Nueve de la noche. Nueve años, quizás, o un poco más. De 12 no pasaba. Lo puedo asegurar. “Señora, ¿quiere comprar dulces? Me quedan estos cuatro”. En ese momento, hace ya un año, yo estaba en mi casa, puerta abierta, tomándome unos tragos con un buen amigo. Y afuera había un niño con una bandeja en la mano. Sin protección. Solo frente a la noche.