CAMAGÜEY.- En otros tiempos las potencias esperaban que Cuba cayera como fruta madura. En junio de 2026 la fruta ya no era una manzana ni una metáfora geopolítica. Era una guayaba a medio comer por una catey insolente que observaba desde la jaula cómo los humanos seguíamos inventando maneras de llegar a la noche.
La guayaba de la discordia la compré a un vendedor ambulante. De pulpa rosada, me dijo. Al abrirla apareció una hermosa flor blanca en el centro, perfecta e inesperada. Antes de que pudiéramos discutir el significado, Coti se había comido una mitad.
Coti es la catey de la casa. Cada día sabe más de la cuenta. Nos observa desde su territorio privilegiado mientras debatimos noticias, apagones, rumores y proyectos. Inclina la cabeza cuando hablamos y a veces parece estar escuchando con una paciencia que ya ninguno de nosotros conserva.
La mitad superviviente de la guayaba estaba sobre la mesa. Parecía una isla. O una brújula. O una flor empeñada en abrirse en medio de la sequía. Mientras tanto, la vida continuaba con su obstinación habitual.
Mi hija está a punto de graduarse de sexto grado. Ahora ya no hay escuela. Solo existe una fecha próxima en el calendario y la certeza de que una etapa termina.
Escuchamos música. Una playlist compartida entre generaciones donde conviven Michael Jackson y Milo J, Fito Páez y el K-pop, junto a esa cumbia Coqueta del Grupo Frontera que aparece de pronto y se queda dando vueltas en la cabeza. Tal vez el futuro se parezca a esa playlist.
Cada mañana tomamos café con mis padres. Café tostado y molido con una proporción difícil de explicar a los puristas y perfectamente comprensible para cualquiera que viva estos tiempos. Mi padre consiguió el grano. La carbonilla hizo el resto. El resultado es menos una bebida que una conversación.
El café sabe a recuerdos. A historias repetidas. A familiares ausentes. A planes que todavía no sabemos si serán posibles.
También están los gatos. Oficialmente nosotros los mimamos. Les buscamos sombra, agua fresca y algún rincón cómodo para dormir. Pero cada vez sospecho más que son ellos quienes nos cuidan. Se acomodan cerca cuando la ansiedad aprieta. Aparecen en silencio cuando la casa se vuelve demasiado silenciosa. Nos recuerdan que existe una forma de vivir que no depende de titulares ni de estadísticas.
Intento escribir. Atrapo ideas para publicaciones futuras. Historias, observaciones, fragmentos de conversaciones. Lo hago para no desaparecer de las redes, aunque la conexión se haya convertido en una criatura caprichosa. Publicar algo se parece cada vez más a lanzar una botella al mar. A veces llega. A veces no. Pero la botella existe. Y eso ya significa algo.
Mi madre cuida una planta de orégano. La mira crecer con una atención que algunos reservan para los asuntos de Estado. La riega, la protege y luego la incorpora al menú del día. La planta pasa discretamente del patio al plato, convirtiéndose en aroma y sabor. Hay una lección en eso.
La supervivencia rara vez adopta la forma heroica que imaginan los libros. Por eso la angustia de estos días resulta tan engañosa. Quiere convencernos de que solo existen las carencias. Quiere que olvidemos todo lo demás. Pero la vida insiste. Insiste en una playlist. Insiste en una conversación. Insiste en la mitad de una guayaba que muestra sobre la mesa su flor blanca. No, la otra mitad Coti se la comió mientras nosotros trazamos la ruta cotidiana hacia la noche.
