CAMAGÜEY.- La sala de una casa en la calle Cristo terminó convertida en escenario. La iluminación intentaba recortar la oscuridad para crear atmósferas; el público respiraba prácticamente dentro de las escenas; el vestuario y la ambientación buscaban dialogar con la época y el universo emocional de autores como Tennessee Williams, Arthur Miller y Eugene O’Neill.
En un espacio pequeño, con casi cincuenta personas compartiendo el calor, el silencio y la tensión dramática, ocurrió algo esencial: el teatro siguió vivo.
Y quizá ahí estuvo también una de las mayores lecciones de la tarde. El teatro psicológico no depende únicamente de grandes recursos materiales, sino de la capacidad de construir verdad humana. De escuchar la respiración del otro. De sostener silencios. De habitar frustraciones, deseos y conflictos interiores. Todo eso estaba allí.
En tiempos donde sostener la enseñanza artística en Cuba parece una hazaña diaria, emociona encontrar experiencias como la vivida ayer con los estudiantes de tercer año de Actuación de la Academia de las Artes Vicentina de la Torre, en Camagüey.
El ejercicio final reunió escenas de grandes obras del teatro psicológico norteamericano: Nuestro pueblo, Zoológico de cristal, Deseo bajo los olmos, La muerte de un viajante y Viaje de un largo día hacia la noche. Pero más allá de los textos y personajes, lo verdaderamente conmovedor fue el contexto humano que hizo posible esta presentación.
Ha sido un curso difícil. Muchos estudiantes tuvieron que regresar a sus municipios por las complejidades con la beca y las condiciones materiales. Enfermedades como la hepatitis también han afectado fuertemente la asistencia y la continuidad del proceso docente. Aun así, el profesor Leonardo Leyva decidió no renunciar al trabajo.
Una de las estudiantes, todavía recuperándose de problemas de salud y sin poder reincorporarse completamente, recibió en su propia casa a compañeros, profesor y espectadores para poder vencer el ejercicio. La sala de la vivienda se convirtió entonces en espacio teatral alternativo. Un padre aportó un ecoflow para asegurar iluminación y algunos ventiladores. Casi cincuenta personas compartieron el pequeño espacio: familiares, amigos, estudiantes, profesores y vecinos.
El propio profesor comentó antes de comenzar que hubo contenidos del programa que no pudieron impartirse como debían —como el trabajo del silencio orgánico— debido a las circunstancias del año. Y sin embargo, lo conseguido tiene enorme valor: jóvenes actores defendiendo personajes complejos, sosteniendo escenas difíciles y manteniendo vivo el teatro desde la precariedad, el afecto y la voluntad colectiva.
Las funciones continúan hasta el domingo, a las 5:00 p.m., en Cristo 183, entre Santa Catalina y Bembeta, Camagüey.
Vale la pena asistir. No solo por las escenas. También por lo que representan.
