CAMAGÜEY.- Últimamente pienso mucho en el privilegio y en el poder. No pienso solamente en el poder que firma, dispone, autoriza o manda. Hay otros poderes, menos evidentes, que también existen. El de decidir qué merece nuestra atención, por ejemplo. El de abrir una conversación allí donde apenas había una nota. El de hacer preguntas. El de escuchar a alguien que no suele aparecer en el relato.
Ese es, en buena medida, el poder que tengo como periodista. No consiste en mandar sobre nadie. Pero tengo el privilegio —y la responsabilidad— de mirar. De escoger, dentro de las posibilidades de mi oficio y de mi contexto, hacia dónde dirigir la mirada. He aprendido a construir mi agenda desde aquello que, en cada momento, considero que merece ser mirado. Y eso también obliga.
Porque hay momentos en que una quisiera investigar un problema, señalar una conducta, poner sobre la mesa aquello que está a la vista. Pero el periodismo no ocurre en el vacío. Hay contextos, responsabilidades, consecuencias. Y una termina preguntándose qué sentido tiene levantar la imagen de alguien que no está haciendo lo que le corresponde, o convertir en noticia ejemplar una respuesta que la realidad desmiente al día siguiente.
No quiero escribir para maquillar. Tampoco quiero confundir el periodismo con la perreta. Por eso algunas veces he preferido guardar una historia antes que contarla de una manera en la que yo misma no pudiera reconocerme.
No sé si eso es prudencia. No sé si a veces es miedo. Supongo que puede haber un poco de ambas cosas. Pero hay una diferencia enorme entre perder el valor y adquirir conciencia del costo de ciertas decisiones.
Mi problema ahora mismo es otro: el agotamiento de la confianza. La confianza en que una información será compartida. En que una pregunta será recibida como una pregunta y no como una amenaza. En que detrás de una responsabilidad exista también voluntad de responder por ella. En que el periodismo pueda llegar a donde necesita llegar.
Veo la información administrada como propiedad. Instituciones que cuentan lo que hicieron en sus redes sociales y consideran cumplida la tarea. Comunicadores que informan que algo ocurrió, pero no siempre dejan espacio para que alguien llegue a preguntar por qué ocurrió, qué significa, quiénes participaron, qué quedó fuera, qué piensa la gente.
Una nota puede decir que algo sucedió. El periodismo debería intentar averiguar qué significa que haya sucedido.
No siempre podemos llegar a todas partes. Algunas puertas permanecen cerradas. Otras ni siquiera se abren. No siempre conviene golpearlas hasta hacerse daño. Pero tampoco creo que debamos confundir una puerta cerrada con la desaparición de aquello que estaba detrás.
Podemos buscar otra entrada. Otra voz. Otra pregunta. Mientras tanto, una también se pregunta qué significa ejercer el poder periodístico cuando ya no confías del todo en las condiciones alrededor de ese ejercicio. Esa pregunta me acompaña más de lo que quisiera.
A veces me siento sola en esta manera de entender el oficio. Veo nuevas generaciones de comunicadores enfrentadas a un ecosistema donde informar, exponerse, gustar y acumular visibilidad parecen mezclarse cada vez más. El modelo del influencer, del youtuber, de la presencia permanente en redes, puede terminar desplazando preguntas más incómodas: ¿para quién contamos?, ¿qué hace falta comprender?, ¿qué voces estamos dejando fuera?
Es injusto generalizar. También habrá jóvenes buscando su propia manera de contar este tiempo. Y tal vez nosotros mismos debamos aprender de ellos algunas formas nuevas de llegar a los públicos.
Pero la pregunta permanece. ¿Qué tiene que ser hoy un periodista cuando las condiciones materiales, institucionales, tecnológicas y morales de la sociedad para la que fue formado han cambiado?
No tengo una respuesta definitiva. Solo sé que no quiero que mi oficio se convierta en una máquina de repetir anuncios, ni en una fábrica de imágenes convenientes, ni tampoco en una sucesión de indignaciones.
Quiero conservar el derecho a dudar. A no saber. A escuchar. A cambiar de opinión. A no escribir aquello que no puedo sostener. Y, sobre todo, a no utilizar el pequeño poder que tengo para hacer más grande a quien no lo merece. Porque el privilegio comienza a perder su legitimidad cuando deja de estar acompañado por la responsabilidad.
La pregunta, entonces, no es únicamente quién tiene poder. Es qué hacemos con el que tenemos. El poder no siempre se parece a mandar. A veces consiste apenas en elegir dónde ponemos los ojos.
Y el periodismo, incluso en medio del desaliento, sigue consistiendo en algo tan sencillo y tan difícil como esto: seguir mirando sin dejar de preguntarnos para qué.
