las serenatas, en los cumpleaños y también en las postales del Día de las Madres.
Leo algunas dedicatorias y escucho de nuevo aquella voz colectiva: “En una cajita blanca suspiraba un conejito y en sus suspiros decía: mamita te felicito”. “Si me dieran a escoger del amor el más sincero, escogería el tuyo que es el más dulce y verdadero”. “Nacen las flores, nacen las margaritas y por ser el Día de las Madres tu hijita te felicita”. “Madre: flor insustituible del jardín de la vida”.
Hoy esas frases pueden parecer excesivas, dulzonas, repetidas. Pero durante mucho tiempo fueron el lenguaje disponible para decir cariño. Y eso también merece respeto. Había personas que quizá nunca escribieron otra cosa en su vida, salvo aquellas líneas temblorosas dirigidas a su madre cada segundo
domingo de mayo.
Además, las postales conservan algo que el mensaje digital ha ido perdiendo: el peso físico del tiempo. El papel envejece. La tinta se aclara. Las esquinas se doblan. Algunas tarjetas conservan todavía restos de perfume o de pegamento brillante. Otras muestran faltas de ortografía que hoy corregiríamos enseguida, pero que entonces pasaban intactas porque lo importante era llegar a tiempo al buzón, no la perfección gramatical.
Cada postal es también un documento de circulación: alguien la escogió, pagó por ella, escribió despacio, buscó un sobre, caminó hasta un correo.
Había espera. Había demora. Había incluso incertidumbre. Ahora enviamos un emoji de flores en segundos.
Y no se trata de condenar el presente. Las madres siguen recibiendo amor, aunque venga comprimido en una pantalla. Pero a veces me pregunto qué objetos podrán abrir nuestros hijos dentro de cuarenta años para reconstruir cómo nos quisimos. Qué gavetas heredarán. Qué huellas físicas quedarán de este tiempo instantáneo.
Quizá por eso las viejas postales comienzan a verse hoy como pequeñas piezas de patrimonio sentimental. Hay una colección reciente en el Museo Provincial Ignacio Agramonte de Camagüey. No me sorprendió. Hay objetos humildes que terminan contando mejor la historia de un país que muchos documentos oficiales.
Las postales del Día de las Madres hablan de Cuba de una manera silenciosa: de la familia dispersa, de la necesidad de decir ternura aunque fuera con versos prestados, de las mujeres que guardaban papeles durante décadas, de las flores soñadas desde una isla tropical.
Después de revisarlas volví a guardarlas con cuidado. Ya no eran las mismas tarjetas. Ahora las veo como un archivo del cariño. Una pequeña rosaleda de papel levantada contra el olvido.
