CAMAGÜEY.- Ricardo de Miranda Rodríguez dice que es tímido. Lo dice mientras habla. Y habla mucho.Tiene 34 años y, por lo que cuenta, la quietud nunca ha sido exactamente lo suyo. Ha hecho vinagre y pastas de espagueti desde cero, ha bordado, ha aprendido crochet por YouTube, trabaja en la radio, estudia Comunicación Social y todavía encuentra tiempo para investigar, tejer y pensar qué cosa nueva puede intentar después.
“Yo siempre he sido una persona muy inquieta”, resume.
Cuando llegó la COVID y el mundo pareció detenerse, Ricardo buscó algo que hacer con las horas encerradas en casa. Era contador de profesión y continuaba trabajando, pero aquella reclusión dejaba tiempo para explorar.
Primero fue el bordado.
Le regalaron un aro, un tambor de bordado y unas sabanitas de niño. Empezó a bordar, pero aquello no terminó de atraparlo. Entonces, como quien abre una puerta sin saber todavía qué encontrará detrás, comenzó a mirar videos en YouTube y descubrió otra técnica: el crochet.
No tenía materiales. Hasta que alguien le regaló su primera agujeta y un hilo que, para colmo, ni siquiera correspondía con la aguja. Así empezó.
A fuerza de probar, equivocarse y volver a intentarlo, Ricardo fue aprendiendo solo. Y el crochet, que llegó casi de casualidad, terminó por encontrar un lugar que no había ocupado ninguna de sus inquietudes anteriores.
“Desde el primer momento me enamoró y me atrapó”. No solo porque podía crear cosas con sus manos. También porque, paradójicamente, una persona que se reconoce impaciente encontró en el crochet una manera de aprender paciencia.
Tejer lo obliga a concentrarse en un proyecto, a seguir una secuencia, a no dispersarse en las muchas cosas que quisiera comenzar al mismo tiempo.
“Me ha enseñado a tener paciencia, a alejarme de los problemas, a centrarme en un proyecto en específico, a no empezar muchas cosas y dejarlas, sino a centrarme”.
Por eso habla del crochet como una terapia. Dice que le da paz. Mucha tranquilidad. Y mientras lo cuenta, una puede imaginarlo con la aguja en la mano, haciendo punto tras punto, como si cada lazada ayudara también a ordenar el ruido de afuera.
En una de las clases del taller de verano del proyecto Las Hormigas Locas, Ricardo estaba concentrado en una cartera para su madre. Ya la terminó. Ella sabe que será su regalo de cumpleaños, en septiembre, aunque todavía tendrá que esperar.

La cartera nació de un pequeño reclamo materno. Ricardo había tejido una mochilita para Marian Tejedor, su compañera de la radio. Su madre lo vio.
—¿Para quién es eso?
—Para Marian.
Entonces llegó la pregunta que, según cuenta, tenía acumulada desde hacía algún tiempo:
—Tú le tejes a todo el mundo.
Y era verdad.
Había hecho bufandas para personas de la radio. A otros les había regalado distintas piezas. Pero su madre sentía que todos recibían algo menos ella. Ahora tendrá su cartera. Ricardo incluso quiere llevarla, junto con la mochilita de Marian, a la muestra final de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas. Después volverá a casa con ella para entregársela en septiembre.
Todavía no ha vendido ninguna de sus piezas. No porque no vea las posibilidades económicas del crochet, sino porque le cuesta imaginar que aquello que hace con sus manos pueda tener un precio.
“Tengo el síndrome del impostor. No me creo todavía que pueda ser lo suficientemente buena una pieza como para venderla”.
Lo dice también a las muchachitas del taller, con quienes comparte ahora el curso de verano, los martes y jueves en la Casa de la Diversidad Cultural Camagüeyana.
Ricardo fue uno de los integrantes del grupo que comenzó a aprender en abril. Ahora continúa en el nivel avanzado, en una etapa donde se han incorporado niñas y jovencitas. Él es el único varón. Llegó con cierto temor.
Aunque conocía parte de lo básico, pensaba que un curso podía ayudarlo a acortar el camino. Siempre hay un consejo que uno desconoce, un detalle escondido, “un recoveco” que no aparece en los tutoriales. Pero había otra razón. La comunidad.
“Las cosas más íntimas de un oficio se aprenden así, en comunidad”.
La persona con quien pensaba matricular finalmente decidió que no necesitaba hacerlo porque ya sabía crochet. Ricardo pensó diferente. Saber no significa dejar de aprender. Y aprender tampoco significa hacerlo siempre en soledad.
Al principio se quedó callado. Dice que es tímido y tenía miedo de cómo lo recibirían. También porque, en Camagüey, siente que son pocos los hombres que tejen. A veces se sienta en el Hotel Santa María a tomar café y saca su aguja. La gente pasa y mira. Él continúa tejiendo. Nunca le ha importado demasiado la mirada ajena, aunque reconoce que existe esa pregunta que aparece antes de cualquier juicio: “¿Un hombre tejiendo?”.
Y detrás de ella, otras preguntas, quizá todavía más antiguas: ¿qué habilidades tendrá?, ¿qué sensibilidad?, ¿qué hace un hombre en un oficio asociado durante tanto tiempo a las mujeres?
Ricardo conoce esos prejuicios. Por eso, cuando habla del crochet, no habla solamente de puntos, hilos y agujas. Habla también de romper moldes.
“Que todo el mundo sepa que es para todo el mundo”.
En eso también está trabajando desde las redes sociales. Como estudiante de Comunicación Social y como parte del taller, ayuda a llevar la página de Facebook de Las Hormigas Locas. Sabe que, en tiempos donde lo que no circula por las redes parece condenado a la invisibilidad, comunicar también es una forma de proteger y dar valor.
Para él, mostrar lo que hacen es acercar a otras personas a un mundo que quizá desconocen. Y en medio de una época dominada por las inteligencias artificiales, encuentra en los oficios manuales una resistencia particular.
No cree que una máquina pueda sustituir fácilmente la sensibilidad que hay detrás de un trabajo hecho con las manos. Puede generar patrones, sí. Pero otra cosa es tomar el hilo, elegir los materiales, equivocarse, deshacer, volver a empezar y conseguir que una idea termine convertida en un objeto real.
“Intentar llevar ese patrón a la realidad humaniza esta realidad que estamos viviendo”.
También cree que las redes pueden ayudar a desmontar la división tradicional entre labores “para hombres” y labores “para mujeres”: los oficios considerados fuertes, rudos o pesados de un lado; los trabajos delicados, domésticos y manuales del otro.
Para Ricardo, el crochet no tiene género. Y él, desde su aguja, también está “deconstruyendo realidades”. Quizá por eso no resulta extraño que haya encontrado en el taller una familia. Porque el crochet lo atrapó durante la COVID, pero el grupo terminó enseñándole otra cosa: que incluso una pasión aprendida a solas puede crecer mejor cuando encuentra compañía.

“Nunca pensé que en el curso fuera a encontrar esta comunidad, que para mí es mucho más importante que el crochet en sí”.
Habla de apoyo, risas, proyectos y planes comunes. Y una entiende entonces que Ricardo, el hombre que dice ser tímido, no ha llegado hasta aquí para esconderse.
Está en la radio desde hace dos años, cumpliendo un sueño que también lo apasiona. Cada mañana conduce la revista informativa Camagüey al día, de seis a ocho. Los sábados realiza Camino a la plaza, un programa histórico. Dirige Ritmo joven y, durante este verano, acompaña a Marian en un espacio sobre tecnología. También ideó y escribe Notas al aire, un programa de música instrumental.
En la radio ha encontrado la posibilidad de explorar su lado artístico. En el crochet, una manera de encontrar paz. Y entre una cosa y otra, casi no duerme. El domingo es su único día de descanso. Su cuerpo lo sabe y ese día no se levanta temprano. Agradece a su madre, que lo ayuda con las tareas de la casa. El resto de la semana transcurre entre la radio, la universidad, las investigaciones y el hilo.
Ahora mismo está preparando algo nuevo. A finales de agosto, las muchachas del taller tendrán un desfile. Ellas confeccionarán sus ropitas y Ricardo hará los accesorios. Está tejiendo una especie de bolsita apomponada. Otra pieza que quizá todavía no se atreva a vender. Otra oportunidad para quedarse quieto durante unas horas, aunque él diga que no sabe hacerlo.
Porque Ricardo es, sobre todo, un hombre inquieto. Solo que ha descubierto que, a veces, para seguir avanzando, hay que sentarse. Tomar una aguja. Elegir un hilo. Y empezar.
