CAMAGÜEY.- Nassiry terminó su número de rolan y, por un instante, dejó de ser el muchacho que acababa de desafiar el equilibrio del cuerpo. Miró hacia las lunetas, buscó a las hermanas Mondeja y les lanzó un beso. Después hizo una reverencia. Alexna repitió el gesto.
Fue apenas un segundo. Pero en ese segundo cabía medio siglo de circo.
Las tres mujeres habían sido, décadas atrás, trapecistas, contorsionistas... Habían aprendido el oficio en el Circo Miriam, el circo de sus padres, y fueron después fundadoras de lo que hoy conocemos como Circo Areíto. Ahora, desde las lunetas del Teatro Avellaneda, miraban a dos jóvenes que ejecutaban números que ellas mismas debieron aprender alguna vez: a fuerza de entrenamiento, repetición, caídas, miedo y perseverancia.
Nassiry parecía especialmente conmovido. En el rostro de aquellas mujeres podía reconocer algo de su propio futuro.

Este 17 de septiembre, el Circo Areíto cumplió 50 años. Nació en 1976 como Circo Camagüey y en los años ochenta, exactamente en 1987, asumió el nombre de Areíto, tomado de un espectáculo que alcanzó entonces particular éxito. Por eso, la celebración en el Teatro Avellaneda mezcló reconocimientos, memoria y una muestra del trabajo del elenco que hoy mantiene encendida la pista.

La gala comenzó con Más allá de la Carpa: Memorias del Circo en Camagüey, audiovisual realizado por encargo del Consejo Provincial de las Artes Escénicas para contribuir al registro de la memoria de artistas y agrupaciones. En él aparecen testimonios de las hermanas Emma y Andrea Mondeja, de Félix Pérez Sarduy y del actual director, Lisbey López «Poti».
Pero después de la pantalla llegaron ellos. Los muchachos. Y entonces la historia dejó de ser memoria para convertirse en presente.
Sentí no solo la continuidad generacional de Areíto, sino la paradoja hermosa de unos muchachos muy jóvenes que hacen cosas que parecen temerarias, pero que sobre el escenario revelan exactamente lo contrario: el riesgo convertido en disciplina.
¿Qué clase de muchacho decide dedicar horas de entrenamiento a conseguir que, durante unos minutos, el público crea que aquello es fácil?
No los quiero presentar como “niños prodigio” ni como jóvenes temerarios. Parecen estar jugando con el peligro, pero en realidad están sometidos a una enorme disciplina.
He aquí una especie de mapa íntimo de cómo se forma hoy un artista circense. Porque hay algo desconcertante en ver a un adolescente de 14 o 16 años ejecutar un número que exige fuerza, precisión y confianza en el cuerpo propio y en el del compañero. Más todavía cuando una recuerda que, unas horas antes, ese mismo joven pudo haber estado preocupado por una tarea de secundaria, un examen o una carrera universitaria.
Claudio Barrio tiene 14 años y cursa noveno grado en la secundaria Mártires de Camagüey. Comenzó a vincularse al circo en mayo de 2024. Su padre, Julio Barrio, integra el cuerpo técnico de Areíto.

Diego López tiene apenas 12 años y acaba de comenzar la secundaria en la escuela Ignacio Agramonte. Es hijo de Poti.
Anoy Javier tiene 16. Lleva cinco años trabajando la cuerda, ha hecho látigo y ahora quiere aprender la onda aérea. Es nieto del recordado Payaso Palillo y sobrino de Félix. Me contó algo que podría parecer pequeño, pero que en realidad dice mucho del momento que vive la agrupación: están cosiendo una nueva carpa. Será más grande, dice, y más linda, porque ya tienen lonas nuevas.
Mientras tanto, ellos entrenan para llenarla.

Nassiry Darias Machado lleva tres años practicando con el circo. Pasó el preuniversitario en el IPVCE Máximo Gómez Báez, “La Vocacional”, y cumple ahora el servicio militar antes de entrar a la Universidad para estudiar Ingeniería Química.
Alexna de la Caridad Benítez Velazco lleva cuatro años vinculada a Areíto. Estudió ballet en la Academia de las Artes Vicentina de la Torre y acaba de comenzar Arte Danzario en la Universidad de las Artes ISA.
Melissa cursa tercer año de Actuación en la Vicentina. Yarita estudia también Arte Danzario. Joel Cabrera estudia Medicina. Claudia viene del teatro.

Esa mezcla hace todavía más singular al elenco: el circo no les ha pedido que dejen de ser quienes son para convertirse en artistas. Han llegado desde caminos distintos y, mientras estudian otras profesiones o disciplinas, han encontrado aquí otra forma de expresarse.
Y hay una palabra que atraviesa todo lo que hacen: disciplina. Porque el espectador puede ver el vértigo, pero no siempre ve las horas que lo sostienen.
Puede ver a Nassiry y Alexna elevarse, girar, sostenerse; a Anoy caminar sobre la cuerda floja, mientras Yarita lo asiste; a Joel y Claudia suspenderse en una cinta aérea; a Migue y Melissa enfrentarse al pole y al cuadrante giratorio.

Puede admirar a Claudio y Diego con los malabares, al cuerpo de baile de Lianet Dance o esperar la entrada de Remolacha y Poti.

Lo que no ve son las veces anteriores. El movimiento que salió mal. El músculo que todavía no respondía. La caída que obligó a comenzar otra vez. La concentración antes de entrar a escena.
Por eso, aunque algunos de ellos sean muy jóvenes y lo que hagan parezca osado, sobre el escenario no hubo imprudencia. Hubo control. Hubo escucha. Hubo compañeros pendientes del compañero. Hubo cuerpos que sabían hasta dónde llegar.
El riesgo, en el circo, no puede ser un impulso. Tiene que ser un oficio.
Por eso conmueve tanto mirar a estos muchachos junto a quienes llevan décadas dentro de la carpa. Félix, multifacético y conocedor incluso del oficio de armarla, nació en un camión mientras sus padres viajaban de una provincia a otra del centro del país. Las hermanas Mondeja hicieron del cuerpo una herramienta de trabajo y de vida. Ellos, en cambio, todavía están descubriendo hasta dónde puede llevarlos el suyo.
Félix habla con sencillez, sin grandes discursos. Como si el circo le hubiera enseñado que para comunicarse no hacen falta demasiadas palabras. Basta con saber hacer.

La Dirección Provincial de Cultura entregó su máxima distinción, Espejo de paciencia, a la maga Leidy Morciego García, por sus 30 años de trayectoria artística, y a Liosvanis Morgado Racel, el conocido Payaso Remolacha. Artes Escénicas reconoció también a las hermanas Emma, Andrea y Margarita Mondeja y a Félix Pérez.
Hubo aplausos para los equipos técnicos y de producción de Areíto, del Teatro Avellaneda y del Consejo Provincial de las Artes Escénicas. En el público estuvieron, además, los directores de los circos de Ciego de Ávila y Granma.
Pero quizá la imagen que más permanezca sea aquella. Nassiry, después de rolar. Un beso. Una reverencia. Alexna después. Dos muchachos que todavía están aprendiendo el oficio inclinándose ante quienes ya lo hicieron antes.
Y si después de verlos queda la curiosidad por saber qué pueden hacer estos muchachos cuando la pista se enciende, habrá otras oportunidades para descubrirlo. El elenco regresará al escenario del Avellaneda este viernes, sábado y domingo, a las 3:00 de la tarde.
Entonces una comprende que los cincuenta años de Areíto no están solamente detrás de ellos. También están delante. En sus músculos jóvenes. En sus estudios. En sus caídas. En la disciplina con que vuelven a levantarse. En esa nueva carpa que están cosiendo, mientras ellos aprenden a sostener el circo que heredaron.
