CAMAGÜEY.- «Era la primera vez que veía un teatro por dentro. Era la primera vez que se abría una puerta grande; por ahí entré y me quedé para siempre». Reyna Ayala Don recuerda con nitidez aquel 3 de septiembre de 1973. Tenía casi 16 años y un telegrama le había indicado que se presentara en el Teatro Tasende, donde la esperaba el Conjunto Dramático de Camagüey. No sabía nada de teatro. Ni siquiera tenía muy claro cómo llegar a ser artista.
La oportunidad había llegado gracias a una amiga de su madre, quien conocía a Delmiro del Risco, uno de los grandes maestros que tendría en aquella compañía. Reyna había estado llorando en casa porque quería dedicarse a algo que ni siquiera sabía nombrar. La amiga escuchó, salió y buscó una solución.
Fotos: Cortesía de la entrevistada
«Me hicieron una prueba y me dijeron: “Espere un telegrama; si le llega, está aprobada para pertenecer al Dramático de Camagüey”. Me fui y me dije que sabía que llegaría. A finales de agosto llegó».
Así comenzó una historia que este octubre, durante la Jornada por la Cultura Cubana, volvió a compartirse en Estrechando Espacio, la peña que reúne a jóvenes con personalidades de la cultura para acercarlos a sus experiencias y encontrar en ellas referentes para la vida.
Al sentarse frente al grupo en el café La Comarca, Reyna confesó algo que parecía contradecir el propósito del encuentro: «Nunca me veo sentada aquí para que me reconozcan. Me pongo muy nerviosa y realmente me emociono muchísimo al pensar que me recuerden o que cuenten conmigo. Aunque yo sí estoy preparada para estar presente para lo que haya que hacer, pero no para homenajes. No sé, no me veo».
Sin embargo, bastó con que comenzara a recordar para que el encuentro adquiriera el ritmo de una función. Hubo risas, emoción y aplausos. Porque hablar con Reyna Ayala es también asistir a un teatro que no necesita telón para abrirse.

UNA ESCUELA LLAMADA DRAMÁTICO DE CAMAGÜEY
Reyna vivía por La Yaba, en el Callejón del Ganado, donde las posibilidades de comunicación no eran las de ahora. Por eso, cuando le pregunté cómo se enteró de que había sido aceptada, explicó con naturalidad que en aquella época los avisos llegaban por telegrama.
Su ingreso al Conjunto Dramático de Camagüey la colocó en una compañía de 32 actores, bajo la dirección de Pedro Castro, en un tiempo en que compartían el Teatro Tasende tres agrupaciones fundamentales para la escena de la ciudad: el Dramático, el Guiñol de Camagüey, dirigido por Mario Guerrero, y La Edad de Oro, con Bistermundo Guimarais al frente.
Reyna todavía puede reconstruir los horarios de aquella casa compartida. Por la mañana actuaba el Guiñol; después, los técnicos desmontaban rápidamente su escenografía para dar paso a La Edad de Oro, y a las nueve de la noche comenzaba la función del Dramático.
«Era una época en la que le llamábamos “El Ángel Exterminador”. Entrábamos a las diez de la mañana y eran las once de la noche y nadie se había ido para su casa».
Entre una función y otra cabían una empanadilla de carne, un yogur y el regreso al teatro. También cabía una formación artística que no se limitaba a aprender textos y movimientos. En aquellos años se representaban musicales y obras del teatro cubano; había que cantar, bailar, dominar la voz y la dicción, y aprender a desenvolverse en el escenario.
«Yo entré de la calle. No sabía nada, nada de teatro. Ni siquiera sabía ponerle la malla al leotardo, no sabía lo que era un bocadillo».
Tuvo maestros como Cortinas, del Coro de Camagüey, y recibió talleres de directores de la talla de Vicente Revuelta y Roberto Blanco, además de profesores extranjeros. La formación continuó con una evaluación teórica y práctica para los actores que llevaban menos de cinco años en las tablas. Gracias a Elsa Blanco y a su esposo, Héctor Echemendía, compañeros del Dramático, pudo prepararse intensamente en materias como estética, dramaturgia, actuación, dirección, voz y dicción.
A esa preparación se sumó el aprendizaje cotidiano de una compañía que la acogió cuando todavía era una adolescente. Sus compañeros la cuidaban, la acompañaban y compartían con ella sus experiencias. Para salir de gira necesitaba una carta firmada por sus padres, pues aún no tenía edad laboral ni plaza.
Las primeras giras la llevaron a Las Tunas, en octubre de 1973, y a Santiago de Cuba, en diciembre. Después conoció La Habana y recorrió el país con aquella agrupación que viajaba en una guagua para los actores y un camión cargado de escenografía. Algunas giras duraban un mes.
«Puedo decir que conozco el país completo, que hemos estado en los hoteles y los teatros de Cuba. He trabajado en todos los teatros importantes del país porque viajábamos mucho».
Cuando habla de aquellos años, vuelve una y otra vez a la gratitud. No idealiza la juventud ni se atribuye en solitario lo que llegó a ser. Reconoce a quienes la formaron y a quienes le enseñaron, incluso sin proponérselo, a vivir dentro y fuera de la escena.

CUANDO DESAPARECE UNA CASA
Por eso duele tanto recordar el final del Conjunto Dramático de Camagüey. Si al principio el teatro fue una puerta abierta, con los años se convirtió en una casa de la que parecía imposible salir.
«Yo decía que si a mí me faltaba el Dramático de Camagüey, yo me moría. Yo no me veía haciendo otra cosa».
La desaparición de la agrupación le dejó una sensación de pérdida difícil de explicar. La compara con un bloque pesado sobre el pecho, algo que impide respirar y que no se puede cambiar por voluntad propia.
Pero Reyna continuó. Se incorporó a Teatral Teatro, junto a Onel Ramírez, y trabajó también con Teatro del Viento. Hoy forma parte activamente del Guiñol de Camagüey, una agrupación a la que reconoce el mérito de mantenerse en pie.
Le gusta entrar y encontrar a sus integrantes ensayando, impartiendo clases o actuando en la calle, incluso cuando los teatros permanecen cerrados. En esa persistencia encuentra motivos para sentirse orgullosa y también una preocupación que trasciende su historia personal: que el Guiñol no termine siguiendo el mismo camino de agrupaciones que marcaron la cultura de la ciudad.
De La Edad de Oro guarda, entre otros recuerdos, el de Mainé y los cuentos del monte, obra para la cual Bistermundo Guimarais la invitó a interpretar un pavorreal. El personaje llevaba unas alas enormes, que se extendían de una esquina a otra del escenario, y una cabeza de alambrón que le encajaban sobre los hombros.
«Era bello el pavorreal aquel. Cuando yo terminaba, a veces a mitad de función, decía: “No llego, no llego al final”. Pero tuve la suerte de llegar siempre».
La anécdota le devuelve el entusiasmo de aquella muchacha que empezaba a descubrir las posibilidades del cuerpo, la voz y la imaginación. También demuestra que el recuerdo de una obra no depende únicamente de que siga en cartelera. Puede sobrevivir en quien la hizo, en quienes la vieron y en la memoria cultural de una ciudad.
LA MÁSCARA Y LA REVELACIÓN
Si algo distingue la trayectoria de Reyna es la disposición a asumir desafíos. A veces, sin embargo, el personaje que termina por marcar una carrera no es el que una actriz habría elegido.
En Lila la mariposa, por ejemplo, prefería a Hortensia, un personaje dramático que sufría. La Cotorrona, en cambio, no le gustaba. Empezó a ensayarla con desgano, hasta que el personaje fue ganando terreno gracias a su imaginación y a las ocurrencias que incorporaba durante los ensayos. Cuando finalmente le comunicaron que debía interpretar a Hortensia, lloró para que no le quitaran La Cotorrona. Al final, le correspondió asumir el papel que tanto había evitado.
La experiencia le enseñó que no siempre se conoce de antemano el alcance de un personaje. Hay que estudiar, probar, equivocarse y, sobre todo, respetar el oficio.
Otra prueba decisiva llegó con Accidente, de Roberto Orihuela, bajo la dirección de Pedro Castro. Reina interpretaba a la madre y a la esposa del protagonista, daba voz al nieto y asumía dos figuras simbólicas: Obatalá y Oyá —a quienes ella evocaba al contar la experiencia—, construidas mediante el trabajo corporal y la máscara.
Para conseguir esta última, tuvo que someterse a un procedimiento que todavía recuerda como una experiencia angustiosa. En una camilla, con el rostro cubierto de una sustancia para elaborar el molde, algodón en la nariz y los oídos, y la indicación de apretar las manos de las asistentes cuando ya no soportara el calor, sintió que no podría resistir mucho más.
Aquel proceso era apenas el comienzo. El coreógrafo Lázaro, del Ballet de Camagüey, trabajó con ella los movimientos. El vestuario era mínimo: una prenda del color de la piel y una tela de mosquitero. La interpretación exigía tal precisión que el público no debía distinguir cuándo la actriz estaba de frente o de espaldas, ni cuándo hablaba ella o lo hacía la máscara.
Sin embargo, durante los ensayos llegó a cuestionarse su capacidad para sostener el trabajo. Un día la convocaron al Consejo Artístico y le comunicaron que no podía continuar con el personaje porque no estaba consiguiendo el resultado esperado.
Manuel Tomás pidió que le dieran unos días más. Entonces habló con Reyna con una firmeza que ella no ha olvidado: no podía permitir que la apartaran después de todo lo que había atravesado y trabajado por la obra. Tenía que salir adelante. Ensayaron. Y llegó el estreno, durante un Festival Nacional de Teatro de Camagüey.
Al recordar lo que sucedió después, Reyna recibió los aplausos de quienes la escuchábamos. Conserva todavía el periódico Juventud Rebelde que destacó a la joven actriz como la revelación de aquella noche por su personaje de Ángela.
La emoción no estaba solo en el reconocimiento. Estaba en el trayecto: la dificultad, la posibilidad de abandonar, la ayuda de un compañero y la conquista de una interpretación que parecía escapársele.
En aquella historia cabía una lección que no necesitaba explicaciones adicionales. El talento importa, pero también la disciplina, la perseverancia y la presencia de alguien capaz de acompañarnos cuando todavía no conseguimos hacer aquello que nos proponemos.
LEER, CONTAR, VOLVER A EMPEZAR
La actriz habla de los textos con la misma convicción con que recuerda a sus maestros. Un personaje puede llegarle de manos del director; después comienza el trabajo de buscarlo, entenderlo y darle vida.
«Hay que pasarse la vida leyendo, buscando prosa, y más cuando uno es narrador oral, que tiene que buscar cuentos, leer mucha poesía. Hay que leer mucho teatro».
Su recorrido por distintas formas de expresión no ha sido un simple cambio de oficio. La declamación estuvo presente desde sus inicios en el Dramático, cuando participaba en recitales por los municipios. Con el tiempo se enamoró de la obra de Nicolás Guillén, aunque al principio prefería sus poemas de amor al célebre Sóngoro cosongo.
Llegó a conocer al poeta en la sede nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), cuando ya era muy mayor, y desde entonces su obra se convirtió en una compañía cotidiana. Mantiene un libro de Guillén a mano, vuelve a sus poemas y los comparte en sus peñas de la Uneac y de la Fundación Nicolás Guillén.
«Guillén va a ser para mí un padre que me enseñó, gracias a lo que escribe, a declamar».
También descubrió la narración oral, una práctica que la llevó a buscar otros textos y a encontrar nuevas maneras de comunicarse con el público. Su experiencia como profesora en la Escuela de Instructores de Arte le permitió transmitir conocimientos que antes había recibido de otros.
En Estrechando Espacio, sin embargo, no hizo falta hablar demasiado sobre el valor de contar historias. Cuando surgió la posibilidad de recordar El Órgano, el cuento de Mongo Paneque y el capitán Camacho, Reyna aceptó hacer un fragmento. Hacía tiempo que no lo interpretaba y tuvo que ir recuperando los textos durante el camino.
La escuchamos. La vimos transformarse en narradora, convocar personajes y devolverle al relato su ritmo. Al terminar, la mañana tenía otro sabor. La aplaudimos.
Por unos minutos, la conversación dejó de ser un diálogo sobre el teatro para convertirse en teatro vivo. Su memoria no era un archivo cerrado: todavía podía ponerse en movimiento, ocupar el espacio y encontrarse con un público nuevo.
Fotos: Humberto Cid
LA FAMILIA, LOS AFECTOS, LA VIDA
Detrás de la actriz que recorrió Cuba de gira, que asumió personajes complejos y que ha compartido sus saberes con generaciones de jóvenes, hay una mujer que reconoce cuánto debe a su familia.
Sus padres no habían superado el noveno grado de escolaridad. Él trabajaba en el central de Sierra de Cubitas, en Lugareño; ella era ama de casa. Pero ambos se sintieron orgullosos cuando su hija comenzó a trabajar en el teatro.
Reyna recuerda cómo su padre la llevaba del brazo por el central para presentarla ante sus amigos: «Mi hija es artista». También recuerda los regresos de las funciones, cuando algún compañero la acompañaba hasta la parada de la guagua y su madre la esperaba con su hermano pequeño para llevarla a casa.
Esa protección fue decisiva para una joven que pasaba muchas horas en el teatro y salía con frecuencia de gira. Más adelante, sus padres también la ayudaron a criar a su hijo. Mientras ella recorría el país, ellos se ocupaban de la escuela y de la vida cotidiana del niño.
Reyna habla de esa etapa sin disimular las particularidades de su historia. Reconoce que el trabajo ocupó tanto espacio que muchas responsabilidades maternas quedaron en manos de sus padres. Y habla de su hijo con una emoción que no intenta disimular: su pérdida le dejó una ausencia con la que todavía aprende a vivir.
Hoy se reconoce feliz como abuela de tres nietos: dos varones que están cerca de ella y una niña que vive lejos y a quien aún espera conocer. Uno de sus nietos, que ahora tiene 19 años, decidió vivir con ella cuando tenía 14. Reyna lo cuenta con la alegría de quien ha encontrado en sus nietos una recompensa afectiva.
La familia aparece así en su relato sin convertirse en una historia paralela. Es parte de las condiciones que hicieron posible su carrera, de los afectos que la sostuvieron y de las ausencias que también forman parte de su vida.

«ME ENCANTA ESTAR CON LOS JÓVENES»
Reyna cumplirá 71 años en diciembre y suma 53 de vida artística. Dice sentirse fuerte. Limpia sola su casa, disfruta viajar a otras provincias cuando la convocan para evaluar grupos y actores, y quiere seguir dando clases mientras conserve la memoria y las ganas de compartir lo aprendido.
No se reconoce en los homenajes, pero sí en la posibilidad de hacer. Se emociona al ver a un joven con talento, disfruta acompañar a quienes comienzan y no encuentra barreras generacionales que le impidan acercarse a ellos.
«Me encanta estar con los jóvenes, me encanta verlos actuar y me emociono grandemente cuando veo a alguien con talento, alguien que está saliendo».
Tal vez por eso su presencia en Estrechando Espacio tuvo un significado especial. No se trataba de mostrar una trayectoria como una sucesión de éxitos, sino de escuchar a una mujer que ha conocido la alegría de pertenecer a una compañía, el dolor de verla desaparecer, la incertidumbre de un personaje difícil y la satisfacción de encontrar nuevas formas de seguir en escena.

Al despedirnos, le deseamos salud y nuevos reencuentros, y que podamos verla actuar en Camagüey. Ella respondió desde la vitalidad que había atravesado toda la mañana: mientras tenga fuerzas para salir, caminar y estar atenta a lo que sucede en el teatro, seguirá presente.
La puerta grande que se abrió aquel septiembre de 1973 no ha dejado de acompañarla. Cambiaron los escenarios, los grupos, los personajes y las generaciones. Pero Reyna Ayala sigue entrando por ella, dispuesta a hacer lo que haga falta, a compartir lo aprendido y a emocionarse con quienes comienzan.
Quizá esa sea una de las maneras más hermosas de permanecer en el teatro: no aferrarse a una sola escena, sino encontrar siempre otra en la que todavía se pueda ofrecer algo.
