CAMAGÜEY.- Hay cosas de mi secundaria que no recuerdo. No recuerdo cómo llevaba los libros. No recuerdo qué zapatos usaba. No recuerdo siquiera a todos mis profesores.

Me sorprende ahora, cuando mi hija está a punto de comenzar séptimo grado, porque ella tiene perfectamente localizadas sus cosas: la mochila, aunque sea la misma del curso pasado; los tenis, aunque tampoco sean nuevos; la cartuchera, con cada cosa acomodada. Hasta los cordones tienen un orden: los convirtió en estrellas como ha visto hacer en las redes.

De la primaria sí recuerdo los zapatos. En aquellos años de tanta escasez, mi madre me hizo unas zapatillas de tela de poliéster, cosida a una suela que había recortado de una cámara vieja de bicicleta. También recuerdo la mochila que me hizo con una falda de uniforme que ya no me servía. La descosió y volvió a coser para convertirla en una bolsa donde cupieran mis libros.

Pero la secundaria se me borró en esas cosas. Me quedaron algunos rostros.

Carlos, el profesor de Educación Laboral, mulato y delgado. María Ofelia, la profesora de Biología, siempre delgadita y con los espejuelos rotos. Uno de sus cristales estaba cuarteado y yo lo asociaba con la presentación de una telenovela brasileña de aquellos años, La víctima, donde unos espejuelos recibían un disparo y el cristal se quebraba.

Michel nos enseñaba Computación en aquellas primeras PC cuyo monitor era un televisor y donde aprendíamos los comandos de Basic. La profesora de Inglés era una mujer muy delgadita y elegante.

Yamelis daba Química. Era jovencita, brillante, de ojos claros. Sigue allí. Ahora será también profesora de mi hija.

Mati nos daba Español y se desesperaba con nuestras caras de pescado en nevera cuando nos ponía ejercicios para pensar. Nos repetía que teníamos que escuchar, analizar, hacer el esfuerzo, porque todo lo que no usábamos se atrofiaba.

Mi secundaria funcionaba en una antigua cárcel. Algunas aulas todavía conservaban los barrotes. Una de aquellas celdas fue mi aula. Estaba despintada.

Mi uniforme era de blusa blanca y falda amarilla. El de mi hermano tenía los mismos colores, aunque él llevaba pantalón.

Antes de mi amarillo hubo otros.

Mi madre con 13 años, 1975Mi madre con 13 años, 1975

Mi madre tiene una fotografía de cuando tenía trece años. Está de uniforme, con la pañoleta, las medias altas y una sonrisa que parece no saber todavía todo lo que vendría después.

Para entonces ya había sido becada desde quinto grado en la Charles Morell, cerca de Altagracia. Séptimo lo hizo en la ESBEC de Altagracia y octavo en Sola 11.

Quince días para volver a casa. Salía de la escuela de viernes a domingo cuando tocaba pase. Entre San Bernardo y Altagracia había unos veinte o veinticinco kilómetros, pasando por San Serapio.

Tres mudas del uniforme. Las lavaba en la escuela para poder usarlas durante aquellos quince días.

Por la mañana, clases. Por la tarde, campo. En Altagracia trabajaba en los platanales, deshojando las matas.

El uniforme de aquella fotografía era de falda carmelita y blusa, con una pañoleta de dos tonos. En Sola sería azul y llevaría chalina.

Mi madre dice que estudiaban en condiciones difíciles y de riesgo. Una vez pasó un ciclón y creció el río Máximo. De las comunidades cercanas recogieron a los niños. Quedaron unos seis muchachos de San Bernardo, protegidos en una oficina, entre ellos, mi madre. Sus padres no supieron dónde estaban hasta que pudieron verlos. No había teléfono.

Después mi madre dejó la secundaria en octavo. Mi abuela estaba enferma y mi tía más pequeña tenía apenas seis meses. No había quién la cuidara. Entonces ella hervía la leche, atendía la casa…

La secundaria terminó para ella antes de tiempo. Los estudios no. Mucho después retomaría la formación en la Facultad Obrero Campesina y llegaría a hacerse técnico medio en Contabilidad.

Mi padre recuerda otra secundaria. La cursó en una Escuela Formadora de Maestros desde sexto grado. Vivía en Lumumba y después se mudaron a Las Cruces, a unos cinco o seis kilómetros de la Formadora. Tomaba la Ruta 8, que recorría del Casino hasta La Estrella. El pasaje costaba un medio.

Su uniforme era verde: pantalón verde fuerte y camisa verde claro con corbata. Y los famosos zapatos “quicos plásticos”.

La escuela al campo de mi padre duraba cuarenta y cinco días. Para eso recibía una sola muda de ropa. Un par de zapatos. Un sombrero.

Mi padre dice que eran once hermanos y que eran pobres, pero nunca se pusieron un remiendo ni un parche.

Entre sus verdes y el amarillo de mi uniforme transcurrieron años.

En mi época también debíamos ir a la escuela al campo, pero por la situación de entonces se suspendió en séptimo y octavo. En noveno fuimos a Bango. Había platanales y teníamos que limpiarlos. Por las tardes recibíamos repasos para las pruebas de ingreso. Debíamos permanecer quince días. Estuvimos una semana.

Yo quería entrar a la Vocacional. En noveno aparecieron las repasadoras de Matemática y Español. De mi aula de secundaria solo dos continuamos juntas después: Anaili, que se hizo médica, y yo.

Ahora mi hija entra a la misma secundaria donde estudiamos sus padres y su tío Pipo. Allí ya está su primo Daniel, que empieza noveno y se ha encargado de aterrizarla un poco. La secundaria, le dice, no es como ella se la imagina.

Ella no parece muy dispuesta a creerle. Tiene ganas. Un entusiasmo bonito. Empieza, sin embargo, con algo que ninguna de las tres generaciones de esta historia tuvo de la misma manera: sin uniforme.

Todavía no los han entregado. No sabemos siquiera si han empezado a coserlos. Así que estrenará séptimo de ropa de civil. Pero tiene lista su mochila. Los tenis esperan al lado.

En la primera reunión de padres y madres dijeron que el claustro está casi completo. No habrá merienda escolar.

Y yo vuelvo a pensar en mi madre lavando tres mudas para quince días. En mi padre con una sola para cuarenta y cinco. En mis zapatillas de cámara de bicicleta, en la mochila hecha de una vieja falda. En los barrotes de aquella antigua cárcel. En los profesores que se me borraron y en los pocos que permanecieron.

Graduación de mi hermano, 1999Graduación de mi hermano, 1999

Quizá la memoria hace sus propios inventarios. A mi madre le quedó una fotografía de los trece años. A mí me quedó una foto de la graduación de mi hermano, de 1999. Estamos juntos. También está Tití. Entonces nadie sabía que algún día miraríamos esa fotografía de otra manera. Tití murió joven.

Y una también aprende con esos golpes bruscos que da la vida: aprende que una fotografía no permanece quieta. Que cambia con nosotros. Que las personas que aparecen en ella pueden irse, pero quedan de algún modo atrapadas allí, en la edad que tenían cuando alguien apretó el botón.

Por eso miro tanto ahora la mochila de mi hija. Los tenis. Los cordones en forma de estrella. Ella todavía no sabe todo lo que cabe dentro de una secundaria. Yo tampoco lo sabía. Mi madre tampoco. Mi padre tampoco.

Solo sabemos que se entra con doce años y se sale, si todo va bien, un poco distinto.

Alma todavía está en la puerta.

Aunque cambien los uniformes, aunque desaparezca la escuela al campo, aunque falte la merienda y haya días en que ni siquiera haya clases, hay algo que sigue siendo igual: hay que entrar. Y aprender.