CAMAGÜEY.- El lobby del Tasende estaba lleno de estudiantes, familiares y profesores de la Academia Vicentina de la Torre. Había encuentros, saludos, la alegría de coincidir. Después subí a la salita de Teatro del Viento, fresca por la climatización y perfumada con incienso. Hacía tanto que no entraba allí, ni recuerdo cuándo fue la última vez que estuve en otra sala de la ciudad, que agradecí, sencillamente, volver a ser público.

Ocho actores compartían el espacio en La casa vieja, de Abelardo Estorino, ejercicio académico de una obra densa, hecha de silencios, miradas y heridas familiares. La composición del elenco también hablaba de las circunstancias de la enseñanza: junto a los estudiantes de tercer año, participaron alumnos de segundo, algunos de los cuales no habían podido completar sus evaluaciones en sus territorios por falta de espacios teatrales donde hacerlo.

Leonardo Leyva explicó parte del recorrido pedagógico: primero, el teatro sin palabras; después, la relación con el otro, todavía sin carga dramática; más tarde, la caracterización. Antes de encarnar los personajes de Estorino, los estudiantes habían pasado por la mascarada: leer, imaginar una casa, escoger un personaje, empezar a habitarlo. El espacio actoral como aprendizaje, no como fórmula.

Al terminar, Freddys Núñez Estenoz, director de Teatro del Viento, invitó a compartir criterios. Hubo elogios a las actuaciones y a la vigencia de temas como el machismo, pero también quien confesó haberse aburrido por momentos ante la lentitud de la obra y la eficacia desigual de algunas miradas. Freddys defendió la introspección, los repliegues del ser humano, la posibilidad de un teatro que no sea siempre la chusmería de María Antonia. Una obra puede ser actual y, sin embargo, permanecer en un molde viejo. También de esa tensión se aprende.

Yo estaba menos pendiente de juzgar el ejercicio que de disfrutar la oportunidad de volver al teatro. De ahí mi elogio a la cátedra de Actuación, impulsada por Leonardo y dirigida ahora por Freddys, y mi petición de que regrese aquel festival que llevaba las obras de los estudiantes al escenario del Tasende con una profesionalidad que nos hizo felices.

Se extraña la cartelera. Se extraña el ritual de la sala oscura, la ciudad reunida alrededor de una historia. Las peñas de payasos en parques y plazas tienen su lugar, pero no sustituyen el encuentro con los grupos teatrales ni la experiencia de sentarse a mirar.

Y se agradece que, incluso en un curso que comienza sin toda la normalidad deseada, haya quienes insistan en formar actores. Ojalá las dificultades materiales, la alimentación y las condiciones de beca no interrumpan ese empeño. Sostener una escuela es sostener una posibilidad: la de que estos jóvenes puedan estudiar, ensayar, equivocarse y encontrar su lugar sobre un escenario.

Me acompañó aquella convicción de Esteban: creer en lo que está vivo y cambia.

Quiero creer en ese teatro que se empeña en abrir sus puertas, en una escuela que no renuncia a sus estudiantes y en una ciudad que vuelva a encontrarse con sus actores. Porque nadie aprende a actuar en abstracto. Y el teatro tampoco permanece vivo si no hay quien lo haga ni quien acuda a verlo.