CAMAGÜEY.- Nueve de la noche. Nueve años, quizás, o un poco más. De 12 no pasaba. Lo puedo asegurar. “Señora, ¿quiere comprar dulces? Me quedan estos cuatro”. En ese momento, hace ya un año, yo estaba en mi casa, puerta abierta, tomándome unos tragos con un buen amigo. Y afuera había un niño con una bandeja en la mano. Sin protección. Solo frente a la noche.
“A ver, mi niño, ¿cuánto sería por lo que te queda?”. Lo hice así. Y puede ser cuestionable. Yo aún me lo cuestiono. Pero ¿qué hacer cuando es un niño el que llega a tu puerta a esa hora vendiendo dulces? Pagué y le pregunté, además, dónde vivía. Me respondió justo antes de salir corriendo, quizá por miedo. Un lugar que tuve que googlear para darme cuenta que quedaba por la EIDE Cerro Pelado a unos tres o cuatro kilómetros. Un lugar aislado y oscuro.
Todas las tardes pasaba por la zona del reparto Julio Antonio Mella hasta que terminaba su venta. Luego, no sé por qué, lo vi más lejos aún, por la terminal de ómnibus. Hace un año era la primera vez que estaba frente a algo así. No lo olvido. Es imposible hacerlo o pasarle la vista de refilón como si no fuera un problema real. Duro pero real. Un problema que no cabe en la Cuba a la que aspiramos y que debemos construir día a día.
Luego de esa primera vez ya he contado siete niños vendiendo cualquier cosa. Refresco de paquetico, chupa chupa, mentiplus, panecitos dulces y hasta flores. A dos más, cortando hierba para alimento de animales. Algunos, incluso, en horario escolar. Y aunque aún no constituye una problemática extendida en la población infantil, sí se evidencia una tendencia al incremento en los últimos años.
Las condiciones socioeconómicas desfavorables que se viven en el país traen consigo la aparición de fenómenos como este. La baja natalidad, las migraciones y el acelerado envejecimiento de la población hacen que el número de personas desocupadas (dígase niños y adultos mayores) esté cada vez más cerca del número de personas en edad laboral.

En este contexto podemos preguntarnos, entonces, ¿quiénes quedan para trabajar? Existen familias cuyo sustento recae en una sola persona que se enfrenta a una realidad difícil donde hablar de economía podría sonar repetitivo, pero no deja de ser necesario. Apagones larguísimos, falta de agua o difícil acceso a productos de primera necesidad como alimentos o aseo debido a los altos precios en un mercado que rige el sector privado y el informal. Hoy hablar de vulnerabilidad sería referirnos a casi todas las personas, y otras que, incluso, atraviesan situaciones más complejas.
Que conste, no estoy de acuerdo con el trabajo infantil, apelo a la responsabilidad de los adultos para que situaciones como esta no ocurran. Pero sí es cierto que las condiciones son cada vez más adversas para todos, y en el caso de barrios muy pobres, que no son pocos en Cuba, donde aparecen con mayor frecuencia estos fenómenos, las personas no tienen las herramientas para enfrentarlo y hasta llegan a normalizarlo.
Existen disposiciones legales que colocan a las infancias, con sus diversas problemáticas, en el centro del debate no solo público, también gubernamental. Podríamos referirnos al Código de la Niñez, Adolescencias y Juventudes (recientemente publicado en la gaceta Oficial) con artículos acerca de trabajo infantil o al Código de las Familias que establece claramente el significado de responsabilidad parental.

Esto demuestra que desde lo legal existe una intención de protección hacia los niños y niñas, como históricamente ha sido prioridad en nuestro país. Pero, como tantas otras veces, la realidad parece ir en contra de esas leyes. El contexto se presta para situaciones de este tipo y apelar solo a la conciencia y responsabilidad de tutores legales o al cumplimiento de leyes, hasta desconocidas por muchos, no es suficiente.
¿Dónde está el trabajo comunitario integrado? ¿Cuántas veces llegamos a tocar las puertas de los barrios en situación extrema? ¿Qué prioridad brindamos para familias “vulnerables”, o diría yo, muy pobres?
Estas preguntas nos tocan a todos: a los decisores y a la ciudadanía en general. Porque no, no podemos dejar el destino de nuestros niños solo a virtud de normas o peor, normalizar el fenómeno. El primer paso para resolver el problema es reconocerlo y aceptarlo. Aceptar que existen menores haciendo de comerciantes en las calles y existen personas como yo que se preguntan ¿qué hacer cuando es un niño el que llega a tu puerta a las nueve de la noche vendiendo dulces?
