CAMAGÜEY.- Antes del papel estuvo el aire. Karel Trakter Díaz recuerda que, siendo apenas un niño en Mola, pasaba horas dibujando con los dedos sobre la nada. Su abuela observaba aquellos movimientos repetidos —la boca entreabierta, la mano suspendida trazando líneas invisibles— y llegó a pensar que algo no andaba bien. “Hay que llevarlo al médico”, le dijo una vez a su madre. Pero ella miró la escena de otra manera: “No, él lo que está es dibujando”. Tal vez allí comenzó todo.
En aquel pequeño central azucarero de Sibanicú no existía un camino evidente hacia el arte. No había academias, galerías ni una vida cultural capaz de señalar una vocación temprana. Por eso el origen de Trakter no está asociado a museos ni a maestros célebres, sino a un gesto íntimo, doméstico y casi secreto: la necesidad física de dibujar incluso antes de tener dónde hacerlo. Su primer soporte no fue el papel, sino el aire.
Décadas después, aquel niño que llenaba libretas escolares de garabatos y observaba fascinado las clases de ballet en la Escuela de Arte de Camagüey, regresaría desde Europa convertido en uno de los creadores más singulares de su generación. Su obra parece haber conservado algo de aquellos dibujos invisibles: cuerpos tensos, figuras estilizadas, personajes atravesados por la noche, el exceso, la ansiedad y cierta fragilidad persistente.
Entre Mola y Polonia ocurrió casi una novela completa: la Academia, el ISA, el diseño escenográfico, Madrid, Berlín, la emigración, los trabajos nocturnos, la COVID, la depresión, el aislamiento y, finalmente, una casa perdida en un bosque del norte polaco donde volvió a pintar con intensidad.
Ahora, mientras prepara en Camagüey la retrospectiva *Inclusive & Exclusive*, Trakter revisita más de tres décadas de creación: desde los dibujos que su madre aún conserva debajo de una cama hasta las piezas recientes que continúa modificando incluso días antes de la inauguración. “Hasta el último momento voy a estar pintando”, dice. Y una le cree.
No lo conocía. Aunque somos de Sibanicú —de dos pueblos no tan lejanos— nuestras vidas transcurrieron por caminos distintos. Estudiamos en lugares diferentes. Cuando regresé graduada a Camagüey, él permanecía en La Habana; después seguiría rumbo a Europa. Durante años apenas fue un nombre que aparecía, de vez en cuando, asociado a dibujos, diseño, emigración.
Hace poco conversamos en su casa, junto a la Plaza San Juan de Dios. Afuera, la ciudad tenía esa belleza apacible del lugar; adentro, entre lienzos apoyados contra las paredes, pinceles, tazas de café… comenzaba a revelarse una historia difícil de resumir. La de un muchacho salido de Mola que terminó viviendo en Polonia.
Mientras hablábamos, su madre se asomaba de vez en cuando desde otra habitación para precisar fechas, recordar nombres o rescatar alguna anécdota. Ella conserva sus dibujos de estudiante, bocetos, papeles que sobrevivieron a mudanzas, viajes y años de distancia.
Trakter habla como pinta: empieza una historia, se desvía, vuelve, exagera,se ríe de sí mismo y de pronto deja caer una frase que lo explica todo.
PRIMER TRAZO: MOLA Y LA FORMACIÓN TEMPRANA
—¿Cuándo descubres que querías dedicarte al arte?
—Yo soy de Alfredo Álvarez Mola, una comunidad de un central en Sibanicú.
Allí no había nada que tuviera que ver con arte. Pero desde niño siempre estaba dibujando. Mi abuela llegó a pensar que yo tenía algún problema porque me pasaba el tiempo haciendo dibujos en el aire con los dedos. Mi mamá decía: “No, él lo que está es dibujando”.
Se ríe al recordarlo. Después mira alrededor como buscando confirmar que, efectivamente, terminó dedicando la vida entera a aquello.
“En la escuela me mandaban constantemente para la dirección porque llenaba las libretas de garabatos. Y mi mamá, que era la directora, en vez de regañarme me daba más hojas y me decía: “Bueno, sigue dibujando””.

La madre confirma y él prosigue: “Mi mamá guarda todo. Por ella ahora van a poner dibujos míos de 1995 en la exposición…”
La retrospectiva *Inclusive & Exclusive*, anunciada para el 17 de mayo en la Galería Alejo Carpentier, reunirá precisamente ese recorrido: desde los dibujos escolares y las primeras bailarinas hasta las piezas recientes.

—¿Tuviste algún maestro o instructor de arte en Mola?
—No había ningún movimiento artístico allí. Mi mamá no era artista, pero hacía los murales de la escuela, los carteles, manualidades, lámparas con hilo de saco… Pienso que por ahí me viene un poco todo.
“Ya en la secundaria, cuando había que escoger carrera, un día le dije a mi papá: “Quiero estudiar pintura”. Él preguntó: “¿Y eso se estudia?”. Vino a Camagüey con una carpeta de dibujos míos y terminó en la Escuela de Arte, actual Academia de las Artes Vicentina de la Torre, hablando con el director, quien le dijo que debía prepararme.”
“Ahí apareció Ydolidia Pedroza, que estudiaba en la Vicentina y era de Sibanicú. Todos los fines de semana yo hacía botella desde Mola hasta Sibanicú para recibir clases con ella. Me enseñó desde naturaleza muerta hasta retrato y paisaje. Gracias a esa preparación pude entrar a la Escuela Profesional de Ballet y Artes Plásticas en 1995.”
CUERPO EN ENSAYO: BALLET, FIGURA HUMANA Y GRADUACIÓN
—¿Cómo recuerdas la etapa de la escuela de arte?
—Yo entré prácticamente sabiendo solo dibujar líneas. Los demás venían de casas de cultura y tenían más preparación. Mi primer profesor fue Alberto La Red, a quien le debo el dibujo. Después tuve a René de la Torre en pintura, que era divertidísimo.
“Yo tenía muchos complejos porque venía de Mola y sentía que no encajaba. Varias veces quise abandonar la escuela. Mi mamá fue quien me sostuvo. René siempre me decía una frase que no olvido: “¡Negro, color!”. Porque yo dibujaba mucho, pero me costaba pintar.
“Luego tuve a Gisela Garatey en diseño, a Osmany Varona en técnica pictórica y después a Joel Besmar en teoría y libertad de enfoque. Todos fueron maestros importantísimos.”
En otro momento de la conversación aparece Maikel Pimentel, aquel joven de Sibanicú cuya existencia terminó convirtiéndose, sin saberlo, en una especie de estímulo secreto. Antes incluso de entrar a la escuela de arte, Trakter ya había escuchado hablar de él como “el muchacho más talentoso” de la zona. Participaron juntos en un concurso infantil donde Karel no ganó y salió frustrado, convencido de que quizá nunca aprobaría los exámenes de ingreso.
“Me inventé una competencia yo solo”, admite ahora riéndose. Cuando finalmente ambos coincidieron en la Academia, Pimentel entró con el mejor escalafón y Trakter apenas logró ubicarse entre los diez admitidos. Aquella rivalidad imaginaria fue desapareciendo con los años hasta convertirse en amistad, pero todavía hoy recuerda ese episodio como una de las primeras veces en que entendió que el arte también podía vivirse desde la inseguridad, la comparación y la necesidad silenciosa de superarse.
La escuela le da oficio, pero también le ofrece algo más: un ecosistema de cuerpos, música, disciplina escénica y tensiones entre pintura tradicional y conceptualismo.
—¿Cuándo empiezas a encontrar una voz propia?
—Eso me costó muchísimo. En esa época empezó a imponerse el arte conceptual y las instalaciones. A mí nunca me interesó demasiado esa línea. Yo era más de la figura humana. Desde primer año me quedaba fascinado viendo las clases de ballet.
Hablar de las bailarinas lo transforma. Su tono cambia. Se vuelve más preciso.
“Yo me pasaba horas mirando las clases de ballet en la escuela de arte. No las funciones: las clases. El movimiento, las líneas, los cuerpos. Ahí empecé a encontrar algo mío. Cuando empezamos a estudiar figura humana con Osmany Varona, yo me ponía a dibujar bailarinas mientras los otros iban a dibujar gente en la terminal de trenes o a pedir que posaran para ellos.
“Las bailarinas terminaron convirtiéndose en mi gran obsesión visual. Las estilizaba cada vez más. Ya no tenía que pedirles que posaran; ellas mismas me decían: “Píntame”.

—¿Tu tesis de graduación salió de ahí?
—Sí. Me gradué con una serie inspirada en la danza y el cuerpo femenino. No eran bailarinas de ballet en sentido clásico, porque ya Degas había hecho eso, pero sí tenían mucho que ver con el movimiento y la anatomía. Hace poco mi mamá sacó uno de aquellos cuadros guardado debajo de la cama.
—¿Ahí apareció el Trakter que conocemos hoy?
Piensa un momento antes de responder.
—Supongo que sí… aunque yo siempre fui muy inseguro. Nunca sentí que encajara del todo. Imagínate: un muchacho de Mola llegando a Camagüey, rodeado de gente que venía con otra preparación, otra seguridad. Yo pasé mucho trabajo para adaptarme.
En varios momentos de la conversación reaparece esa sensación de desajuste. La escuela de arte fue también el escenario donde empezó a construirse una sensibilidad marcada por la observación, la timidez y cierta necesidad de refugiarse en el dibujo.

Entre los nombres que recuerda con más afecto aparece el de la artista y profesora Ileana Sánchez, a quien escogió como tutora de su tesis de graduación. “Siempre conecté mucho con ella”, cuenta Trakter. “Lo que hacíamos no tenía nada que ver, pero me gustaba su manera de ser, su seguridad”.
Fue precisamente durante aquellos años, bajo esa guía cercana pero nunca impositiva, cuando comenzó a defender con más claridad el universo visual que todavía atraviesa buena parte de su obra: la figura humana, el movimiento, la estilización del cuerpo y cierta teatralidad emocional heredada de sus largas horas observando las clases de ballet.
Detrás del hombre corpulento que años después trabajaría como guardia nocturno en clubes europeos, todavía asoma aquel muchacho callado que prefería quedarse mirando ensayos de danza antes que hablar demasiado.
“Siempre me gustaron los cuerpos estilizados —dice—. Creo que por eso terminé mezclando pintura, moda, vestuario, diseño… todo estaba conectado. Después vendrían La Habana, el estudio del diseño escenográfico, las colaboraciones con Santiago Alfonso y, finalmente, Europa”.

ESCENA Y VESTUARIO: ISA, CABARÉ Y DISEÑO
La Habana del Instituto Superior de Arte (ISA) aparece como una ciudad de exigencia: alquiler compartido, clases particulares para sobrevivir, lectura obligatoria, residencia estudiantil y redes informales. Pero también es el lugar donde el dibujo se contamina de teatro, moda, danza, folclor, cabaré y espectáculo.
—Después de graduarte en la Vicentina, ¿intentaste entrar al ISA?
—No de inmediato, ni en artes plásticas. En aquel momento sentía mucha inseguridad y además en el ISA se estaban valorando otras líneas más conceptuales. Me quedé en Camagüey haciendo el servicio social como rotulista en Cultura Provincial. Viajaba todos los días a Esmeralda. Nos habíamos mudado para allá.
“Pero luego abrieron en La Habana la especialidad de Diseño Escenográfico para ballet, teatro y ópera. Ahí sí me interesé muchísimo porque mezclaba dibujo, vestuario, danza y diseño.
“Un día Rubiel Rizo pasó por mi oficina y me dijo: “Mañana nos vamos para La Habana a hacer las pruebas”. Así mismo fue. Entramos cuatro camagüeyanos.
En el ISA descubrí que me gustaba muchísimo el diseño de vestuario. Dibujábamos todo a mano todavía. Ahí se unieron la técnica del arte y mi fascinación por la moda y el cuerpo.”
Mientras estudiaba en La Habana comenzó a colaborar con la compañía de espectáculos de Santiago Alfonso, histórico coreógrafo vinculado a Tropicana. Diseñó vestuarios y conceptos visuales para espectáculos que luego saldrían de gira internacional, experiencia que marcó profundamente su relación con el cuerpo, la teatralidad y la construcción visual de personajes.
—¿Cómo llegas a trabajar con Santiago Alfonso?
—En La Habana daba clases particulares de dibujo para sobrevivir económicamente. Uno de mis alumnos era vecino de Santiago Alfonso y le habló de mí. Yo no tenía idea de quién era realmente. Fui con mi carpeta de diseños y él estaba haciendo audiciones para bailarines. Cuando me tocó entrar me dijo: “¿Y tú con esos músculos dónde vas a bailar?”. Le respondí:
“Yo no soy bailarín, soy diseñador”. Le enseñé los dibujos y terminé trabajando con él diseñando vestuarios para una gira europea.”
La escena de Santiago Alfonso audicionando bailarines es casi cinematográfica: una fila de cuerpos imponentes, maestras de vieja guardia, una corte elegante que evalúa, y Trakter con su carpeta de diseños entrando por error aparente en una audición. El malentendido lo coloca en el centro.
Ahí el artista no baila, pero trae algo que esos cuerpos necesitan: imagen.
“Fue impresionante ver mis diseños hechos realidad en el escenario. Diseñé tocados enormes con cocos, palmas, vegetación tropical… Santiago quería actualizar el imaginario de Tropicana y eso me dio muchísima libertad. Yo no sabía coser, así que el vestuarista me odiaba un poco porque tenía que resolver cosas que parecían imposibles.”
Tras graduarse en 2008, permaneció trabajando en La Habana entre proyectos de diseño y creación personal, hasta que más adelante iniciaría su camino fuera de Cuba.

INTERRUPCIÓN Y NOCHE: EUROPA COMO FRACTURA
Cuando Trakter empieza a contar de su llegada a Europa, la conversación cambia de atmósfera. Madrid no entra como postal turística. Llega primero como frío, Gran Vía, hambre y un abrigo insuficiente. Después se transforma en ciudad nocturna, con trabajos irregulares, dinero rápido, habitaciones caras, fiestas, códigos propios y una intensidad que combina diversión y amenaza.
“La vida de la noche es una ilusión —dice en voz baja—. Pero cuando tú estás ahí, termina siendo tu realidad”.
Entonces cuenta episodios durísimos con una mezcla extraña de crudeza y humor. Luego aparecen Portugal, Alemania, Italia, Bilbao, Berlín y los retornos a Madrid. La vida se vuelve una secuencia de intentos, trabajos, decisiones rápidas y resistencia. A veces parece estar narrando la vida de otra persona. Otras veces se interrumpe de golpe y guarda silencio.
—¿Cómo ocurrió tu salida de Cuba?
—Siempre quise viajar. En 2012 surgió la posibilidad de una invitación a España, tenía mis ahorros. Pude pagar el pasaje. Llegué a Madrid el 12 de noviembre de 2012, con frío por primera vez en mi vida y apenas 70 euros en el bolsillo. Iba prácticamente en cueros. Al principio sobreviví quedándome en casas de amistades. Después trabajé en todo lo imaginable: hostelería, seguridad, discotecas, una tienda… incluso en lugares bastante oscuros.
—¿Oscuros en qué sentido?
—La noche europea tiene un lado muy duro y muy surrealista. Trabajé en ambientes relacionados con clubes nocturnos. Era un mundo extremo: peligroso, excesivo, pero también adictivo. Ganabas dinero rápido y vivías constantemente al límite. Yo venía de estudiar nueve años de arte y de pronto estaba metido en otra realidad completamente distinta.
—¿En qué momento sientes que el arte se había quedado atrás?
—Llegué a pensar que nunca más iba a volver a pintar. Veía a mis contemporáneos exponiendo y yo estaba sobreviviendo. De vez en cuando hacía algún dibujo y la gente se sorprendía cuando descubría que había estudiado arte en Cuba. Pero sentía que ya esa etapa había quedado atrás. Incluso trabajé un tiempo en una tienda de Zara, intentando llevar una vida “normal”, pero no estoy hecho para eso. Yo necesito mi ritmo.
—La pandemia parece haber sido un punto de quiebre.
—Totalmente. La COVID me obligó a parar. Fueron años muy duros en Madrid. Me quedé prácticamente atrapado allí, sin dinero, con restricciones y sobreviviendo como podía. Pero también fue el momento en que empecé a redibujar y diseñar otra vez.
El confinamiento aparece como una escena límite. La mudanza frustrada a Alicante, la imposibilidad de viajar, la falta de dinero y el encierro fuerzan una nueva economía de supervivencia. En ese contexto surge el negocio de mascarillas diseñadas: un episodio pequeño, pero muy revelador.
“Un amigo abrió una tienda de mascarillas y me pidió que diseñara modelos. Las mascarillas se vendieron muchísimo. La gente venía incluso desde otras ciudades a comprarlas, de Barcelona, por ejemplo, e incluso de Polonia. Por primera vez en mucho tiempo estaba ganando dinero haciendo algo que me gustaba”.
En efecto, las mascarillas le devuelven una práctica cercana al diseño de vestuario: modelo, rostro, maquillaje, patrón visual, objeto que se usa en el cuerpo y circula por la calle. En plena crisis sanitaria, el dibujo vuelve a tener función material. La ciudad se llena de rostros cubiertos y el artista encuentra ahí una superficie nueva para intervenir.
BOSQUE INTERIOR: POLONIA Y LA PINTURA RECIENTE
Trakter me enseña fotos en el teléfono: gatos, peces enormes recién sacados del agua, paisajes cubiertos de blanco, un caballete frente a una ventana. El traslado al norte de Polonia tiene estructura de retiro. La casa en medio del bosque, el lago, los inviernos largos y la falta de vecinos construyen un paisaje radicalmente distinto al de Madrid. El que había huido de la vida de pueblo, termina en una forma extrema de campo europeo.
—¿Cómo llegas a Polonia?
—Después de todo el caos de Madrid y Berlín, quería silencio. Quería un lugar tranquilo. Y terminé en Puchenko, al norte de Polonia, prácticamente en medio de un bosque, cerca de un lago. Allí tengo como 18 gatos. En invierno a las dos de la tarde ya está oscuro y puedes pasarte meses encerrado. O pintas o te vuelves loco.
—¿Y encontraste tranquilidad?
—Encontré silencio. Que no es lo mismo.
Entonces vuelve a reírse.
“Llegó un momento en que entendí que tenía dos opciones: deprimirme o pintar. Empecé a trabajar otra vez, pero sin presión. A mi ritmo. Hice exposiciones en Polonia y participé en muestras colectivas en Berlín. Poco a poco volví a sentirme artista.”
Aunque creció rodeado de campos y presas, Trakter insiste en que nunca se sintió atraído por el paisaje. “Los paisajistas me parecen lo más aburrido del mundo”, dice entre risas, provocador, aun cuando admite admirar profundamente a pintores como Linares. Su territorio siempre fue la figura humana. Sin embargo, recuerda con ironía que uno de los primeros premios importantes de su vida lo ganó precisamente con un paisaje, durante un salón en Sibanicú mientras estudiaba en la escuela de arte.
“Hice un atardecer de Mola, con una vaca flaca en primer plano. Gané por la vaca”, cuenta divertido. Algunos interpretaron la obra como una crítica social; él asegura que simplemente quería pintar aquella anatomía marcada por las costillas y la luz del atardecer.
Décadas después, ya en Polonia, volvió ocasionalmente al paisaje, aunque a su manera: escenas rápidas hechas a espátula, casi impulsivamente, porque —según admite— no tiene paciencia para trabajarlas lentamente a pincel.
“Los hice porque quería probar si era capaz. Los terminé regalando”.
Después mira al cuadro que tiene delante, todavía húmedo. Lo observa unos segundos y admite:
—Seguro lo cambio mañana. Yo nunca termino realmente los cuadros. Los abandono… y después regreso a ellos.
Quizás ahí también haya una definición posible de su propia vida.
—¿Qué te impulsó a hacer esta retrospectiva en Camagüey?
—Me sorprendió mucho la reacción que tuvo mi primera exposición en Polonia. Pensé que ya esa etapa estaba cerrada. Cuando apareció la posibilidad de esta retrospectiva, me di cuenta de que necesitaba enfrentar toda esa trayectoria.
“Van a verse piezas desde 1995 hasta obras terminadas prácticamente el día antes de inaugurar. Yo trabajo así: empiezo muchas cosas, me aburro, vuelvo, cambio. Pero cuando tengo una fecha límite, entro en una especie de maratón creativa. Hasta el día antes voy a estar pintando. Incluso ese mismo día probablemente todavía tenga el pincel en la mano.”
—¿Cómo describirías la obra que estás haciendo ahora?
—Muy atravesada por todo lo vivido. Hay noche, ansiedad, exceso, fragilidad. La gente a veces me pregunta por qué mi pintura es tan oscura. Y es que yo he vivido años muy oscuros. Pero también hay humor, teatralidad, deseo de sobrevivir.
“A mí me cuesta mucho hablar de mi obra. Prefiero escuchar lo que la gente interpreta. A veces descubren cosas que ni yo mismo sabía que estaban ahí. Y eso me gusta.”
Habla de sí mismo como quien todavía no termina de entender el camino queha recorrido. A ratos se ríe, exagera, dramatiza; otras veces baja la voz y mira hacia otro lado, como si ciertas escenas todavía le pesaran. Detrás del hombre corpulento sigue asomando el muchacho tímido de Mola.
Tal vez por eso resulta tan simbólico que haya terminado viviendo en un bosque del norte de Polonia, rodeado de silencio, nieve y gatos, pintando otra vez. Como si después de atravesar el ruido del mundo, hubiera regresado finalmente al único lugar donde siempre consiguió sentirse a salvo: frente a un lienzo.
