CAMAGÜEY.- La piedra que tengo en la mano —blanca, opaca, diminuta— fue una gota de agua. Eso me dijo la mujer que cuidó a Eduardo Labrada Rodríguez durante los últimos años. En la oscuridad más profunda, donde casi nada cambia, el tiempo se hace arquitecto. Una gota cae sobre el mismo punto, con paciencia infinita, hasta que se vuelve mineral. Esa es la lógica de las cuevas. Así era él, un hombre que andaba gota tras gota, palabra tras palabra, sin estridencias, sin prisa, sin necesidad de imponerse a nadie. Solo perseverancia. Solo verdad.

Hace unas horas ha muerto, a los 88 años, después de una enfermedad que lo fue reduciendo físicamente, pero nunca logró quebrar su voluntad de vivir.

Sus compañeros de Adelante llevábamos semanas en vilo. Él, que siempre parecía más fuerte que el desgaste del tiempo, había entrado en esa zona donde ya no ayudan los pronósticos. Y aun así, tenía apetito. Y aun así, sonreía cuando llegaba una visita. Cuando fui a verlo, ya con el rostro desconocido, seguía siendo él: me preguntó por el periódico, por el trabajo, por la ciudad; yo esperé casi sin darme cuenta que volviera a decirme Trigueñita, y aunque esta vez no lo dijo, sabía perfectamente quién era yo.

Esa piedra de goteo que guardo es el hilo que me permite entrar a la otra cueva: la de su memoria. Labrada siempre amó las entrañas de la tierra: los abismos, las salas húmedas donde el tiempo respira lento, las formaciones milenarias que le enseñaban que toda historia tiene un origen. Tal vez por eso fue espeleólogo, o tal vez por eso fue periodista: porque siempre anduvo buscando la raíz.

En Adelante era el colega más antiguo. Llegó en aquellos tiempos en que el primer periódico lo hicieron estudiantes de Periodismo, como él mismo recordaba con orgullo. Desde entonces fue una presencia constante, un modo de estar que mezclaba rigor, curiosidad y una humildad que desarmaba.

Su sección Catauro, alimentada durante años, era un laboratorio de hallazgos: palabras raras, costumbres viejas, criaturas del habla local y de la imaginación colectiva. Labrada rescató, como pocos, la arqueología de lo cotidiano.

Pero también tenía un perro jíbaro: Turán, protagonista de historias, acompañante de caminatas, personaje involuntario de crónicas que él contaba sin pedantería, con un humor limpio. Con Turán uno entendía que Labrada recorría el mundo con la misma atención con que otros leen a un clásico: cada señal, cada extraño, cada suceso mínimo era una historia en potencia.

Como si eso fuera poco, cuando los blogs se pusieron de moda y muchos solo abríamos uno porque nos lo exigían, él abrió tres. Dedicaba uno a los textos insólitos rastreados en la antigua prensa camagüeyana; otro, a la naturaleza y al patrimonio ambiental, porque fue delegado de la Fundación Antonio Núñez Jiménez. Hay una declaración identitaria: el blog Cartacuba. Ese nombre dice mucho: el cartacuba es pequeño, hermoso, endémico; no necesita alardes para ser inolvidable. Como él.

Me concedió una de sus últimas entrevistas, cuando trabajaba en el reportaje sobre el fondo patrimonial de la Biblioteca Provincial Julio Antonio Mella. Fue una de las pocas veces que lo vi verdaderamente herido.

Hablaba con la serenidad de quien ama profundamente lo que defiende, pero bajo cada frase vibraba una preocupación: que la memoria camagüeyana se estaba desmoronando ante nuestros ojos. Lo mismo enumeraba tesoros que ya no podían tocarse, que contaba la historia insólita de su propio libro perdido —La prensa camagüeyana del siglo XIX, publicado en 1987—. Ese ejemplar que él mismo había donado y dedicado, y que un día encontró en una mesa de venta de libros usados, como si fuera un huérfano. Lo recuperó, sí, pero con la tristeza de saber que algo más profundo fallaba.

Labrada conocía la Biblioteca como quien reconoce una cueva querida: podía caminarla sin mirar, podía señalar estantes donde dormían crónicas olvidadas, caricaturas políticas, los sobresaltos y alegrías de Camagüey a lo largo de siglos. Me habló entonces de la importancia de preservar, de enseñar a los jóvenes, de abrir las puertas, de guiar. Para él, la memoria era un territorio vivo: algo que respiraba. Algo que se podía perder.

Y añadió, casi con un suspiro: “Ahí está la historia de Camagüey… historias que no conocemos todavía”. No lo dijo como una queja: lo dijo como un llamado. Ahora siento que esas palabras también son una herencia.

La vida de Labrada fue así: una gota tras otra sobre la piedra. Una constancia callada. Un ojo siempre abierto. Un corazón que no dejó de hacer preguntas. Un periodista que creía que la historia jamás se termina de contar. Un hombre que alimentó bibliotecas, perros, blogs, colegas, amigos, estudiantes, lectores. Un camagüeyano cuya voz tenía la textura de los periódicos viejos.

En la noche de este 27 de noviembre, Adelante pierde a su periodista más popular, aquel al que los lectores buscaban no solo por su firma, sino por la confianza que inspiraba. Durante años sostuvo con rigor las secciones dedicadas a las cartas del público, un espacio donde aprendió —y enseñó—que un periodista no puede resolver los problemas de las personas, pero sí puede desbrozar el camino hacia la solución. La gente le escribía desde la urgencia, desde la desesperación incluso, y él no evadía el conflicto: señalaba con valentía a la institución o al organismo que fallaba, y defendía, caso a caso, la dignidad del ciudadano común. Quizá por esa sensibilidad hacia el otro llegó también a ser delegado de barrio, donde su ética profesional se volvía ética comunitaria: escuchar, acompañar, orientar.

Lamento que, con tantas insistencias y méritos acumulados, nunca logramos que recibiera el Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida. Era un reconocimiento que merecía sin discusión, pero que no alcanzó a llegar. Aun así, tuvo el mayor premio: el respeto profundo de sus lectores, la gratitud de quienes encontraron en él una voz que no se dejaba intimidar y una mano dispuesta a guiar. Su legado no necesita diploma; quedó sembrado en la gente, que es donde siempre quiso que crecieran sus historias.

La piedra que hoy tengo en las manos nació de un goteo empeñado, igual que él. No sé cuántos años tardó en formarse, pero sé que su luz, aunque mínima, no se extravía. Pienso que Labrada debe de haberla recogido en una cueva húmeda, quizá después de horas de caminar, y que al guardarla quiso traer consigo un pedazo del mundo donde se siente el pulso profundo de la tierra.