CAMAGÜEY.- En 1433, el neerlandés Jan van Eyck pintó a un hombre con la cabeza envuelta en una tela. Para entonces, aquello que hoy llamamos turbante ya había recorrido un largo camino por África, Medio Oriente, Asia y la India, sobre cabezas de hombres y mujeres y con significados tan diversos como los lugares donde fue adoptado: proteger del sol y del frío, distinguir una posición social, acompañar una práctica religiosa, señalar pertenencias o, sencillamente, componer una manera de presentarse ante el mundo.

No existe, por tanto, un único turbante ni una sola historia que contar sobre él. Hay culturas en las que forma parte de la vida cotidiana y otras donde adquirió significados vinculados a la fe, la dignidad, la identidad o la resistencia. En algunos momentos de la historia colonial, cubrirse la cabeza fue además una imposición sobre las mujeres negras; en otros, esos mismos paños terminaron convertidos en espacios de creatividad, afirmación y memoria.

Por eso resulta difícil explicar qué hace hoy un turbante sobre la cabeza de quince mujeres en Camagüey si se mira solamente como un accesorio. Puede ser una tela comprada para la ocasión. Una bufanda. Un pedazo de ropa. Una cortina.

—Esto mismo que tengo yo es una cortina. Y mira —dice Gladys Williams Vidal, mientras señala el suyo.

Antes de que exista la pieza terminada está la imaginación. Y antes de que haya una forma perfecta de anudarla, están las ganas de aprender, de probar colores, de mirarse en el espejo y salir a la calle.

En Camagüey, ese deseo no nació ayer. El 8 de marzo de 2024, Lucía Hernández Rodríguez fundó Turban Camagüeyana y sus tradiciones, una iniciativa que llevó la práctica a espacios culturales de la ciudad y participó en encuentros dedicados al turbante. Algunas de las mujeres que hoy continúan alrededor de esta experiencia han transitado por ella de distintas maneras. La historia no termina en un nombre ni en una fecha: las tradiciones también cambian de manos, encuentran nuevas voces y vuelven a reunirse.

Desde hace unos dos meses, quince mujeres se nombran Turbantéate Camagüey. Varias ya traían consigo cerca de dos años de aprendizaje, encuentros y experiencias alrededor del turbante. Quieren seguir juntas, salir de las fotografías de Facebook, llegar a escuelas, barrios, centros de salud e instituciones culturales y enseñar algo que, para ellas, tiene mucho más fondo que un nudo bien hecho.

Entre sus cabezas hay enfermeras, bibliotecarias, trabajadoras de la gastronomía, maestras, empleadas del comercio. Mujeres que durante décadas estuvieron ocupadas en cuidar, atender, enseñar, servir. Algunas están jubiladas; otras se acercan a esa etapa en la que la vida laboral comienza a dejar espacios vacíos.

Y entonces aparecen los turbantes. A veces como recuerdo de las abuelas que se cubrían la cabeza. A veces como una manera de acompañar a una paciente que ha perdido el cabello. A veces como excusa para volver a salir de casa, encontrarse con otras, sentirse bonitas, aprender algo nuevo. Sobre todo, como una forma de decir que retirarse del trabajo no significa retirarse de la vida. Porque ellas se reúnen. Se arreglan. Se anudan la cabeza con lo que tienen a mano. Y salen. Como si una corona pudiera ser, también, una manera de seguir en la calle.

Recientemente, varias de sus integrantes acordamos encontrarnos en la Casa de la Diversidad Cultural Camagüeyana, que les ha abierto las puertas y les ofrece la posibilidad de contar con un espacio fijo para reunirse. Allí, entre telas, nudos, colores y conversaciones, resulta más fácil entender que el turbante es apenas el punto de partida.

Cada una llegó hasta él por un camino distinto. Sus historias no son iguales. Quizá ahí esté precisamente la riqueza de este grupo: en que el mismo paño puede llevar a una mujer hacia sus raíces, a otra hacia una paciente, a otra fuera de la casa y a otra de regreso a una parte de sí misma que parecía dormida.

TODAVÍA QUEDA MUCHO POR ANUDAR

Caridad Williams Vidal, de 58 años, lleva sobre la cabeza dos prendas convertidas en una sola cosa. Primero un pañuelo; encima, otra tela que ha torcido y acomodado hasta conseguir un diseño que, según explica, habla de una mujer empoderada y de un nivel de jerarquía alto. Le tomó alrededor de media hora. Mira a sus compañeras y se siente “muy elegante como las demás compañeritas que están aquí”.

Es licenciada en Enfermería y, aunque ahora está desvinculada, esa profesión atraviesa al grupo. Para ella, sin embargo, la historia del turbante comenzó mucho antes de estos diseños. Es descendiente de haitianos y jamaicanos y desde pequeña vio a su madre, sus abuelas, sus tías y otros familiares cubrirse la cabeza. Entonces bastaba un pañuelo. El turbante de ahora, dice, ha evolucionado: se aprende a anudarlo, a combinarlo con la ropa, a llevarlo a un teatro o a una actividad y convertirlo en parte de la elegancia.

Las redes sociales les han servido para aprender, pero también realizan talleres. Y Caridad quiere que ese conocimiento circule. Que los niños y jóvenes conozcan su origen, su desarrollo y su significado. También piensa en accesorios, vestuario y turbantes que puedan producir para buscar una forma de sostener la iniciativa, que todavía no está formalmente constituida como proyecto.

Gladys Williams Vidal, su hermana, tiene 55 años y sigue siendo enfermera. El suyo es un turbante que no se queda en la fotografía.

De niña veía a su madre hacerse diseños con pañoletas, aquellas que llegaban incluso con personas procedentes de Angola durante los años ochenta. Ahora ella hace algo parecido, pero con otra intención: convierte el conocimiento aprendido en una herramienta para acompañar a mujeres que han perdido el cabello.

Trabaja en el cuerpo de guardia del policlínico de Garrido. Algunas pacientes ya la reconocen por las redes y le preguntan cómo se coloca un turbante. Cuando atiende a mujeres sometidas a quimioterapia o con alopecia, puede anudarles uno allí mismo.

“Yo les pongo el turbante ahí mismo en mi policlínico”, cuenta.

Por eso terminaron llamándola la Enfermera Turbantera. Ella les dice: “Mira qué bonita te vas a ver”. No pretende esconder una enfermedad, sino devolverles algo de la seguridad que puede perderse cuando cambia la imagen frente al espejo.

Y también demuestra que no hace falta tener una tela especial para empezar. Una camisa, una blusa, un pantalón. Cualquier prenda puede servir si se sabe encontrar el diseño.

—¿Yo me puedo poner un pantalón en la cabeza, sin desarmarlo?

—Claro que sí.

Señala entonces el suyo:

—Esto mismo que tengo yo es una cortina. Y mira.

En Gladys, el turbante termina pareciéndose menos a una pieza de vestir que a una posibilidad: la de hacer algo bello con lo que se tiene.

Reyna Rojas Martínez tiene 68 años y una historia que también empezó mucho antes de llamarlo turbante. Durante años, cuando salía a la calle después de trabajar en el Hotel Camagüey, podía ponerse un pañuelo y dejar un pequeño flequillo fuera. Así lo usaba antes de que llegaran los diseños actuales.

Es gastronómica jubilada y descendiente de haitianos. Desde 2003 pudo viajar a Haití y reencontrarse con algunos de sus parientes; allí vio cuánto se utiliza el turbante en la vida cotidiana.

Después de jubilarse permanecía en casa. Sus hijos no están cerca y la añoranza tenía demasiado espacio. Vio en Facebook que existía el grupo, llegó a una Feria en la calle Maceo y aquella primera vez eran unas siete mujeres. El recibimiento, recuerda, fue como si se conocieran de toda la vida.

“Eso me ha llenado de vida”, dice. “Me ha llenado con un deseo de vivir”.

Desde entonces hay actividades que esperar, encuentros a los que asistir y lugares donde volver a sentirse parte de algo. Lo llama un proyecto sano, familiar, hecho para disfrutar los eventos. También guarda una palabra especial para la Casa de la Diversidad Cultural, donde ahora se siente “muy orgullosa y agradecida” por la acogida.

María del Carmen Montejo Betancourt, Mari La Diva, tiene 75 años y una manera de estar que hace comprensible el sobrenombre.

Enfermera jubilada después de 45 años de trabajo —en el Hospital Manuel Ascunce y luego en policlínicos—, pertenece también a la Cátedra del Adulto Mayor. Aquella mañana había dejado en casa a su esposo enfermo, tranquilo, y había venido al encuentro porque necesitaba ese espacio.

“Este proyecto para mí ha sido un encanto”, dice. “Este grupo ha sido para mí una familia”.

El turbante le devuelve además una imagen de la infancia. Recuerda a su abuela paterna, siempre con sus pañuelos, y recuerda haberse puesto una toalla sobre la cabeza cuando era niña, imaginando que tenía otro cabello. Los diseños llegaron después, cuando ya estaba jubilada.

Ahora en casa se ríen de ella: “Ven acá, que tú después de vieja estás hecha una artista”.

Pero La Diva tiene una respuesta que parece hecha para esta historia: “Pero ahora, ¡ahora hay que verme!”.

No pide demasiado para el futuro. Su sueño grande es continuar, que la “lucecita” del grupo no se apague.

Livia Duvergel Pichardo tiene 57 años y llegó al grupo después de jubilarse. Había estudiado Enfermería, aunque dejó la carrera en segundo año; fue bibliotecaria durante mucho tiempo y terminó su vida laboral en seguridad y protección, en la Plaza de la Revolución.

Ahora se define junto a sus compañeras de una manera que no necesita solemnidad: “Somos unas hormigas locas”. Donde llegan las turbanteras, dice, “se forma lo que se forma”.

El suyo aquella mañana llevaba un giro hacia la derecha. Cuando le pregunto por su significado, se reserva el secreto. Para ella, en cambio, sí tiene claro lo que representa ponerse uno: elegancia, estilo, belleza. “Cuando salimos a la calle todo el mundo tiene que ser con nosotros por la forma en que traemos el turbante”.

Sus ancestros son jamaicanos ligados con franceses. La ancestralidad aparece también en su discurso, pero Livia habla sobre todo de lo que el grupo le ha dejado después de la jubilación: “consuelo, alivio” y alegría.

Y vuelve a una palabra que ya forma parte del vocabulario de estas mujeres: empoderadas. Hay que “subir más”, dice, “llegar más” y mantenerse unidas, porque “en la unión está la fuerza”.

Vilma Cantero Zulueta, de 59 años, estudió Psicología, aunque nunca llegó a ejercerla. Fue cuadro de los CDR y estudió mediante la municipalización. Ahora bromea con que quizá tenga que empezar a poner en práctica aquella formación.

Quince mujeres son también quince caracteres diferentes. Vilma sabe que para llegar adonde quieren tendrán que aprender a limar asperezas y conciliar. Habla de una unidad que se construye con comunicación constante: cuando hay una actividad, se avisan; conversan sobre el vestuario y las combinaciones; están pendientes unas de otras.

Aquella mañana llevaba un turbante que dejaba ver parte del cabello. El calor, explica, tuvo la culpa. Su diseño no tenía un significado específico y reconocía que se apartaba de la regla que siguen cuando acuden a una actividad del proyecto: entonces deben llevar todo el cabello cubierto.

El detalle sirve para entender que también están aprendiendo. Incluso los límites de lo que consideran correcto se negocian con el clima, la comodidad y la experiencia.

Vilma insiste además en algo que parece sencillo, pero que habla de la identidad que quieren construir: en las redes no publica solamente para sí misma. Publica sobre el grupo o escoge a una de sus integrantes.

Y si hay una persona encargada de ponerle chispa a esa convivencia, ella sabe quién es: La Diva, curiosa, inquieta, divertida.

El objetivo, sin embargo, permanece: mostrar los turbantes, mostrar las tradiciones afrodescendientes, atraer, enamorar y conseguir que aquello que hoy reúne a quince mujeres llegue a convertirse realmente en un proyecto. Para llegar hasta allí necesitarán organización, creatividad, espacios y más personas dispuestas a escuchar lo que tienen para contar. Y, sobre todo, seguir juntas. Porque todavía queda mucho por anudar.

Élsida Caballero Wilson tiene 81 años y es la mujer más longeva del grupo. Aquella mañana no quiso hablar. Se sentía mal y respondía apenas con asentimientos, pero había llegado. No hacía falta mucho más. Su presencia decía algo que quizá ninguna declaración consigue decir con tanta claridad: todavía quería estar allí.

Élsida tiene además a sus dos hijas integradas al grupo y comparte con Mari La Diva otra actividad que ocurre fuera de los turbantes: ambas asisten a las clases de Tai Chi en el Parque Agramonte.

La escena amplía el significado de todo esto. No se trata solamente de aprender a cubrirse la cabeza, de combinar telas o de recuperar una tradición. También hay mujeres de 75 y 81 años que siguen incorporando actividades a sus días, encontrándose, moviéndose, aprendiendo.

Élsida aquella mañana apenas habló. Pero llegó.

Regla Mola llegó desde otro lugar. Es metodóloga de danza del Centro Provincial de Casas de Cultura y se incorporó porque ellas quieren aprender pasos y músicas afrocubanas para acompañar la evolución del grupo.

Dice que antes no era amante de los turbantes y apenas los utilizaba. Ahora, después de verlas, también se los pone.

“No sé el significado de ellos”, reconoce, pero le gusta llevarlos y se siente acogida “con mucho amor y con mucho respeto”.

Su presencia abre otra posibilidad para Turbantéate: que el turbante no permanezca aislado, sino que dialogue con la danza, la música y otras expresiones de la cultura afrocubana.

Por eso piensa, como ellas, en salir de la Casa y llegar a las comunidades. También a las escuelas, para que niños, jóvenes y adultos conozcan la evolución, la importancia y los diferentes significados de los turbantes.

DEL FACEBOOK AL BARRIO

Turbantéate Camagüey todavía está creciendo. La Casa de la Diversidad Cultural Camagüeyana les ha abierto sus puertas y existe la propuesta de crear allí un espacio periódico, el cuarto sábado de cada mes, me confirmó Alejandro González, director de la institución. Mientras tanto, continúan participando como invitadas en otras actividades e incluso a otros proyectos como Casa Madiba y a eventos bien públicos como la Feria Arte Plaza de la Calle Maceo.

Aquella mañana, mientras conversábamos, una de ellas llevaba una tela nueva. Habían conseguido imprimir en ella el identificador visual de Turbantéate Camagüey. Puede parecer un detalle pequeño. Pero hay cosas que empiezan así.

Porque una cosa es reunirse alrededor de una afición y otra comenzar a construir la imagen de un grupo, cuidar cómo se muestra, reconocerse en un mismo signo y pensar en cómo llegar a otros. No basta con decir que son unidas: hay gestos que lo cuentan. Elegir juntas una combinación de colores, enseñarse un modo de anudar, avisarse de un encuentro, acompañar a una compañera, pensar qué pueden llevar a una escuela o a un barrio. También esa tela nueva decía que ya estaban pensando más allá de la fotografía del día.

Todavía tienen mucho por hacer. Quieren aprender y enseñar más formas de colocar un turbante, investigar sus historias, acercarse a otras personas. Sueñan incluso con crear accesorios, prendas y otros objetos que ayuden a sostener la iniciativa. Y aspiran a que Turbantéate Camagüey deje de ser solamente un grupo de mujeres que se encuentra para anudarse telas y pueda convertirse en ese proyecto cultural y comunitario que imaginan.

Mientras tanto, siguen haciendo lo más sencillo y quizá lo más importante: encontrarse. Se reúnen. Se arreglan. Se ayudan con los nudos. Se miran unas a otras antes de salir.

Y sobre sus cabezas llevan mucho más que un turbante: memoria, imaginación, raíces, compañía y una manera de decir que todavía tienen cosas que mostrar.

Aquella tela nueva, con el nombre que empieza a identificarlas, parecía saberlo antes que nadie.

Porque una corona también puede servir para seguir en la calle.