CAMAGÜEY.- Viajar desde Ciego de Ávila hasta aquí puede convertirse en una prueba de paciencia, de voluntad y de fe. Pero llegó. Y con ella también llegaron 25 años de vida artística reunidos en Las cicatrices doradas, una exposición que permanecerá durante tres meses en la galería Amalia, del Fondo Cubano de Bienes Culturales.

Aunque ella misma sonríe al decir que, en realidad, deberían ser 44, porque “uno nace con ese don que comparte después como un alimento sagrado”.

 Su obra nace de un lugar profundamente íntimo. Jenny no habla de pintar o de exponer; habla de transmutar. De convertir las pruebas de la vida en aprendizaje, de hacer del arte una ofrenda para sí misma y para quienes se encuentran con sus piezas.

 “Estoy compartiendo parte de mi obra y parte de mi vida”, dice. Y esa frase resume la exposición mucho mejor que cualquier ficha técnica.

 Su trayectoria ha sido también un constante desplazamiento. Nació en La Habana, hizo de Camagüey su casa durante buena parte de su vida y hoy reside en Ciego de Ávila. Asume ese tránsito como una enseñanza. “Si no disfrutamos el trayecto, no estamos haciendo nada”, afirma. Para ella, cada viaje supone un sacrificio, pero también una entrega; una oportunidad para compartir, a través del arte, aquello que ha aprendido en el camino.

 Quizá por eso sus obras respiran una espiritualidad serena. No buscan imponer un significado, sino propiciar un encuentro. “Lo que trato de transmutar en la obra es ese aprendizaje, para que las personas cocreen con ella y puedan sentir también esa emoción”, explica.

La muestra reúne piezas realizadas en distintos momentos de su carrera y en diversas técnicas: sanguina, óleo sobre lienzo, fotografía intervenida, instalación y técnica mixta. Sin embargo, lejos de percibirse como un recorrido disperso, las obras dialogan entre sí desde una misma búsqueda interior.

Hubo dos piezas que me acompañaron de manera especial. La puerta que nadie puede cerrar, donde un autorretrato fotográfico es intervenido hasta convertirse en otra piel, invita a pensar en esas puertas interiores que solo una misma puede abrir. Y Vid (2008), una delicada sanguina en la que un vientre protege a un feto, me conmovió profundamente. Tal vez porque cada vez me siento más cercana a la manera en que Jenny representa la maternidad: lejos del lugar común, como un territorio sagrado, vulnerable y lleno de fuerza.

 Esa mirada atraviesa buena parte de la exposición. También están Lirio (2009), otra hermosa sanguina; Orden y caos; el políptico Habitaciones del alma (2013); Areté (2023), donde fotografía, lápiz, acrílico, pastel y collage construyen una imagen de múltiples capas; Éxodus; la instalación Magia de la obra viva, con una penca tejida que convierte un elemento cotidiano en símbolo; y el óleo Los almendros fieles. Son obras distintas en su factura, pero unidas por una misma sensibilidad: la de quien entiende el arte como una forma de reparación.

Pocas veces he encontrado una representación tan sensible de ese universo. Hay una ternura que no es ingenua; nace de las cicatrices. De ahí, quizás, el título de la exposición. Las heridas no desaparecen: se iluminan. Se vuelven oro. Dejan de ser únicamente la marca del dolor para convertirse en memoria, aprendizaje y belleza.