CAMAGÜEY.- Después de décadas de horarios, obligaciones y rutinas, la jubilación puede llegar con alivio, pero también con una pregunta incómoda. Los especialistas y la propia experiencia de quienes la atraviesan coinciden: los nietos no deberían ser el único proyecto de vida. También queda uno mismo.
Durante toda una vida aprendemos a levantarnos temprano, cumplir horarios, asumir responsabilidades y sentir que nuestro tiempo tiene un propósito porque hay un trabajo o una escuela que espera por nosotros.
Por eso, cuando llega la jubilación, para algunas personas aparece un miedo silencioso: «¿Y ahora qué hago con mi vida?».
Después de tantos años acostumbrados a sentirse necesarios en un puesto de trabajo, puede resultar extraño despertar sin una obligación laboral, sin compañeros que esperan la llegada y sin aquella rutina que durante décadas organizó los días. Es entonces cuando aparece la sensación de vacío.
Algunas personas mayores terminan pensando que, una vez terminada la vida laboral, lo único que les queda es cuidar a los nietos. Y sí, los nietos pueden ser una fuente maravillosa de amor, alegría y compañía. Acompañarlos, jugar con ellos, llevarlos al colegio, contarles historias o simplemente disfrutar de su crecimiento es un privilegio.
Pero ser abuelo o abuela no debería convertirse en el único proyecto de vida después de la jubilación.
Los nietos tienen su propia vida. Crecerán, irán a la escuela, tendrán amigos, estudiarán, trabajarán y construirán sus propias familias. Cuando llegue ese momento, ¿qué quedará para quienes dedicaron todos sus años de jubilación exclusivamente a ellos?
Quedará algo que quizás siempre estuvo ahí, esperando ser descubierto: ellos mismos.
Porque jubilarse no significa que la vida haya terminado. Significa que una etapa concluyó. Y una etapa que termina también puede abrir la puerta a otra.
Hay personas que después de jubilarse descubren pasatiempos que nunca tuvieron tiempo de explorar. Aprenden a bailar, pintar, cocinar, escribir, fotografiar, viajar, hacer ejercicio, cuidar plantas, estudiar un idioma, tocar un instrumento o simplemente sentarse a conversar sin mirar constantemente el reloj.
Otras vuelven a encontrarse con viejas amistades. Conocen personas nuevas. Se enamoran. Emprenden pequeños proyectos. Participan en actividades comunitarias. Ayudan a otros desde su experiencia. Leen los libros que durante años quedaron pendientes. Visitan lugares que siempre quisieron conocer.
Y algunas simplemente aprenden algo que durante la vida laboral olvidaron: descansar sin sentirse culpables.
Porque después de décadas trabajando, producir constantemente no debería ser la única manera de sentir que la existencia tiene valor.
Una persona no deja de ser importante porque deja de recibir un salario. No pierde su inteligencia porque deja de ocupar un cargo. No pierde su experiencia porque ya no tenga una oficina. No pierde su capacidad de aportar porque haya cumplido la edad de jubilación. El currículum puede terminar, pero la historia de una persona continúa.
Quizás el mayor desafío de envejecer no sea cumplir años, sino aprender a desprenderse de la idea de que solamente somos valiosos cuando somos productivos laboralmente.
Cuidar a los nietos puede formar parte de esa nueva vida, pero no debería ser toda la vida. Es posible estar presente para los familiares sin dejar de estar presente para uno mismo.
Se puede acompañar a los pequeños y, al mismo tiempo, tener sueños propios. Se puede cuidar a los demás sin olvidarse de cuidarse.
La jubilación no debería verse como una despedida de la vida activa, sino como una oportunidad para decidir qué hacer con el tiempo cuando, por primera vez en décadas, muchas obligaciones ya no tienen que ocuparlo todo.
Quizás ahora haya tiempo para ese viaje, para aquella afición, para la amistad y el amor.
