CAMAGÜEY.- Hice algo que llevaba tiempo sin hacer: sentarme en el parque Agramonte, una tarde cualquiera. Tenía unos minutos libres y decidí esperar allí. Pasaban de las cuatro y veinte —esa hora clásica en que los niños salen de la escuela— y el parque estaba lleno. Demasiado lleno.

Había escolares de primaria, adolescentes de secundaria, jovencitos de preuniversitario. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Lo que me estremeció fue descubrir que el corazón del parque se había convertido en una pista improvisada: patines, patinetas, bicicletas, ruedas por todas partes.

Antes, los muchachos se quedaban en la calle lateral o en el borde, cerca de la iglesia. Nunca entraban al centro. Pero aquella tarde no había fronteras. Todo era asfalto simbólico. El parque parecía una rotonda sin semáforo.

Una madre caminaba con su niña de unos dos años. La pequeña daba esos pasos torpes, preciosos, inseguros, como quien acaba de descubrir el mundo. Yo tenía los pelos de punta: patinadores pasaban a centímetros, bicicletas zigzagueaban, muchachos se lanzaban sin mirar. Pensé en cuando mi hija era pequeña y veníamos a esa misma hora. Hoy, para los padres, el parque es una prueba de resistencia.

Conté trece bicicletas concentradas en un sitio. Pero no era un estacionamiento: llegaban pedaleando hasta allí, sorteando niños, patines, coches. El suelo de granito, los bancos, las jardineras, todo parecía territorio libre de normas. Y eso también duele, porque ese piso ha costado años y recursos mantenerlo. Porque el espacio público también es memoria, y la memoria se cuida.

Sé que existe un proyecto de pista para patinadores, presentado por un joven arquitecto de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey. Y tiene toda la razón: si no hay dónde patinar, se inventa el sitio. Pero el problema ya no es solo las pequeñas explanadas del pre del Casino o del parque Martí. Ahora es el parque Agramonte, su centro, su símbolo.

Lo más duro fue verlos saltar a la jardinera que rodea el pedestal de la estatua ecuestre de Ignacio Agramonte. Treparse. Sentarse allí a conversar, como si nada. Tres adolescentes junto a la figura que representa la Patria. No por maldad, sino por costumbre. Por no saber. Por no haber aprendido que no todo lo que puede usarse, debe usarse.

Ese monumento no es solo una escultura: fue levantado gracias a una colecta popular, al aporte humilde de muchas personas que, sin abundancia, entregaron algo para que Camagüey tuviera allí a su héroe. Cada piedra, cada centímetro de bronce, guarda la voluntad de un pueblo que creyó en la memoria como forma de futuro. Por eso duele más ver ese pedestal convertido en asiento casual, en plataforma de juego, en obstáculo urbano. No es solo un irrespeto a la estatua: es una grieta en el vínculo entre la ciudad y su historia.

No es un reclamo contra los jóvenes. Es una alarma sobre nosotros, los adultos, las instituciones, la ciudad que no enseña a respetar sus propios espacios. Porque cuando el ruido y las ruedas lo ocupan todo, alguien pierde el derecho a sentarse en silencio, a conversar, a mirar la tarde.

Y entonces el parque deja de ser parque. Se vuelve pista. Y la Patria, un obstáculo más.

En Cuba, los símbolos han sido durante décadas columnas invisibles: la estatua, la plaza, el nombre del parque, el busto escolar. Sobre ellos se construyó una idea de nación y de pertenencia. Pero los símbolos solo viven mientras alguien los reconoce.

Para muchos jóvenes de hoy, criados entre urgencias, pantallas y carencias, esas figuras pueden haber perdido su relato, su emoción, su sentido. No porque no respeten, sino porque nadie se los ha vuelto a contar. En otros países, tocar o escalar un monumento histórico puede implicar sanciones severas, multas o arrestos; no por castigo, sino porque se entiende que el patrimonio no es decoración, sino un pacto con la memoria colectiva. Cuando ese pacto se rompe, no cae una estatua: se resquebraja una parte de la identidad común.

Tal vez no se trate solo de prohibir, sino de enseñar a mirar. De devolverle sentido a los espacios comunes, de recordar que el parque no es un vacío sin dueño, sino un sitio donde caben todas las edades si hay respeto. Camagüey no necesita menos jóvenes en sus parques, sino más conciencia en sus pasos. Porque cuando aprendemos a cuidar lo que es de todos, también aprendemos —sin darnos cuenta— a cuidarnos entre nosotros.