Nunca pensé que, en medio de la situación en que vivimos en Camagüey, Cuba, tendría tiempo —ni siquiera disposición— para engancharme con una serie. Bastante tiene una con organizar el día, sortear apagones y estirar las horas. Pero fui yo misma quien, una tarde cualquiera, revisando aquel disco duro lleno de animados, entré en la carpeta de “mangas clásicos” y, después de haber pasado por algunas joyas de Studio Ghibli, decidí poner Hunter × Hunter (2011). Mi hija no quería, la verdad.

 La primera impresión de aquel primer capítulo —ese niñito de pelos de punta pescando tranquilo en Isla Ballena— no le dijo mucho. Me miró con esa expresión que ya empieza a asomarse a su edad, como diciendo que tal vez ya estaba para “otras cosas”, para historias de niños más grandes. Y me hizo gracia, porque ella, igual que Gon, tiene doce años.

 Afuera oscurecía más de la cuenta, porque el apagón ya llevaba rato instalado, y dentro de la casa tampoco había muchas opciones. Así que, casi sin entusiasmo, aceptó ver un segundo capítulo. Y ahí empezó todo.

Sin darnos cuenta, lo que parecía una elección al azar se convirtió en un hábito, en una espera, en una historia compartida. Un capítulo hoy, otro mañana, a veces en la computadora, otras en el móvil, siempre pendientes de la batería, del tiempo, de la luz. Y así, entre interrupciones y ganas, no pudimos parar… hasta ayer, que la terminamos.

 Vale decir también que Hunter × Hunter (2011) no es una historia improvisada, sino una adaptación del manga de Yoshihiro Togashi, dirigida por Hiroshi Kōjina y producida por el estudio Madhouse. Se emitió por primera vez en Japón en 2011 y se extendió hasta 2014, a lo largo de 148 capítulos de unos veinte minutos cada uno. Saber eso también nos hizo apreciarla más: no era solo algo que llegó por casualidad a un disco duro en Camagüey, sino una obra pensada con tiempo, con detalle, con respeto.

La serie, que parecía una aventura más, terminó siendo un mapa. Acompañamos a Gon Freecss desde el inicio, cuando decide convertirse en cazador para encontrar a su padre, Ging Freecss. Pero ese objetivo se va llenando de caminos: el examen de cazador, donde entendimos que no basta con querer, hay que resistir; la Torre Celestial, donde aparece el Nen, esa energía interior que cada quien desarrolla según su naturaleza; Yorknew, con sus sombras; Greed Island, que mezcla juego y aprendizaje; y finalmente las Hormigas Quimera, donde la historia se vuelve más compleja, más humana, más dolorosa.

 El Nen nos gustó especialmente. No es un poder regalado: es disciplina, autoconocimiento, límites. Cada personaje lo usa de forma distinta, como si fuera una extensión de su carácter. Eso nos hizo pensar mucho: todos tenemos “algo” propio, pero hay que descubrirlo, entrenarlo, sostenerlo.

También están las amistades. Gon no camina solo: Killua, Kurapika, Leorio… cada uno con sus heridas, sus metas, sus formas de entender el mundo. Y sin embargo, logran acompañarse sin dejar de ser quienes son. Eso, para mí, fue una de las lecciones más hermosas.

 Hay también una forma de mirar que habla de estos tiempos. Los jovencitos y adolescentes de hoy consumen las historias casi corriendo, con el dedo siempre listo para adelantar. Mi sobrino, por ejemplo, ve así: salta escenas, acelera diálogos. Y aunque mi hija y yo todavía vemos cada capítulo completo, no estamos del todo ajenas a esa prisa: hay un gesto pequeño que se repite, casi automático, y es adelantar la intro. Tal vez sea nuestra manera de negociar con el tiempo.

 Como madre, hubo algo que no dejé de mirar: la ausencia de la figura materna en la vida de Gon, y ese impulso casi absoluto hacia el padre. En nuestra cultura, eso se siente extraño. Pero la serie no lo presenta como un abandono simple, sino como una elección compleja. Y al final, cuando Gon por fin se encuentra con Ging, lo que recibe no es un abrazo, sino una enseñanza que se nos quedó grabada: disfrutar el proceso, no obsesionarse solo con la meta.

 Y esa idea, aquí, pesa. Porque en nuestra realidad muchas veces la vida se vuelve pura meta: resolver, sobrevivir, llegar, aguantar. Y en medio de eso, es fácil olvidar el camino. Pero también pensamos en algo más: en cómo, a veces, hay padres que —por cansancio o costumbre— dejan de empujar a sus hijos a soñar en grande, como si aspirar mucho fuera un lujo. Y no.

Esta serie, vista entre apagones, nos confirmó que tener metas es también una forma de resistencia. Que no rendirse no siempre es hacer grandes cosas, sino sostener el intento. Que cada niño necesita un horizonte.

 Mi hija, que ama las manualidades, me regaló un marcapáginas con el rostro de Gon. Lo hizo con paciencia, con cuidado, con alegría. Ahora, cada vez que abro un libro, ahí está él. Y ahí estamos nosotras: en una tarde cualquiera, en una noche sin luz, aprendiendo que la meta importa… pero el camino, incluso cuando se hace a oscuras, es lo que realmente nos forma.