CAMAGÜEY.- Hay una palabra que llega desde el monte y, sin embargo, todavía puede decir algo sobre la ciudad: cimarrón. La XVIII edición de Timbalaye, la ruta de la rumba, la coloca este año en el centro de su programa bajo un eslogan que provoca más preguntas de las que responde: “Todos somos cimarrones y rumberos”.
En Camagüey, la jornada tendrá su momento principal el 25 de agosto, aunque se extenderá también a Florida y Nuevitas los días 26, 27 y 28.
Quizá convenga detenerse antes en esa primera afirmación: ¿todos somos cimarrones?
La palabra trae consigo la historia de quienes huyeron de la esclavitud y buscaron en los montes una posibilidad de libertad. Pero también habla de resistencia, de la necesidad de preservar una identidad cuando las circunstancias pretenden despojarla, y de la capacidad de inventar una vida fuera del orden impuesto.
Por eso sigue siendo una palabra incómoda y fértil.
Esteban Montejo, el protagonista de Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet, no es únicamente el hombre que escapó de un barracón. En su testimonio aparece la memoria de un mundo que intentó sobrevivir a través de sus cuerpos, sus creencias, sus palabras y sus costumbres. Montejo cuenta su vida y, al hacerlo, termina contando también la de muchos otros.
Tal vez ahí esté una de las preguntas que Timbalaye propone para el presente: ¿cuánto hay de Esteban Montejo en los cubanos de hoy?
No vivimos aquella esclavitud, pero conocemos otras formas de sometimiento, otras maneras de intentar borrar una diferencia, una memoria, una tradición o una voz. Y también conocemos la necesidad de apartarnos de aquello que nos uniforma para conservar alguna parcela de libertad.
El cimarrón contemporáneo no necesariamente huye hacia el monte. A veces permanece en la ciudad y crea. Baila. Toca un tambor. Recupera un saber familiar. Se pone un turbante. Investiga una tradición. Enseña a los niños una danza. Defiende una memoria que podría perderse. O simplemente se niega a aceptar que determinada manera de ser, de hablar, de celebrar o de recordar deba avergonzarnos.
Desde esa perspectiva, la rumba deja de ser solamente espectáculo. Es también una forma de permanencia.
TIMBALAYE EN CAMAGÜEY
El programa camagüeyano parece querer llevar esa conversación a distintos territorios. La jornada comenzará el 25 en el Parque Agramonte, continuará con una muestra de artes plásticas en la Casa de Cultura Ignacio Agramonte y tendrá a las 10:00 de la mañana, en la sede de la Fundación Nicolás Guillén, el panel “El cimarronaje: una mirada diferente”, con la participación de historiadores, músicos, investigadores y bailarines. Después llegarán los reconocimientos.
En la tarde, la ruta conducirá hasta la Casa Templo Ile Niwe, del rey Ogboni de Cuba, en el Crucero de Palomino. Al atardecer, el parque de El Gallo acogerá una pasarela del proyecto Turbantéate Camagüey, la expoventa del proyecto Qué negra y un concierto de Rumbatá.
La extensión territorial también importa. En Florida, entre el 26 y el 27, habrá conferencias, la presentación de Biografía de un cimarrón, una película, el concierto de Rumbalaroye y el recorrido de la conga de Yunay y su Bombo. Nuevitas, los días 27 y 28, sumará conversatorios, un taller de danza, promoción de libros, cine y las presentaciones de Aires de Bahía y Danzarte.
Así, el cimarronaje deja de ser una palabra confinada al libro de historia. Se vuelve pregunta, música, cuerpo, imagen y memoria.
Y quizá el desafío esté justamente en no convertir al cimarrón en estatua.
Porque un cimarrón no es solamente alguien que escapó una vez. Es alguien que, ante una realidad que pretende fijarlo en un lugar, encuentra la manera de moverse. Montejo lo hizo hacia el monte. Otros lo hicieron conservando una religión, una música, una lengua, una memoria. Otros inventaron comunidades.
¿Dónde están hoy nuestros montes?
Tal vez estén en esos espacios pequeños donde todavía se puede elegir qué conservar y qué transformar. En una agrupación que aprende un toque y lo vuelve presente. En una muchacha que convierte un turbante en afirmación estética. En quienes investigan para que una tradición no se vuelva pieza de museo. En los que bailan porque también el cuerpo puede guardar aquello que la historia escrita no consiguió contener.
Por eso el “todos” del eslogan merece ser tomado con cautela, pero también con curiosidad. No todos cargamos la misma historia ni hemos enfrentado las mismas formas de exclusión. Pero todos podemos preguntarnos qué estamos dispuestos a defender cuando algo de nuestra memoria corre el riesgo de desaparecer.
Timbalaye llega a Camagüey, Florida y Nuevitas entre el 25 y el 28 de agosto como parte de una jornada nacional que se desarrolla del 20 al 30. Y quizá su mejor convocatoria no sea solamente a escuchar rumba, mirar una exposición o asistir a un panel.
Sea, más bien, a reconocernos en aquella pregunta que permanece abierta desde Esteban Montejo: qué hacemos cuando necesitamos ser libres, y qué somos capaces de conservar mientras buscamos esa libertad.
Tal vez los cimarrones de hoy no tengan que esconderse en el monte.
Tal vez tengan que aprender, sencillamente, a no dejarse borrar.
