CAMAGÜEY.- En la Casa de la Diversidad Cultural Camagüeyana algo está ocurriendo. No es estruendoso ni masivo. Es, más bien, un movimiento sutil, casi íntimo. Pero persistente.
El pasado Día Mundial del Arte lo confirmó. No hubo multitudes, pero sí un pequeño grupo de personas que bastó para activar lo esencial: la escucha.
En el centro estuvo Alejandro Jesús González. Tiene 24 años, es artesano y desde hace apenas dos meses es el especialista principal de la institución, mientras concluye sus estudios en Gestión del Patrimonio. Su historia no comienza en academias, sino en la inquietud: un niño que encontraba calma modelando plastilina durante horas, que luego descubrió el barro en un taller de barrio y terminó formándose entre la práctica colectiva, la curiosidad y el aprendizaje de técnicas.
Hubo pausas —como él mismo reconoce—, momentos en que el arte quedó a un lado. Pero el regreso fue más consciente. Más exigente. De hacer “lo que saliera” pasó a entender proporciones, procesos, sentido. Hoy su obra se centra en la figura humana en barro, muchas veces vinculada a lo sacramental, y encuentra en los belenes una síntesis mayor: arquitectura, cuerpo, animales y cultura. No cualquier cultura, sino la suya: llevar el nacimiento a Camagüey, “camagüeyanizarlo”.

Ahora, sin embargo, el desafío es otro. Dirigir la Casa implica estudio constante, comprensión del espacio, gestión, decisiones. “Es un reto”, admite. La creación ha tenido que ceder terreno mientras logra dominar esa nueva dinámica. Pero no hay ruptura, sino espera: la intención de retomar, de integrar, de abrir también talleres que conecten ese oficio con nuevas generaciones.
A su alrededor, el pasado de la institución se hace presente. Quienes la vivieron durante años recuerdan una Casa activa, articuladora, donde distintas comunidades culturales encontraban un espacio propio. No solo como museo, sino como lugar de intercambio vivo. Ese referente no pesa como nostalgia, sino como horizonte posible. Y también como responsabilidad.
Hoy, incluso, aún hay quienes preguntan si la Casa sigue existiendo. Por eso, lo que ocurre ahora, aunque pequeño, importa.
En apenas dos meses, ya se percibe una voluntad de reactivar, de recuperar lo que funcionó —como la peña del grupo vocal Desandann— y de generar nuevos espacios. Todo ello con el acompañamiento de especialistas y trabajadores que, aun desde otras responsabilidades, siguen sintiendo la institución como propia.
También desde lo cotidiano se construye ese impulso. Quienes han trabajado con Alejandro reconocen en él no solo al artista, sino al formador: alguien capaz de enseñar desde la práctica, de implicar a niños y familias, de traducir el oficio en experiencia compartida.
Ese espíritu se hizo visible en la primera edición de la peña infantil Herencia que canta y baila. La tarde reunió al Coro Andarín y al proyecto inclusivo Construyendo sueños. Pero más allá del programa, hubo un momento que resumió el sentido de todo: ante la ausencia de la pareja habitual de Daniel —un niño con síndrome de Down y talento para la danza—, la profesora Melissa Álvarez asumió el lugar sin vacilar. Bailaron. Y en ese gesto hubo más que solución: hubo compromiso, sensibilidad, inclusión real.

El cierre fue una celebración compartida. Voces y cuerpos unidos en Los reyes del son. No fue un espectáculo perfecto. Fue algo más importante: fue verdadero.
La Casa —con sus salas dedicadas a la religión, la arquitectura, la danza y la música, y los oficios— sigue abierta, discreta pero viva. De 8:30 a.m. a 3:00 p.m., y también los fines de semana cuando hay actividades. Entrada libre.
Alejandro lo sabe: el reto es grande. Y lo asume con conciencia y gratitud. Reconoce la confianza depositada en él por José Rodríguez Barreras, al frente de la institución que cobija este espacio, la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey. Pero también entiende que el camino no es individual.
Porque, al final, los lugares culturales no se sostienen solo con estructuras, sino con personas. Y en esta Casa, poco a poco, vuelven a encontrarse.
