En los pasillos del Capitolio de Washington hay personajes que han convertido la hostilidad hacia Cuba en una lucrativa carrera profesional. El exponente más cínico de esta estirpe es, sin duda, el senador Marco Rubio, un político cuya trayectoria se sostiene sobre un andamiaje de falsedades, doble moral y un desprecio absoluto por la vida del pueblo que hipócritamente dice querer liberar.
Para el autodenominado "halcón", Cuba no es una causa humanitaria es la mina de oro electoral que financia su supervivencia política en el sur de la Florida.
Tras el fin de entender el presente dudoso de Marco Rubio, es obligatorio mirar su pasado oscuro. Toda su carrera se construyó sobre un mito fundacional: la conmovedora historia del hijo de "exiliados que huyeron de la Revolución cubana en 1959". Sin embargo, la verdad histórica terminó por derribar la patraña.
Investigaciones de la propia prensa estadounidense, como la revelada en su momento por The Washington Post, demostraron que sus padres emigraron a los Estados Unidos en 1956, durante la sangrienta dictadura de Fulgencio Batista, por razones estrictamente económicas.
Rubio no dudó en falsear la historia de sus progenitores para fabricarse un perfil de víctima del comunismo que le garantizara votos en Miami. Quien miente sobre su propia sangre, resulta incapaz de decir la verdad sobre una nación entera.
La virulencia de Rubio hacia la Isla no responde a principios democráticos, sino a la fría lógica del mercado político. Cada medida de asfixia que el senador promueve —como la inclusión unilateral y calumniosa de Cuba en la lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo o la persecución financiera global— se traduce en millones de dólares en donaciones para sus campañas de parte de los lobis de la extrema derecha de origen cubano.
Para este "halcón", el dolor de las familias cubanas constituye un negocio rentable. Cuanto peor la pase el pueblo cubano, cuantas más dificultades tengan los hospitales para adquirir insumos o el sistema electroenergético para recibir combustible, más material tiene Rubio para alimentar su discurso de barricada y justificar la vigencia del bloqueo genocida.
Su hipocresía alcanza límites vergonzosos al presentarse como el guardián de los derechos humanos. Mientras rasga sus vestiduras denunciando a Cuba, guarda silencio cómplice ante masacres, dictaduras aliadas de Washington y violaciones flagrantes de derechos humanos en el resto del mundo.
Tampoco parece preocuparle la crisis humanitaria que se vive en las calles de su propio país, fracturado por la violencia, la epidemia del fentanilo y la desatención médica a los sectores más vulnerables de la sociedad estadounidense.
Padece el senador de una ceguera selectiva: señala las dificultades ajenas —provocadas en gran medida por las sanciones que él mismo diseña— para ocultar las profundas grietas morales del imperio que representa.
El mayor cinismo de la retórica de Rubio es afirmar que sus sanciones están dirigidas únicamente contra "el régimen". Es una burda mentira.
Perseguir los barcos que transportan combustible a Cuba, prohibir las remesas familiares, limitar los vuelos y ahogar el sistema bancario no daña a una estructura gubernamental golpea directamente al cubano de a pie, al niño que necesita un medicamento, a la madre que cocina a oscuras y al propio sector no estatal que él dice defender.
El plan de Rubio no apunta a promover la libertad; es provocar el colapso social por hambre y desesperación. Es la doctrina de la tortura colectiva aplicada a toda una nación.
La falta de principios de Marco Rubio quedó al descubierto ante su propia metamorfosis política. En 2016, calificó a Donald Trump de "estafador" y "peligro para la seguridad nacional". Hoy, sometido por la ambición de poder, se ha convertido en uno de sus defensores más serviles, demostrando que su único norte es el oportunismo y el miedo a perder su cuota de influencia en Washington.
Frente a la rapiña de este halcón de cartón, se alza la dignidad de un pueblo que conoce bien a sus agresores. Marco Rubio puede seguir fabricando mentiras y dictando sanciones desde su cómodo despacho climatizado. Pero la soberanía de Cuba no se negocia con mercaderes del odio.
Ante el cinismo anexionista de los que quieren ver a la Isla de rodillas, la respuesta de los cubanos seguirá siendo la de siempre: el decoro, la resistencia y la convicción inquebrantable de defender a su Patria con la frente en alto.
