La pantalla se enciende. Del otro lado, rostros atentos. No hay bullicio de redacción ni el sonido cercano de los teclados compartidos en una misma sala. Cada quien está en un lugar distinto, frente a una computadora o un teléfono, en medio de apagones, conexiones inestables y una realidad que pesa. Aun así, la clase comienza. Aun así, y sin la edición impresa que ahora llegaría a sus 18, los estudiantes protagonizamos el día especial que Adelante nos regala. Porque contar la vida deja de ser un ejercicio académico y se convierte en un acto de resistencia.