CAMAGÜEY.- Hay niños que no pueden asomarse al pasillo. Ni llegar hasta el pequeño teatro del hospital. Hay padres que permanecen junto a una cama mientras, a unos metros, alguien canta que la sonrisa va para acá y la mala cara para allá.
Pensé en eso cuando la caravana de payasos llegó al Pediátrico Eduardo Agramonte Piña de Camagüey para comenzar otra edición de Diagnóstico de Risas. Pensé en ellos porque soy madre y porque, cuando un hijo está enfermo, cualquier distancia puede hacerse demasiado larga. Incluso la que separa una habitación de una función.
Desde la Plaza de los Trabajadores habían partido Cebollita, Florecita, Chocolatiqui, Cartucho y Tin Ido, acompañados por los pequeños Tato Garabato y Paola. Llegaron con batas de médicos, coreografía y una canción de entrada. Y comenzaron a recetar enfermedades de dudosa credibilidad.

En el cuerpo de guardia armaron el alboroto. Fueron de niño en niño, auscultando, preguntando, haciendo participar a quienes esperaban sentados junto a sus padres. En medio de aquella consulta disparatada, alguien que parecía trabajador de servicio soltó una frase sencilla:
—Eso les levanta el ánimo.
Y bien saben allí cómo es el vendaval del ánimo en un hospital.
Antes de comenzar la función, esperaba también la escritora Griselda Rodríguez, libro artesanal en mano. Había llevado El Pollo Pepe, un cuento pensado para la primera infancia. Como si aquella mañana todo pareciera coincidir alrededor de una misma necesidad: contar, jugar, distraerse por un momento de aquello que duele.
Pero aquello no era una sucesión de chistes improvisados. Había una historia, personajes, canciones, juegos, participación del público y un conflicto que necesitaba resolverse: alguien se había robado la risa. Había que encontrarla.
Cebollita preguntaba por los síntomas. Cartucho jugaba con los niños. Paola proponía adivinanzas y trabalenguas. Tin Ido y el pequeño Tato Garabato hicieron aparecer instrumentos sobre la escena: la trompeta, el clarinete, el violín, el trombón. Hubo canciones para adivinar cuentos: Caperucita Roja, Ricitos de Oro, Pinocho.
Hasta las vocales sirvieron para medir el diagnóstico.
—Je, je, je —la risa con la e.
Después con la i, la o y la u. Y alguien podía perder Lalú si no se había reído con la última. El propósito parecía sencillo, pero no lo era: había que lograr que todo el mundo se riera.
Ante el dictamen de Chocolatiqui, quien descubrió en alguien una supuesta “falta de inteligencia” y decidió recetar preguntas, Cartucho tuvo que advertirle que tuviera cuidado al lanzar la pregunta, “para que no le diera a nadie”.
La escena provocaba la carcajada, pero también dejaba ver algo del mecanismo del espectáculo: el público forma parte de la dramaturgia. La improvisación tiene que estar porque cada niño, cada padre y cada espacio pueden responder de manera distinta. Pero la improvisación ocurre dentro de una propuesta pensada, con personajes, conflicto y un recorrido.
En el cuerpo de guardia pudieron ser más ruidosos. En otras áreas del hospital bajaron el volumen. Allí también hay que saber escuchar. Por eso la experiencia acumulada importa.
Cebollita cuenta que el grupo existe como Tus Payasos desde septiembre de 2022, pero que los primeros pasos de Diagnóstico de Risas se remontan a junio de 2017. Aquella vez fueron al Pediátrico por iniciativa propia, después de haber acompañado durante años actividades de otras instituciones que llevaban donaciones. En agosto regresaron con una jornada que reunió a colegas y permitió homenajear, entre otros, a Nilda Collado, viuda del Payaso Trompoloco, y al Payaso Canilla, para quien inventaron la simpática distinción Es Viejo en Esta Ciencia.
Al año siguiente llegaron invitados de Santiago de Cuba, Guantánamo, Granma y La Habana. Celebraron los 15 años del dúo de Florecita y Cebollita. Después llegó la pandemia y el diagnóstico tuvo que esperar. En 2025 retomaron la experiencia, con invitados de Minas y Nuevitas y un impulso mayor del Consejo Provincial de las Artes Escénicas.
Ahora, en su cuarta edición, la pregunta parece ser otra: ¿Qué pasa cuando la risa sale del hospital? La respuesta todavía está por construirse.

Este año los payasos llegarán a hogares de ancianos, centros de rehabilitación, espacios de asistencia social, un centro de equinoterapia y uno psicopedagógico donde viven personas con diagnósticos complejos, dificultades intelectuales o de movilidad. También visitarán la casa de niños sin amparo parental y un centro de adultos deambulantes. No será el mismo espectáculo. Y ahí está precisamente el reto.
Florecita y Cebollita aprendieron algo durante la experiencia de finales de 2025 junto a la Fundación Gesundheit, de Patch Adams, en hospitales y centros de atención social de La Habana, Artemisa y Mayabeque: el adulto mayor vuelve a ser un niño.
Pero decirlo no significa que una residencia de ancianos sea un teatro infantil. Tampoco que un hogar para niños sin amparo parental pueda recibir la misma propuesta que un centro para adultos deambulantes. Cada lugar tiene sus silencios, sus historias, sus dolores y sus maneras de responder al juego.
Por eso la nariz roja no basta. Detrás de ella hay oficio, experiencia y una ética.
En aquella experiencia con los payasos terapéuticos internacionales, Cebollita lo resumió de una manera que todavía resuena: la nariz es la máscara más pequeña del mundo; en un hospital, cuando uno entra con ella, dejan de tomarlo en serio, pero te abren el corazón.
Tal vez esa sea la verdadera especialidad que están intentando perfeccionar: saber cuándo hacer ruido y cuándo hablar bajito; cuándo provocar una carcajada y cuándo simplemente quedarse cerca.
En medio de una policrisis que nos ha acostumbrado a hablar de apagones, carencias, dificultades materiales y familias que hacen malabares para sostener la vida cotidiana, también existen otras precariedades menos visibles.
Familias que, además de todo lo que falta, llevan años aprendiendo a vivir con un diagnóstico. Abuelos para quienes la soledad pesa. Personas que han quedado fuera de los circuitos habituales de la sociedad. Niños cuya movilidad, inteligencia o comunicación les impone barreras que los demás no siempre sabemos atravesar.
Hay hogares donde falta la electricidad, un medicamento, un recurso. Pero hay otros donde a esas carencias se suma una condición de salud que exige cuidados durante toda la vida, y no siempre la sociedad mira hacia allí.
Tus Payasos no puede resolver esas vidas. Pero puede entrar en ellas sin esconder la cara. Puede preguntar dónde está la risa. Puede jugar. Puede cantar. Puede conseguir que durante unos minutos alguien deje de ser un paciente, un diagnóstico, un anciano solo, un niño con una condición compleja, y vuelva a ser simplemente una persona a la que otro ser humano quiere hacer sonreír.
La mañana avanzaba y la historia necesitaba resolver su conflicto. Cebollita anunció que alguien se había robado la risa. Entonces apareció Fernanda, la amiguita de Tin Ido, un títere al que pone voz la actriz de radio Osmaida Camacho.

La risa, explicó Fernanda, no estaba perdida del todo. Podía encontrarse dentro de nosotros: en un abrazo, en un juego, en las canciones que podemos cantar juntos. Entonces cantaron. Se rieron. Y la risa volvió.
Después llegó el baile. El reparto —ese ritmo que también se ha propagado entre la infancia— sirvió para otra complicidad. Cebollita tomó la conocida Marca Mandarina y la convirtió en una parodia aterrizada al universo de Tus Payasos.
Era un cierre simpático, pero también una muestra de hasta dónde ha crecido el proyecto. Las canciones, los videos y esa permanente comunicación de simpatía que han construido en las redes sociales les han permitido ampliar su alcance y hacerse reconocibles para un público que los sigue.
Solo que hay algo que ninguna red social puede sustituir. El encuentro. La presencia física. La posibilidad de entrar por una puerta y preguntar a un niño que espera junto a su madre cómo se siente. De auscultarlo con un estetoscopio de mentira. De hacer un chiste. De cantar más bajito porque en la habitación de al lado hay alguien que necesita silencio.
En eso quizá esté la mayor expansión de Diagnóstico de Risas. No solamente en llegar a más lugares, sino en comprender que existen muchos espacios vacíos de la vida real donde también hace falta una presencia.

La risa no cura lo que un hospital debe curar. No resuelve la enfermedad, la soledad ni la exclusión. Pero puede hacer algo que tampoco es poco: recordarnos que una persona es mucho más que aquello que le duele.
El diagnóstico continuará hasta el 30 de agosto. Ese día habrá una presentación para el público general, en el Casino Campestre, donde los payasos coincidirán con la Feria del Libro.
Pero antes tendrán que seguir visitando esos otros lugares. Allí donde la risa hace falta de otra manera.
