CAMAGÜEY.- En la galería de San Juan de Dios 11A el día transcurre con una calma casi monástica. Afuera, la piedra caliente; adentro, la sombra fresca y el canto de los gorriones. Los talleres se miran de frente y, después del almuerzo, los artistas cruzan la calle para una tertulia breve antes de que el reloj marque la una. Joel Jover recoge puntual; Magdiel se acerca cuando el trabajo afloja; Eduardo Rosales y Pepe entran y salen. No hay tirantez: hay camaradería.
En ese ambiente trabaja Celso Lázaro de Zayas Vázquez. Pinta, retrocede, vuelve a acercarse. La ciudad que aparece en sus lienzos no es luminosa ni postal: es una silueta oscura, texturada, casi de barro.
—Yo soy muy malo para las fechas —dice, y sonríe—. No sé cuántos años llevo en esto.
Pero recuerda que a los cinco años modeló una pieza de cerámica que ganó un premio en el Parque Lenin. Creció en Florida, entre yeso, cera, acrílicos y metales, en el laboratorio de prótesis dental donde trabajaba su padre.
—Con lo que sobraba yo hacía cosas. Me estás haciendo abrir un baúl que tenía cerrado.
La cerámica llegó primero de manera rústica: cavando un hueco en el patio para sacar barro. Después vendría la influencia de Oscar Lasseria y aquellos murales de aves emplumadas que lo deslumbraron. En Florida, junto a otros creadores, formó parte de un pequeño núcleo de ceramistas que trabajaban y compartían ideas en un municipio donde pocos imaginaban ese movimiento.

Siempre dibujó. Siempre pintó. Y cuando la cerámica no podía trabajarse, el lienzo se volvió refugio. De esa etapa nació una de sus figuras más recordadas: la “tilapia de potrero”, un ser mitológico con espinazo de pez y cabeza de vaca.
—Con esa serie estuve mucho tiempo. Llené aquello de símbolos.
Antes había aparecido el guajiro que se asomaba por la esquina del cuadro, repetido una y otra vez, testigo de las contradicciones cotidianas.
—La misma cara siempre. A todos nos enseñaron que aquí todo era muy bueno, y las caras no variaban.
Hace ocho años se mudó a Camagüey. Llegó por razones familiares y laborales. “Mi otro país hubiera sido La Habana”, confiesa, pero la vida lo trajo aquí. Y como todo recién llegado, se perdió en el trazado caprichoso de la ciudad.
—Si te da por cortar camino, te pierdes.
De ese extravío nació su primera exposición en la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey: Postales de Viajeros. No eran las postales habituales de patios interiores y tinajones bañados de luz. Eran ciudades oscuras.
—Desde que llegué empezaron los apagones. Yo no podía pintar una casa iluminada.
Recuerda una noche de luna llena en que vio la ciudad recortada en silueta. Sin cámara, pero con la imagen grabada. Desde entonces pinta sin luces, buscando el dibujo, con una textura que delata su origen de ceramista.
—Nunca me voy a apartar de eso.
En sus cuadros más recientes la ciudad se mezcla con el cuerpo. Puede ser cabello, puede ser vestido. Puede llenarse de cocuyos o de peces. En una de las series que hoy se exhibe en el Bodegón de San Cayetano, la ciudad contiene agua y peces, como si el mar que una vez bordeó la villa regresara por dentro.
—Camagüey es la ciudad que yo me inventé. Ninguna calle es exacta, pero es la ciudad.
Su vida también ha tenido capítulos lejos del caballete. En Florida dirigió brigadas de construcción cuando se revitalizó el cabaré Cielo Floridano.
Sin saber de construcción, reunió a los obreros y les dijo que el que supiera mandaba en su oficio. Soñó la galería del municipio en un plano dibujado por él mismo y defendió que primero había que arreglar el techo antes de poner el piso. Esa galería renovada nació de aquel dibujo que colgaba en su oficina.

Más tarde asumió responsabilidades en la Asociación Cubana de Artesanos Artistas y en el Consejo Provincial de las Artes Plásticas. Fueron años intensos.
—Perdí tiempo de creación, pero conocí a fondo a mis colegas.
Durante la pandemia gestionó ayudas para artistas vulnerables, promovió la compra de obras, impulsó documentales pagados como contratos de oralidad. Lo cuenta sin grandilocuencia, como parte de un deber natural.
En el taller, entre pintura y pintura, hay un ritual: el habano.
—No es esnobismo. Es cultura.
Aprendió a no aspirar el humo, a maridar el tabaco con bebidas, a disfrutar sabores. “El vaso para mí siempre va a estar medio lleno”, repite. El humo asciende lento, como la paciencia con que superpone capas de pintura.
En las paredes del espacio no solo cuelgan sus obras. También hay pequeños cuadros de gatos y negritos vernáculos de Ileana Sánchez, y dos piezas de cerámica suyas concebidas para sostener incienso o lámparas. Comparte el espacio, comparte la mirada.
Ahora sueña con una nueva serie: Camagüey es nombre de mujer. Ocho o nueve piezas en cerámica, otras tantas en pintura.
—La voy a hacer. No sé dónde, pero la voy a hacer.
Habla como pinta: directo, sin adornos innecesarios. Floridano orgulloso, guajiro sin palabras alambicadas, artista que encontró en la noche de la ciudad una manera de nombrarla. Y mientras cae la tarde en San Juan de Dios, se despide del lienzo con el abur de hasta mañana. Afuera, los gorriones. Adentro, la ciudad a media luz.
