Nunca pensé que, en medio de la situación en que vivimos en Camagüey, Cuba, tendría tiempo —ni siquiera disposición— para engancharme con una serie. Bastante tiene una con organizar el día, sortear apagones y estirar las horas. Pero fui yo misma quien, una tarde cualquiera, revisando aquel disco duro lleno de animados, entré en la carpeta de “mangas clásicos” y, después de haber pasado por algunas joyas de Studio Ghibli, decidí poner Hunter × Hunter (2011). Mi hija no quería, la verdad.