CAMAGÜEY.- A Tatiana Morales Rodríguez la conocía de vista. Sabía de aquella mujer rusa que vive en Camagüey desde hace más de cuatro décadas, pero nunca había conversado con ella. Apenas unos minutos antes de comenzar la conferencia de prensa de la Feria del Libro tuvimos la oportunidad de hablar brevemente.
Después la escuché leer a Pushkin en ruso.
Fue una escena hermosa: su voz devolvía a aquella lengua una memoria que había viajado desde Krivói Rog hasta Camagüey y que, tantos años después, todavía encontraba aquí un lugar donde soñar.
Entonces supe algo más: Tatiana también escribe. Y escribe para los niños.

El libro llegó a mis manos prestado por una amiga suya. Cuentos para mi niño, publicado por la Editorial Oriente en 2011, dentro de la colección Ala y Espuela. Son 18 cuentos en 70 páginas. Tatiana escribió los textos e hizo también las ilustraciones.
Lo leí buscando conocer mejor a aquella mujer que había escuchado recitar a Pushkin. Y terminé encontrando otra cosa: su manera de mirar.
El primer cuento, Las aventuras del tiempo, funciona casi como una declaración de principios. «El tiempo atrae al transeúnte…», «El tiempo enamora a la muchacha…», «El tiempo adormece al abuelo…», «El tiempo juega con el niño…». Y cuando finalmente el tiempo la alcanza a ella, se disfraza de elefante azul, monta una bicicleta con el viento amarillo, trenza su pelo con las colas de los papalotes y termina llevándola hasta una casa llena de sueños y nubes.
Tatiana escribe así: poniendo imágenes donde normalmente pondríamos explicaciones.
En sus cuentos el tiempo puede jugar, las horas pueden desobedecer, una hoja puede querer convertirse en avión, las esquinas de una ciudad pueden discutir por contar sus historias y el viento, contra toda evidencia, puede verse. Hay un viento rosado que huele a mariposas.

Tatiana escribe dibujando. No es casual que también haya hecho las ilustraciones. Su literatura parece nacer de una imaginación que necesita convertir lo invisible en algo que podamos mirar, tocar, oler o saborear. Porque al final las palabras también tienen gusto.
En ¿A qué sabe el sol?, el último cuento, la niña explica que todas las palabras tienen un color y un sabor diferente. El amanecer sabe a margaritas; el anochecer, a jazmín; el juego, a helado de vainilla y fresa; la luna llena, a queso con sardinas. El sol, en cambio, sigue siendo un misterio: está tan caliente que todavía no ha podido determinar a qué sabe porque le quema la lengua.
Después de leer ese cierre, pienso que Tatiana no intenta enseñarles a los niños cómo es el mundo. Les propone algo más generoso: imaginar cómo podría ser.

Pero Cuentos para mi niño no ocurre en una infancia cualquiera. Aunque esté poblado de elefantes en las nubes, gnomos, papalotes, hojas que quieren volar y relojes caprichosos, por sus páginas se cuela una ciudad reconocible.
En septiembre hay que forrar los libros. Hay parques, barrios, calles, pregones. Hay una computadora acatarrada que necesita un doctor electrónico; un gato que da conciertos para todo el barrio, aunque en casa se dedique a dormir; un meteorólogo; casas, esquinas y vecinos.
En Las esquinas, quizá uno de los cuentos más camagüeyanos del conjunto, la ciudad está hecha de historias:
«Las esquinas de mi ciudad están llenas de historias, se disputan por contárselas».

La narradora camina de una a otra para conocerlas, saludarlas y escuchar sus cuentos. Hay una esquina verde, otra amarilla, otra azul de nostalgia, una musical, una de los refranes, dos de adivinanzas que siempre están peleando. Es una manera muy particular de salir a caminar una ciudad: no para describir sus edificios, sino para escuchar lo que cuentan.
Y también está la familia. Sobre todo la madre.
En El día de los papalotes, mientras los adultos discuten cuál es el verdadero día de los papalotes, solo la madre permanece en silencio. La niña sabe que ella conoce el Gran Día: aquel en que todos los papalotes, chiringas, barriletes y cometas se escaparon de sus dueños y se fueron al campo.
En Los sueños, la madre guarda los suyos en un cofre de madera tallada. Algunas noches lo abre y los sueños salen a visitar las casas del barrio. Los amigos de la niña duermen entonces abrazados a una sonrisa, «y la más alegre es la mía».
Hay en esos cuentos una ternura que no parece construida para enseñar una moraleja. Está en la mirada. En la confianza con que una madre puede ser cómplice de la imaginación de un niño y, al mismo tiempo, permitirle descubrir el mundo por sí mismo.
Quizá por eso el libro se siente también como un regalo maternal.

No sé cuándo fueron escritos originalmente estos cuentos. En 2011, cuando la Editorial Oriente los reunió en Cuentos para mi niño, comenzaron su vida pública como libro. Hoy, en 2026, los leemos después de quince años en los que han cambiado tantas cosas: en Cuba, en Camagüey, en la vida de Tatiana y, por supuesto, en la literatura que escribimos y ofrecemos a nuestros niños. Los autores han ido entrando en territorios nuevos, poniendo palabras incluso allí donde antes había silencios o temas difíciles de nombrar. Y, sin embargo, estos cuentos conservan una extraña frescura.
Quizá porque hablan desde un lugar que no depende de una época: la imaginación, la ternura, la curiosidad, la familia, esa inocencia que no es ignorancia sino una manera de proteger la capacidad de asombro.
¿Qué necesita un niño para hacerse fuerte? ¿Qué verdad necesita conocer y cuál necesita todavía imaginar?
Estos cuentos responden que también se puede crecer fuerte cuando alguien nos permite, por un tiempo, mirar el mundo con ojos capaces de inventarlo.
Tatiana nació en Krivói Rog, Ucrania, es ciudadana rusa y vive en Camagüey desde hace más de cuatro décadas. Aprendió aquí los secretos de otra lengua y de otra cultura; participó en talleres literarios; cultivó la décima; ilustró; escribió para niños. Cuentos para mi niño obtuvo en 2010 la beca de creación Sigifredo Álvarez Conesa antes de convertirse, un año después, en publicación de la Editorial Oriente.
Todo eso importa, pero después de leer el libro importa menos la etiqueta de origen. Porque aquí está Tatiana haciendo algo más complejo que conservar una identidad: está creando otra pertenencia.
Y hay algo más que ahora quiero comprobar conversando con ella. Sé que cuando pactemos el día de la entrevista podré sentarme a hablar con Tatiana. Hasta pudiera ocurrir que ese encuentro suceda en uno de esos días especiales que ella misma inventó para sus cuentos: martijueves, viernilunes, domingimiércoles, lunisábado, juevidomingo. Porque quizás ahí haya otra clave de su integración: Tatiana no solo aprendió nuestro idioma; se atrevió a jugar con él, a torcerlo, mezclarlo y hacerlo suyo. Después de más de cuatro décadas en Camagüey, esa también es una hermosa forma de pertenecer.
Entonces escuchábamos a Tatiana en ruso. Ahora podemos escucharla en español. Y descubrimos que, cuando escribe, el tiempo se viste de elefante azul, los vientos tienen colores, las palabras tienen sabores y una ciudad entera cabe en sus esquinas.
Solo había que abrir el libro.
