CAMAGÜEY.- Poco tiempo pasó desde la COVID-19 para modificar la normalidad de Cuba. Muchos volvemos otra vez a estudiar o trabajar desde casa en contra de nuestra voluntad. Ya no es un virus el que nos pone en pausa, sino el resultado de una crisis ocasionada por la escasez de recursos y el aumento de las sanciones externas, cuando sectores sociales enteros deben reinventarse para mantener su funcionamiento. El sistema educativo, pilar fundamental de cualquier sociedad que aspire al desarrollo, no ha sido la excepción.

Para los estudiantes la medida de distanciamiento actual no es por el miedo al contagio que existía con la pandemia del 2020, ahora está dada por la imposibilidad de garantizar el transporte, la falta de electricidad para iluminar los centros educacionales y la dificultad para que profesores y alumnos coincidan en un mismo lugar.

Aunque con ciertas irregularidades se mantiene la atención presencial a los educandos de primaria, secundaria y el nivel medio superior. Aquellos que asisten como becados en instalaciones para la formación laboral, artística y deportiva ahora son insertados en instituciones cercanas a sus hogares para recibir la docencia, hecho que prioriza el estudio de las materias básicas de cada curso, pero descuida la preparación especializada a la que están acostumbrados los alumnos de esos centros.

El uso de las redes sociales para compartir conocimientos, recurso heredado de años anteriores, se fortalece en el actual escenario. Para mantener de cierta manera el ritmo académico en las universidades, el WhatsApp se ha convertido en el espacio donde los profesores crean grupos con sus estudiantes para impartir clases y esclarecer dudas. Puede parecer una solución ingeniosa ante la imposibilidad de asistir al aula. Sin embargo, cuando se mira de cerca se descubren grietas.

Son ciertas las mejoras que Cuba ha hecho en su infraestructura de telecomunicaciones, aunque insuficientes todavía para sostener una educación masiva a distancia. Existen varios factores, entre ellos los apagones, la deficiente calidad de la red de datos móviles, los precios y límites del servicio, a pesar del llamado plan sectorial a estudiantes. El acceso a la conexión es inestable e incómodo para quienes aprovechan las bondades de las tecnologías en su formación y comunicación personales.

Quienes residen en ciudades, o cercanos a ellas, a veces gozan de buena cobertura, y recibir un documento por chat es algo sencillo. Mas, la realidad cambia drásticamente cuando hablamos de aquellos que viven en zonas de baja densidad poblacional, donde la conectividad puede ser muy pobre.

Otro aspecto que merece análisis, sin caer en eufemismos, es la preparación de los profesores para esta modalidad. Lo que hasta entonces fue el contacto directo en el aula cambió de la noche a la mañana. Muchos docentes se vieron obligados a convertirse en supuestos creadores de contenido sin tener las herramientas ni la formación necesarias en el ámbito digital.

La mayoría hace lo que puede con lo que tiene y conoce. La realidad es que no todos son diestros con las tecnologías a su alcance y presentan dificultades para estructurar una clase a distancia que mantenga la atención del estudiante con materiales didácticos de calidad.

En algunos casos el resultado es una enseñanza empobrecida, ya que se envía un texto y se pide un resumen que luego se califica. Por la vía online no hay lugar al debate y el análisis es superficial. El educador queda sin la seguridad de que sus alumnos atendieron a sus explicaciones y estos últimos sin la posibilidad resolver dudas.

Foto: Leandro Pérez Pérez/Adelante/ArchivoFoto: Leandro Pérez Pérez/Adelante/Archivo

Este tópico es el impulso de una pregunta que pocos se atreven a hacer en alta voz, pero que está estrechamente vinculada con las medidas adoptadas: ¿se están formando profesionales con la misma calidad que antes?

Las respuestas son polémicas y los criterios varían como las mareas. Lo cierto es que la educación se basa en la transmisión de informaciones, valores y experiencias, de manera directa y mediante habilidades prácticas, que son difíciles de adquirir frente a una pantalla.

Hablar de este asunto no pretende hacer apologías. Se trata de mirar la realidad de frente, identificar los problemas concretos y cuestionarnos, colectivamente, si hacemos lo suficiente para evitar que una generación entera pague el precio de una coyuntura que no eligió. La educación es demasiado importante como para dejarla a merced de las circunstancias. Recordemos que esos que están hoy en el aula, serán nuestros profesionales del mañana.