Un diente de león nunca sabe dónde terminarán sus semillas.

Nadie lo sabe. El viento decide. Una semilla cae a unos metros de donde nació; otra atraviesa ciudades, fronteras, mares. Algunas encuentran tierra fértil. Otras sobreviven suspendidas en el aire mucho más tiempo del que parecía posible.

Quizá por eso siempre he pensado que el símbolo de Teatro del Viento es también una manera de contar su historia.

Recuerdo haber escrito sobre el grupo por primera vez a propósito de Mala cosecha. Desde entonces he visto pasar obras, estrenos, actores, generaciones. He visto cómo algunas de esas semillas emprendían viaje hacia otros países, cómo otras permanecían aquí sosteniendo el escenario, y cómo algunas, como Ana, terminaron habitando otro territorio: el de la memoria.

Sin embargo, hay algo que nunca se dispersó.

Porque Teatro del Viento no ha sido solamente una compañía teatral. Ha sido una forma de estar juntos. Una manera de entender que el teatro puede existir incluso cuando faltan las certezas, incluso cuando los calendarios se interrumpen, incluso cuando los anuncios terminan convertidos en suspensiones.

Hay temporadas en que parece que el grupo desaparece de los escenarios. Pero basta mirar con atención para descubrir que sigue allí, reorganizándose, formando actores, imaginando la próxima obra, defendiendo la necesidad del arte contra toda lógica práctica. Mientras Freddys Núñez Estenoz siga empujando esa piedra montaña arriba, una sabe que existe Teatro del Viento.

Aunque cambien los rostros.

Aunque algunos estén lejos.

Aunque otros ya no puedan volver.

"Somos el viento y estamos en todas partes".

A los 27 años de fundado el grupo, la frase suena menos a eslogan que a constatación. Están en Camagüey, sí, pero también en todos los lugares adonde llegaron sus actores, sus espectadores y sus afectos. Están en quienes los recuerdan. Están en quienes los esperan.

Como las semillas del diente de león, hace tiempo que dejaron de pertenecer a un solo sitio.