CAMAGÜEY.- Próximo al paso del río Las Clavellinas, el cuatro de noviembre de 1868, en la otrora villa de Santa María del Puerto del Príncipe aconteció un hecho decisivo para la historia de Cuba: el alzamiento de 76 camagüeyanos que decidieron secundar el Grito de Yara.
Estos valientes, liderados por el Marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt, signaron la incorporación de la región central a la Guerra de los Diez Años que se libraría contra la metrópoli española.
Los móviles de este suceso no surgieron por obra de una improvisación. En Camagüey se habían gestado en reuniones secretas celebradas en lugares como las fincas Rubalcava y Los Caletones. Allí se discutía la necesidad de romper con el poder colonial y se organizaban los primeros grupos armados. Se pensaba en la extensión de la lucha a lo largo de toda la isla, de manera simultánea bajo las banderas de la independencia.
Más que una reacción al llamado de los ecos del levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de octubre de 1868, la incorporación de los principeños resultó fundamental, desde el punto de vista estratégico, al abrir un frente en la zona central que dispersara, debilitara la capacidad de repuesta y dividiera a las fuerzas españolas, además de ampliar el escenario de la contienda. En ese lugar se legitimó la causa de los insurrectos, quienes demostraron la disposición combativa de las principales regiones del país.
Las Clavellinas aupó la heroicidad de hacendados, profesionales y jóvenes de la región. Entre ellos se encontraban los hermanos Boza, los Arango y otros hombres de altura como su principal organizador y posterior presidente de la República de Cuba en Armas, Salvador Cisneros. La heterogeneidad social de los participantes reflejaba que la soberanía era un proyecto compartido por diferentes sectores de la población y que el compromiso con la patria superaba lo militar.
Mientras ocurría la conspiración en ese paraje, el abogado Ignacio Agramonte Loynaz, permanecía en la ciudad encargado del aseguramiento de la conjura, a la cual se unió el 11 de noviembre, en el Ingenio El Oriente. No cabe dudas que el hecho constituyó una inspiración, el simbolismo e inició de un camino arduo para ese letrado, que luego se convertiría en uno de los jefes del Ejército Libertador, referente moral, de disciplina y mando en el campo de batalla.
Con la reafirmación del apoyo de los montaraces a la Revolución ocurrida en La Demajagua, lanzaban, a su vez, un fuerte mensaje de unidad. Los alzados comprendieron que la libertad necesitaba la abnegación común y dependía del concurso de todos los territorios. El hecho patentizó que la lucha era nacional y que cada región debía aportar su esfuerzo.
Los involucrados en Las Clavellinas fueron ejemplo de madurez política, de la correcta interpretación del momento histórico y del ímpetu de transformar, con determinación, su realidad. No se trató de un gesto tardío, como algunos han señalado, sino de una decisión estratégica que fortaleció la insurrección y dio continuidad al proyecto iniciado en Oriente.
Hoy, a 158 años de la epopeya, el obelisco erigido en el sitio rememora el valor de aquellos héroes que apostaron por la libertad. Un monumento que es una alegoría a la resistencia, la memoria y las tradiciones de lucha de Camagüey.
