CAMAGÜEY.- En abril de 2013, cuando el San Juan todavía se preparaba a fuego lento, los cueros de los tambores de Cristina Varona Bandera seguían guardados en el patio de su casa, en el reparto La Rubia. Sus muchachos llegaban ansiosos por armarlos, pero aún faltaba para mayo, cuando comenzarían los ensayos. Ella, mientras tanto, iba atando los cabos sueltos de otro paseo.
Así conocí a Cristina, para contar la historia de una mujer que llevaba más de cuatro décadas dirigiendo una conga en Camagüey. En aquella entrevista para Adelante, publicada con el título Una directora de «congas» tomar..., había mucho más que una curiosidad: estaba la historia de una mujer que se había abierto paso en un espacio tradicionalmente ocupado por hombres y había hecho de aquella responsabilidad una manera de vivir.
Dirigía Los Caribes desde 1970 y encabezaba el entierro de San Pedro desde el año siguiente. Pero su historia con el carnaval había empezado mucho antes, cuando su padre rumbero le transmitió, quizá sin proponérselo, una pasión que la acompañaría hasta el final.
«Mi papá era rumbero. Cuando me mandaban a la bodega me demoraba porque me ponía a bailar», me contó. De niña participó en competencias de baile de las sociedades Victoria y Maceo; después salió con Los Comandos y pasó a Los Caribes, una agrupación que no fundó, pero que mantuvo «de corazón».
En 2013 tenía 78 años y hablaba de su conga con la naturalidad de quien conoce cada pieza, cada sonido y cada esfuerzo. Sabía cuántos bombos, redoblantes y campanas necesitaba el conjunto; defendía una manera propia de tocar y no admitía que un director artístico maltratara a sus músicos. Los tocadores habían aprendido de oído. Los tambores se fabricaban como podían. Y había que tener valor para cargar aquellos instrumentos durante tantos kilómetros.
Nada de eso aparecía por completo ante los ojos del público que seguía el paseo sanjuanero. Detrás de la música estaban los ensayos, las coreografías, los cantos antiguos y nuevos, las caminatas por los barrios, la ropa que había que preparar y las madrugadas de regreso. También las dificultades para sostener la agrupación cuando terminaba el carnaval.

Cristina conocía las alegrías y las carencias de aquella fiesta. Recordaba el San Juan de las calles adornadas, los guajiros a caballo, la chancleta, el anoncillo y el ajiaco gigante del día 24 en Bedoya. Le preocupaba que se perdiera el carácter barrial de la celebración, que no se respetaran los diseños del vestuario y que faltara apoyo para las carrozas. Hablaba desde dentro, desde el compromiso de quien no se limitaba a mirar pasar la tradición: tenía que hacerla posible.
Su vida tampoco se reducía a Los Caribes. Fue auxiliar de limpieza en el Centro de la Música, bailó como solista de Eleguá en el primer conjunto folclórico camagüeyano y enseñó baile en la Casa de Cultura Amalia Simoni, en Palomino. Tuvo nueve hijos vinculados a la conga como tocadores y faroleros. En los años más difíciles siguió llevando la agrupación por los barrios, empeñada en acercar el carnaval a los jóvenes.

En 2018 recibió el Premio Nacional de Cultura Comunitaria, en la categoría de Personalidad, por dedicar sus energías a preservar y transmitir los saberes tradicionales de Camagüey, en particular los de las comparsas, ingredientes esenciales del San Juan. El reconocimiento nombraba una labor que llevaba décadas realizando mucho antes de que llegaran los premios.
En diciembre de 2024, el Centro Provincial de Casas de Cultura volvió a celebrarla. Cristina cumplía 90 años, según la publicación institucional, y la 43 edición de la Fiesta Provincial de la Danza reconoció su proeza. La llamaron mujer de pueblo, humilde, jocosa; una joya que brillaba desde la comunidad. Todavía entonces se hablaba de ella como la única mujer creadora y directora de congas en Cuba.
Hoy recibo la noticia de su muerte y vuelvo a aquella conversación. A la casa de La Rubia, a los tambores que esperaban en el patio, a la mujer que había atravesado tantos San Juanes sin renunciar a su puesto al frente de la agrupación. Cuando le pregunté qué la motivaba a correr cada año el carnaval, respondió con una sencillez que no necesitaba adornos: «Me gusta». Y añadió una declaración de voluntad que ahora duele de otra manera: pensaba llevar su conga «hasta que cierre los ojos».
Hay una fotografía de 2019 en la que Cristina aparece entre las lloronas del entierro de San Pedro. Cuando vuelva a mirarla, inevitablemente pensaré en ella. En esa mujer que durante tantos años encabezó el duelo ritual de una fiesta que también es celebración, música y memoria compartida. La que sabía llorar con el pueblo y, al mismo tiempo, mantener el pulso de la tradición.
A veces llamamos cultura a lo que sube a los escenarios, ocupa las salas o recibe aplausos bajo las luces. Pero también hay cultura en una casa modesta donde se guardan los cueros; en unas manos que saben cuándo sacar los tambores y cómo cuidarlos; en la voz que ordena el paseo; en la memoria de una mujer que puede explicar por qué su conga no toca igual que las otras.
Cristina pertenecía a ese mundo que tantas veces se mira desde fuera, se reduce a folclor o se considera marginal, sin reparar en todo lo que sostiene. Su vida demuestra cuánto conocimiento, disciplina y sentido de pertenencia caben en una tradición de barrio.
Hoy los tambores pierden a quien los condujo durante décadas. Camagüey despide a su Cristina, la directora de Los Caribes, la llorona de San Pedro, la mujer que hizo del San Juan una parte inseparable de su existencia.
Y queda su historia, para que las nuevas generaciones sepan que detrás de cada conga hubo manos, voces, sacrificios y personas que dedicaron la vida a mantenerla andando.
Cristina dijo que seguiría hasta cerrar los ojos. Los cerró, pero la memoria de su paso no tiene por qué hacerlo.
