CAMAGÜEY.- Hay personas que esperan todo un mes por un día. Lo esperan porque saben que volverán a encontrarse. Porque alguien preguntará por los abuelos. Porque aparecerá un apellido que conduce hasta Málaga o Las Palmas de Gran Canaria. Porque otro recordará una costumbre aprendida de sus mayores. Porque habrá una historia que contar y alguien dispuesto a escucharla. Cada primer sábado del mes, un grupo de camagüeyanos espera por la Tertulia Alisios. Quizá esa sea la razón más hermosa de su permanencia.
El cuarteto de vientos Matices abrió el encuentro al que asistí esta vez. Era una elección casi inevitable para una tertulia que lleva por nombre esos vientos que atraviesan el Atlántico. Pero en esta casa los alisios parecen hacer algo más: traer de vuelta las memorias de quienes un día cruzaron el océano y dejaron aquí sus apellidos, sus costumbres y sus descendencias.

Alisios es uno de los espacios más antiguos de la Casa de la Diversidad Cultural Camagüeyana, inaugurada en 2010 y perteneciente a la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey, según me confirmó la especialista Jacqueline Elena Martínez Egidio.
Yo llegué por primera vez en agosto de 2023, por insistencia de Alina Díaz, entonces anfitriona de la peña. Quería que les hablara de mi estancia en La Palma, la Isla Bonita. Pero pronto comprendí que aquella reunión tenía un motivo más profundo que escuchar a una invitada. Era un pretexto para verse. Los asistentes hablaban de sus ancestros europeos, de sus raíces, de esas historias familiares que a veces se conservan en un apellido y otras en una frase, una fotografía, una costumbre o una manera de recordar.
Desde entonces ha pasado el tiempo. Algunos de aquellos ancianitos enfermaron. Otros fallecieron. Algunos ya no pueden salir de sus casas. Alina, vecina del edificio Lugareño, es ahora una presencia ausente en la tertulia. Está lejos de aquellas reuniones que tanto disfrutaba, pero permanece en la memoria de quienes siguen llegando. Tal vez por eso, cuando una regresa a Alisios, también se encuentra con quienes estuvieron.

Esta vez la bienvenida de Jacqueline anunció el tema: Italia y el Ferragosto, la celebración que tiene su centro el 15 de agosto. Pero las conversaciones, como suele suceder cuando se reúnen personas con historias que contar, no tardaron en viajar más allá de las fronteras italianas.
Porque hablar del verano es hablar del calor. Y hablar del calor, en estos tiempos, es hablar también del clima que cambia, de las lluvias que faltan, de las sequías y de los incendios.
La encargada de conducir la conversación fue Dania Ruiz Álvarez, maestra durante 35 años. Comenzó en la enseñanza primaria y luego se especializó en Español-Literatura. Trabajó en la escuela Rafael María de Mendive y en la Esteban Borrero; durante dos años ejerció en la Sierra de Cubitas y después regresó a la Esteban, donde permaneció hasta su jubilación.

Dania habló como quien conversa. Contó que el Ferragosto tiene su origen en la antigua Roma, cuando el emperador Augusto instauró días de descanso para los trabajadores, y explicó cómo la tradición terminó vinculándose con la celebración católica de la Asunción de la Virgen, fijada el 15 de agosto.
Entonces preguntó por un refrán. “El agua de mayo no se la bebe ni un caballo”. Quiso saber quién lo había escuchado de sus mayores. La pregunta parecía sencilla, pero abrió otra puerta hacia la memoria. Porque el verano también tiene sabores. Mangos, aguacates, anoncillos, guayabas. Frutas que llegan con el calor y que, como los refranes, también forman parte de una herencia. Una memoria que no siempre viene de Europa, pero que también nos pertenece.
Dania recordó julio de 1951 y los registros de temperatura de aquel momento para relacionarlos con los récords de calor de estos días, cuando la sensación térmica parece volver insoportable hasta el aire.
Y regresó a los refranes. “El agua de abril cabe en un barril”. Abril, explicó, era también el mes que gustaba a los niños de otras generaciones porque soplaba el viento y podían elevar los papalotes. Quizá por eso los alisios tienen tanto que ver con esta tertulia. Porque aquí también se elevan recuerdos.
La conversación terminó mirando hacia el presente: la sequía, los incendios, la necesidad de educar para cuidar el planeta. “Por un futuro verde y un ambiente limpio”, insistió Dania. Y mientras hablaba, una podía pensar que las tradiciones también son una manera de cuidar. Que recordar de dónde venimos puede ayudarnos a comprender quiénes somos.
En medio del público estaba Osvaldo Alfonso, un niño de once años, camagüeyano de ascendencia catalana. Había llegado acompañado de su abuela y llevaba una flauta de juguete que está aprendiendo a tocar gracias a las clases del Centro Loyola.
“Esta es una flauta que no es oficial”, aclaró, tímido pero seguro. Después tocó. Primero, Ya lloviendo está, “la primera canción que aprendí, que es bastante cortica y por eso me la aprendí rápido”. Luego interpretó Noche misteriosa.

Su abuela, Rosa Piqué Budón, lo escuchaba. Tiene 80 años y llevaba un vestido de flores. En su ropa lucía también un sello que identificaba su comunidad de origen. Lo resumió en una frase que parecía contener toda una declaración de pertenencia: “Cataluña ante todo”.
La próxima sesión de Alisios estará dedicada a La Diada, porque el 11 de septiembre es el día de reafirmación de la nacionalidad catalana. Rosa ya tiene preparada una bandera de la bindependencia catalana y quiere presentarla en el encuentro del primer sábado de septiembre. Tal vez Osvaldo vuelva con su flauta. Tal vez Rosa vuelva con su bandera. Tal vez otros lleguen con nuevas historias. Porque así funciona Alisios: cada mes alguien trae algo que parecía dormido y lo coloca en medio de la conversación.
También estaba allí Jorge Ovidio Padrón Roque, de 85 años. Nació en Santa Clara, pero vive en Camagüey desde 1969. Es presidente de la Asociación Canaria en el territorio y conserva la historia de su abuelo, Pedro Padrón Robaina, quien llegó desde Las Palmas de Gran Canaria. Eran diez hermanos. Tres se embarcaron rumbo a Cuba. Uno regresó. Los otros dos se quedaron y aquí murieron.

Jorge Ovidio también llegó a Camagüey después de un viaje. Es instructor de danza, de la primera graduación de esa especialidad, en 1962. Ejerció en Cabaiguán hasta que fue enviado a esta ciudad. Aquí se enamoró de una camagüeyana. Y aquí se quedó. Muchas ciudades se construyen así: con personas que llegan y encuentran una razón para no marcharse.
Dania también lleva en sus apellidos una geografía familiar que atraviesa el océano. Me contó que Ruiz procede de Málaga y que su padre, Jorge Ruiz Carmona, y su hermana Concepción Ruiz Carmona, eran primos de Pablo Picasso, una historia que habrá que investigar con calma. Por la rama materna, el Álvarez Ballagas llegó desde las Islas Canarias.
En Alisios, cada apellido parece contener un mapa. Y cada persona, una pequeña travesía. Por eso he terminado volviéndome asidua de la Casa de la Diversidad Cultural Camagüeyana. Este verano la he frecuentado especialmente los martes y jueves, porque allí funciona como sede del taller de crochet del proyecto Las hormigas locas. Gracias a ese espacio he conocido otras historias, otros rostros, otras maneras de hacer comunidad. Pero la Casa es mucho más.
Tiene una programación habitual y espacios múltiples y diversos, destinados a las distintas comunidades que han confluido en el ajiaco cultural de Camagüey. Quizá eso explique la persistencia de Alisios.

En un tiempo en que muchas cosas se han vuelto difíciles, hay personas que siguen esperando un sábado específico del mes. Esperan para verse. Para conversar. Para recordar. Para escuchar cómo una maestra habla de una antigua fiesta italiana y termina hablando de los calores de Cuba. Para escuchar a un niño tocar una flauta que “no es oficial”. Para descubrir que una mujer conserva una bandera de un lugar que siente suyo, aunque haya nacido lejos de allí. Para saber que un hombre llegó a Camagüey desde Santa Clara y decidió quedarse por amor. Para descubrir, en un apellido, el rastro de un pueblo al otro lado del mar.
Los alisios siguen soplando. Y cuando llegan a esta casa, traen consigo a los que se fueron, a los que llegaron, a los que se quedaron y a los que todavía están aprendiendo a nombrar sus raíces. Por eso, cada primer sábado, algunos camagüeyanos esperan. Porque hay memorias que necesitan una fecha para volver. Y hay vientos que, después de cruzar el océano, todavía saben encontrar el camino de regreso.
