CAMAGÜEY.- En el Parque Agramonte, hay una mujer que se distingue entre el grupo de pulóver blanco. Desde allí, frente a la Casa de la Diversidad Cultural, guía los movimientos lentos del Tai Chi. Los brazos suben, el aire entra, el cuerpo encuentra el equilibrio. Ella habla de la respiración, del yin y el yang, de aprender a mirar la luz incluso cuando la vida insiste en mostrar la sombra.
Los martes y los jueves, sin embargo, esa misma mujer cruza el parque apenas termina la clase. Atraviesa la calle, cambia el ritmo pausado del Tai Chi por las agujas y los ovillos de hilo. Entonces deja de ser la instructora del grupo de Wushu y Qi Goong de Salud para convertirse en la profesora Evelin Méndez, una de las almas del taller de crochet Las Hormigas Locas, donde niñas y adolescentes aprenden un oficio antiguo que, contra todos los pronósticos, sigue despertando entusiasmo.
Ella sonríe cuando habla del proyecto. Dice que nunca imaginaron que llegaría tan lejos.
—El proyecto se ha convertido en algo muy bonito, nada de lo que habíamos soñado.
Reconoce que, en tiempos de pantallas y teléfonos, el crochet podría parecer una práctica anacrónica. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario: el grupo crece, ya existe un segundo nivel y comienzan a pensar en un tercero.
—Esto es adictivo. Quien toca un crochet con un hilito, ahí se queda. Lo confirma cada semana cuando llegan niñas que aprendieron los primeros puntos viendo tutoriales en internet. Ella no desprecia esa puerta de entrada; al contrario, agradece que exista. Pero también sabe que hay conocimientos imposibles de transmitir desde una pantalla.
“Siempre hay los tips que vienen de la tradición y que nunca entran en los tutoriales”, explica. Son esos pequeños secretos que pasan de unas manos a otras. En el taller, la enseñanza ocurre despacio, punto por punto, hasta que cada alumna pueda crear sus propios diseños.
Quizá porque Evelin también heredó un conocimiento que no estaba escrito. Creció en Ortigal, en el municipio de Florida, rodeada de mujeres que hacían de las manos una forma de crear belleza. Su abuela materna tejía con hilo de coser y una agujeta tan fina que todavía conserva. Con ella hacía delicados encajes para las mangas y los cuellos de las blusas. Su madre también tejía, bordaba y cosía. Hubo tiempos difíciles en que escaseaban las medias y las prendas de vestir, y entonces las hacía ella misma para su hija.
Aquella niña de campo estudió en una pequeña escuela multigrado hasta cuarto grado. Después, como tantos niños de las zonas rurales cubanas, tuvo que ir becada. Tenía apenas diez años cuando salió de casa. Permaneció once años interna, hasta graduarse en la Escuela Formadora de Maestros y continuar estudios pedagógicos.
Pero la vida tenía otros planes. Mientras estudiaba, a su madre le diagnosticaron cáncer. Comenzó entonces una batalla que duró ocho años. Después llegó el tiempo de cuidar a su padre. Evelin había nacido cuando su madre ya atravesaba la menopausia; fue un embarazo inesperado, confundido al principio con un fibroma. Ella suele bromear diciendo que terminó siendo "ese fibroma" que cuidó a sus padres hasta el final.
Quería ser maestra. Apenas pudo ejercer. La enfermedad convirtió su juventud en una larga escuela de cuidados.
Sin embargo, cuando habla de aquellos años, no lo hace desde la amargura. Recuerda una infancia extraordinariamente tranquila, una casa donde convivían sus padres y sus abuelos paternos. Nunca escuchó un grito. Nunca vio una discusión. Sus padres y sus abuelos se trataban de usted. Su abuelo padecía demencia y toda la familia lo atendía con una paciencia infinita.
Ese fue el idioma afectivo en el que creció. Su voz conserva todavía una dulzura poco común. No levanta el tono para enseñar. Corrige sin humillar. Explica sin impaciencia. Quien la escucha tiene la sensación de que la ternura también puede aprenderse.
Cuando su padre murió, en 2017, sintió que el mundo perdía el centro. Tenía 98 años. Ella sabía que la muerte era inevitable. Había podido regalarle una vejez digna, llena de cuidados y afectos, devolviéndole el amor recibido durante toda una vida. Pero, aun así, cuando quedó sola, necesitó encontrar un lugar donde reconstruirse.
Fue entonces cuando llegó a la Asociación Cubana de Artesanos Artistas. Maribel, una de las maestras, le dedicaba apenas quince minutos de clase. El resto dependía de ella. Practicar, repetir, equivocarse y, sobre todo, aprender a desbaratar.

“Si no estaba perfecto, no servía”, recuerda.
Aquella lección terminó convirtiéndose en una filosofía de vida. Aprendió también junto a otra tejedora, Tania Hernández. Cuando olvidaba un punto al llegar a casa, iba hasta donde ella. Pasaban horas enteras entre hilos y explicaciones.
La enseñanza más importante no era cómo hacer un punto. Era perderle el miedo a deshacer.
“Cuando sientes el placer de que desbaraté porque lo voy a hacer mejor, el trabajo sale. Si te da pereza desbaratar y sigues trabajando sobre algo que no quedó bien, termina siendo un churro que no sirve para nada.”
No habla solo del crochet. Habla de la vida. También el Tai Chi llegó como consecuencia del dolor.
Después de tantos años movilizando a sus padres enfermos, desarrolló dos hernias, una lumbar y otra cervical. La operación fue inevitable. Llegó a perder sensibilidad en los dedos de los pies e incluso sufrió trastornos que afectaban funciones básicas de su cuerpo.
En La Habana le indicaron analgésicos, pero ella no quería vivir dormida. Entonces apareció el Tai Chi.
Lo asumió con la misma disciplina con la que había enfrentado cada etapa de su vida. Tuvo la fortuna de encontrar a un maestro, Yosmel Murillo, cuya técnica la impresionó desde la primera clase. Practicaba en el parque y también en casa, repitiendo los movimientos una y otra vez con ayuda de unos discos que él le facilitó.
Poco a poco comenzó a recuperar la movilidad, el equilibrio y la confianza en su propio cuerpo.
Hoy ya no enseña únicamente porque domina una técnica. Enseña porque sabe lo que significa volver a sentirse bien.
Cada mañana llega desde Garrido hasta el Parque Agramonte para compartir con otros adultos mayores aquello que un día le devolvió la salud.
“De lunes a jueves no vengo ya por mí, sino por poder transmitir lo que yo logré.”
Esa frase podría resumir también todo lo que hace en el taller de crochet. Porque, en el fondo, Evelin no enseña solamente a tejer. Enseña a respirar cuando la tristeza aprieta. A empezar de nuevo cuando algo sale mal. A no tener miedo de desbaratar para volver a construir. A descubrir que las manos también pueden sanar aquello que parecía roto.
Por eso las niñas siguen llegando. Porque reconocen, aunque todavía no sepan nombrarlo, que en esas clases se aprende a vivir con la misma delicadeza con que ella fue criada: convencida de que el amor, cuando se ofrece con paciencia y sin ruido, siempre termina encontrando el camino para pasar de unas manos a otras.
