CAMAGÜEY.- La sala ya no esperaba sorpresas cuando comenzaron a sonar los primeros compases de la Barcarola, de Jacques Offenbach. Ese vaivén suave, como de agua que no se apura, sostuvo el instante en una delicadeza improbable.Entonces ellas —María Eugenia Reyes Dupuy y Doris Pérez Venegas— se levantaron. Más de setenta años en los cuerpos, pero otra edad en la voluntad. Y bailaron.
No fue un alarde, ni falta que hacía. Fue otra cosa: una manera de decir que el tiempo no cancela la danza, apenas la transforma. Doris, todavía dueña de una línea hermosa, dibujaba el aire con una precisión que parecía venir de muy lejos; María Eugenia, más contenida, sostenía la musicalidad con esa sabiduría que no necesita imponerse. En el leve balanceo de la Barcarola —ese ritmo que sugiere remos invisibles— ambas parecían navegar entre lo que fueron y lo que aún son: maestras, memoria viva del Ballet de Camagüey, herederas de una tradición que aprendieron de Vicentina de la Torre y que no han dejado de transmitir.
Quizá por eso aquella escena final contenía todo lo demás. Porque lo que vino antes —las palabras, los recuerdos, las evocaciones— no fue más que el tejido que sostiene ese instante donde el cuerpo habla.

La peña, conducida por Leonardo Leyva en el Lucem Café, había sido también un acto de memoria compartida. Hubo imágenes —un programa televisivo dedicado a Elinor Fuentes, ya fallecida— y llegaron voces desde lejos, como las de Delia Ballart y Manelín Rodríguez, que hoy viven fuera del país, pero que siguen orbitando ese núcleo afectivo que es la danza en Camagüey.
Todo parecía confirmar que una compañía no es solo un repertorio: es una red de vidas.

MARÍA EUGENIA
Cuando María Eugenia tomó la palabra, lo hizo como quien ordena el tiempo. Su relato fue un regreso a los orígenes, a ese 1936 en que Gilda Zaldívar fundó la primera escuela de ballet en la ciudad, y a 1948, cuando una joven de 22 años —Vicentina— decidió empezar. “Todo el que quiera estudiar”, recordaba María Eugenia que dijo después, ya en 1961, cuando la Revolución abría otros caminos. Y la respuesta fue una avalancha.
Lo que siguió no fue épico en apariencia, pero sí en esencia: clases en un inmueble de la calle Cisneros, frente a la clínica Pino Tres; niñas en chorcitos y blusitas porque no había leotares ni zapatillas; funciones tempranas, como aquella del 22 de mayo de 1962; mudanzas constantes hasta encontrar un espacio definitivo. “Nosotros estábamos en todas”, dijo, y en esa frase cabe una generación que no esperaba condiciones: las creaba.
Habló de 1967, del nacimiento de la enseñanza artística, y de aquel primero de diciembre en que, sin saberlo, fundaban el Ballet de Camagüey. “A nosotros nadie nos dijo que estábamos fundando un ballet”. Era, simplemente, bailar. La fille mal gardée y Las sílfides. Al año siguiente, Coppélia. Sin varones suficientes, con roles asumidos por las propias muchachas. Aprendiendo sobre la marcha, incluso a bailar en pareja.
En su relato, los nombres iban marcando etapas: Joaquín Vanegas, Silvia Marichal, y más tarde Fernando Alonso, cuya llegada en los años setenta transformó la compañía. Con él vinieron las giras, los videos —ese acceso a coreografías que antes solo podían imaginar—, los talleres de creación. Pero María Eugenia insistía en otro gesto: “Cuando llegó a Camagüey, a donde primero fue: a la escuela”.
Y ahí se define también su propia elección. Fue cuerpo de baile, sí, y cabeza de fila —“algo muy difícil”—, pero decidió quedarse en la escuela cuando fue necesario. Formar. Sostener. Preparar maestras —como aquellas ocho alumnas que aparecen en la famosa foto—. Hoy asesora, guía, construye desde la base. Vindica cada lugar dentro de una compañía: nadie es menor.
Al terminar la Barcarola, con humor y lucidez, dijo: “Nos quedan todavía los brazos”. Y en esa broma había una ética: la de seguir.

DORIS
Doris, en cambio, habló desde el cuerpo vivido. Sus palabras tenían el pulso de quien ha estado en escena. Recordó un Teatro Principal que era cine, funciones los fines de semana y ensayos en la madrugada: esperar a que terminara la última tanda para entrar, y trabajar hasta las tres de la mañana. “Esta compañía costó sacrificio”.
También evocó las condiciones: sin baños, sin tabloncillos adecuados, apenas planchas de playwood. Y sin embargo: “Había amor por la danza. Nosotras no venimos de la fama. Somos producto de una vida artística”.
En La Habana las llamaban “las muchachitas de Vicenta”. Y algo de eso persiste: una identidad construida desde la disciplina y el afecto. Habló de la exigencia de Joaquín, de los inicios en Villa Feliz —ensayos incluso sin luz, con una vela y la música tarareada—, de una compañía numerosa que se organizaba en cuerpos de baile múltiples. Y del momento en que, en 1981, fue madre y también primera solista.
Doris no habla de la danza como oficio, sino como destino. “Yo me transportaba a los personajes”, dice. “En Las sílfides yo volaba”.
Prefiere los ballets románticos, busca la historia detrás de cada rol, siente el piso con los dedos porque nunca le gustaron las zapatillas demasiado duras. Y hay una frase que la define: “Nos enseñaron que el público no va a ver cosas mediocres”.
Hay también en ella una dimensión casi poética: “Si es verdad que existe otra vida, yo fui una duquesa”. Y lo dice pensando en Giselle, en ese primer acto donde habitó un personaje que aún la acompaña. O cuando afirma: “Si existe otra vida, yo seguiré bailando y enseñando”.
Pero también está la renuncia: la decisión más difícil fue dejar de bailar. Lo último que hizo fue el preludio de Las sílfides, con cuatro meses de embarazo. Después, la vida siguió en otra forma. “Ahora sigo bailando a través de mis alumnos”, cuenta, y menciona a una niña de diez años que la deslumbra.

BARCAROLA
Y mientras hilvanaban fechas, funciones y anécdotas, fueron surgiendo también los nombres de compañeros, maestros, bailarines…; una constelación humana demasiado vasta para consignarla aquí con la justicia que merece. El tiempo de una crónica obliga a dejar algunos nombres fuera, pero no el de su memoria. Asombra escucharlas evocar con precisión rostros, ensayos, sustituciones de última hora, montajes y sacrificios compartidos. En esa nitidez hay una lección silenciosa: quienes ayudaron a fundar esta historia no recuerdan solo su propia trayectoria, sino la de todos los que hicieron posible que la danza echara raíces en Camagüey.
Escucharlas es entender que la historia no siempre se escribe en los grandes titulares. Que hubo un tiempo en Camagüey en que todo estaba por hacerse: una compañía, un sistema de enseñanza, un teatro adecuado, una sede. Y que fueron ellas —y tantas otras— quienes sostuvieron ese proceso desde la entrega cotidiana.
Por eso sorprende —y duele— que esos nombres no siempre estén donde deberían. María Eugenia Reyes Dupuy, con todo lo que ha significado para la enseñanza, no ostenta el Premio Nacional de la Enseñanza Artística. Doris Pérez Venegas, que brilló como primera solista, tampoco ha recibido distinciones del territorio como la Distinción Espejo de Paciencia. Pero hay reconocimientos que no caben en una medalla: están en la memoria de quienes aprendieron, en la continuidad de una escuela, en la emoción intacta de un gesto.
Para el periódico Adelante, esta crónica es también un agradecimiento: al espacio que permitió el encuentro, a la persistencia de quienes lo hacen posible, a la danza misma.
En este Día Internacional de la Danza, el saludo es, sobre todo, un acto de gratitud. Porque mientras suene una Barcarola y alguien, incluso con los años a cuestas, decida ponerse de pie y bailar, la historia seguirá encontrando cuerpo.
