La sala ya no esperaba sorpresas cuando comenzaron a sonar los primeros compases de la Barcarola, de Jacques Offenbach. Ese vaivén suave, como de agua que no se apura, sostuvo el instante en una delicadeza improbable. Entonces ellas —María Eugenia Reyes Dupuy y Doris Pérez Venegas— se levantaron. Más de setenta años en los cuerpos, pero otra edad en la voluntad. Y bailaron.