CAMAGÜEY.- Fui a la galería de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA) en Camagüey con una mirada que no era solamente la de periodista cultural. Eso conviene decirlo desde el principio.

 Fui también como madre de una niña que durante el verano aprendió a hacer crochet. Por eso, quizá, esta vez me costó un poco más de lo habitual desprenderme de lo que siento para contar lo que veo. O quizá no se trata de desprenderse, sino de reconocer desde dónde se está mirando.

 En la galería se inauguró la muestra con los resultados de los talleres de verano de la ACAA: crochet, bordado, macramé, parche y cerámica. Niños, adolescentes y adultos compartieron durante semanas el aprendizaje de técnicas que, en principio, podrían parecer solamente manualidades, pero que terminan siendo también paciencia, concentración, imaginación, disciplina y una manera muy concreta de relacionarse con los otros.

 Allí estaban las piezas de cerámica de los más pequeños, esas que nacieron del juego con la arcilla y fueron tomando formas y colores a partir de sus propias ideas. Y las de quienes ya pueden acercarse al barro con otras herramientas, acompañados por ceramistas de reconocida trayectoria como Enrique Cerulia, Frank Camilo Ramírez, Dayanara Cardoso y Vladimir Mejías.

 Estaba también el bordado que enseña Tatiana Morales, con esa paciencia que exige que cada puntada encuentre su sitio.

 Y el parche y el macramé de la mano de Jorge Lozano, artista excepcional y maestro en ese arte de hacer que una técnica pueda convertirse en una posibilidad expresiva. Y estaba el crochet.

 Evelin Méndez y Maribel Vidal han ido cultivando mucho más que la habilidad de pasar el hilo de una aguja a otra. Las niñas aprendieron puntos, hicieron piezas, se equivocaron, deshicieron y volvieron a empezar. Pero sus profes quisieron ir un poco más allá: también tejieron para ellas prendas de vestir que ayer desfilaron, orgullosas, sobre una alfombra verde dispuesta especialmente para ese pequeño momento de pasarela.

 Había algo entrañable en verlas avanzar con sus tejidos, pero quizá más revelador era observarlas cuando ya habían terminado de desfilar: juntas, comentando, mirando las piezas, reconociéndose en aquello que habían hecho durante el verano.

Porque una de las cosas más bonitas de estos talleres no está solamente en lo que quedó expuesto. Está en lo que queda después.

 Queda el vínculo entre quienes aprendieron juntos. Queda el deseo de seguir haciendo. Queda la posibilidad de que una niña descubra que puede crear algo con sus propias manos y que otra persona se siente a su lado para enseñarle cómo hacerlo. Queda también el grupo, esa pequeña comunidad que se forma alrededor de una técnica y que no necesariamente termina cuando se entrega el último punto, se cuece la última pieza o se corta el último hilo.

Ayer entregaron los diplomas de graduación. Y mientras los recibían, pensé que quizá el verdadero resultado de un taller así no cabe en un diploma ni en una vitrina.

 Puede estar en las manos que ahora saben hacer algo que antes no sabían. En la paciencia adquirida. En una niña que llega a casa queriendo mostrar un punto nuevo. En la amistad que se construye alrededor de una mesa de trabajo. En las profes que siguen enseñando. Y en las ganas de volver.

Yo, que esta vez llegué a la galería también como madre, no puedo contar esta experiencia fingiendo que me resulta indiferente.

 Estoy agradecida. Por lo que mi hija aprendió, sí. Pero también por haber visto cómo un espacio de creación puede convertirse, para niños y adolescentes, en un lugar donde aprender una técnica termina significando algo más: descubrir una capacidad propia, compartirla con otros y encontrar un grupo al que se quiere regresar.

 Esta es una de las mejores cosas que pueden quedar después del verano. No solamente las piezas.