Cuando mi abuela se casó, casi de forma automática dejó de trabajar fuera. Quizás por la época, siglo XX, década del 60. Prefirió dedicarse a la casa y a los suyos: sus padres y tías ya viejos, su esposo y luego sus hijos. Eso me explicaba, cuando yo, niña curiosa, frecuentemente lanzaba la misma pregunta: “Abuela, ¿por qué tú dejaste el trabajo?”.