Entré al ensayo de El peso de una isla tres días antes del estreno. El Teatro Avellaneda estaba sin electricidad. La escena se sostenía apenas con la luz natural que entraba por un lateral y con algunas linternas dispersas que recortaban los cuerpos en movimiento. No había diseño de luces —aunque el de Freddys Núñez Estenoz ya existía en papel—, pero había algo más importante: la esencia desnuda del teatro, esa zona donde el gesto, la palabra y la respiración son suficientes.