CAMAGÜEY.- Llovió mucho, todo el día. En los ranchones de El Emperador, en el Casino Campestre, entre la rusticidad de aquellos espacios y el agua que caía sin tregua, transcurrió el Encuentro de Debate Provincial de Literatura para Adultos.
Dispersos bajo los techos que ofrecían resguardo, los talleristas compartían historias, preguntas, observaciones y ese ejercicio de aprender a mirar un texto con los ojos propios y los ajenos.
Había escuchado en la conferencia de prensa que se recibieron cien obras, pero poco sabía de ese ejercicio en el que escribir no termina al poner el punto final, sino que continúa cuando el autor lee, escucha a los demás y se expone a sus valoraciones.
Llegué con más curiosidad que certezas. Nunca me había asomado a un taller literario y quise saber qué mueve a alguien a contar una historia, qué experiencias o sospechas habitan detrás de sus personajes.
Desde el jurado de Narrativa, junto a Yoandra Santana e Idalis Guevara, disfruté la oportunidad de escuchar y preguntar. Los relatos abordaban asuntos humanos, hondos, de esos que nos devuelven algo de nosotros mismos.
Para escribir no hace falta una carrera de Filología. Entre quienes compartieron sus textos había un licenciado en Cultura Física, un ingeniero químico, una abogada, una instructora de teatro, jóvenes de preuniversitario, una estudiante de Medicina y otra de Contabilidad y Finanzas.
Desde los 17 años hasta más de ochenta, desde distintos municipios, la escritura los reunía en un mismo espacio. La vida también enseña a contarla.
Aunque solo pudieron asistir talleristas de Florida, Sibanicú, Carlos Manuel de Céspedes, Jimaguayú y Camagüey, esa diversidad ya hablaba de cuánto puede reunir la literatura.
Y aprendí de sus maneras de debatir. Porque señalar una debilidad, argumentar una opinión o disentir exige conocimientos, pero también sensibilidad y ética. La verdad tiene sus maneras de llegar, y quien enjuicia una obra necesita aprender a mirarse a sí mismo.
En un cordel, unas hojas tendidas guardaban consejos para quienes escriben: «Escribe sobre lo que conoces», «Inspírate en la vida», «Confía en tu intuición», «Busca tu manera de decir», «Sé disciplinado», «Trabaja duro»… Los fotografié para llevármelos conmigo.
En la universidad recibí herramientas para la escritura, pero confieso que el oficio periodístico no suele dejarme mucho tiempo para el reposo. Pocas veces puedo volver una y otra vez sobre las palabras, tachar, mover una línea, dejar que una historia repose antes de darla por terminada.
El Periodismo que me ha tocado ejercer no transcurre siempre ante un escritorio tranquilo, convertido en laboratorio de historias. La realidad apremia, pide ser contada mientras sucede, y una aprende a escribir al ritmo de esa urgencia. De ahí también mis errores, esos que me reprocho después de publicar.
Pero ver a los talleristas regresar sobre sus textos, escuchar cómo los defienden y cómo reciben las observaciones me hizo pensar en mis propias premuras. Quizá también necesite, de vez en cuando, detenerme un poco más; concederle a una palabra la oportunidad de ser otra, releer sin la urgencia de la próxima historia. No para renunciar a la inmediatez del Periodismo, sino para encontrar, incluso dentro de ella, un espacio para la paciencia.
Me fui agradecida con los talleristas, premiados y participantes; con sus asesores y con quienes, junto a los metodólogos de Literatura Juan Miguel Castillo y Odelaisy García, hicieron posible el encuentro, tan bien hilvanado desde sus palabras iniciales hasta las finales, con Virgilio Piñera como compañía.
A veces una llega a un sitio creyendo que va a evaluar historias y termina revisando también su propia manera de escribir.
Afuera seguía lloviendo. Bajo los ranchones del Casino Campestre, la literatura había encontrado su cauce y yo me llevaba una pregunta para el camino: ¿cuánto podría ganar una historia si, además de contarla a tiempo, aprendiera a concederle un poco más de tiempo?
