CAMAGÜEY.- No fue una Semana de la Cultura para la multitud ni para el estruendo. Al menos, no para mí. Las fotos hablan desde los márgenes, desde los pocos espacios donde todavía se apuesta por sostener lo que somos, aun cuando el frío —real y simbólico— parezca imponerse.
Camagüey estuvo, otra vez, “vestida de invierno”. Y no solo por las temperaturas inusuales, sino por esa sensación de contención, de ciudad que resiste sin alardes, casi en voz baja, aferrada a lo esencial. A ello se sumaron las lluvias que antecedieron al segundo frente frío, que provocaron la suspensión de las actividades el día 5 y la posposición, para después de la Semana, de algunos espacios como el Encuentro de Investigadores y el encuentro campesino previsto en el Casino Campestre. El clima también marcó el ritmo.
Las imágenes que quedan no pretenden mostrarlo todo. Son apenas señales. En el Simposio Desafíos en el manejo y gestión de ciudades, el historiador Ricardo Muñoz recibió el Premio Alarife. Es el reconocimiento a una manera de pensar Camagüey como organismo vivo, como herencia y como proyecto.
El simposio no fue solo un espacio académico; fue, sobre todo, una afirmación: todavía creemos que la ciudad se puede cuidar, pensar, soñar. Que no basta con conservar muros, sino que hay que sostener la memoria y el paisaje humano que los habita.
La feria de artesanía FENAR aparece en contraste: más bulliciosa, más fragmentada, más tensa. En ella conviven el deseo de crear con las dificultades de un país que empuja a sobrevivir antes que a imaginar.
Sin embargo, en medio del ruido, persiste una esperanza obstinada: la de encontrarnos, intercambiar, sostener el gesto creativo, aunque sea precario. FENAR no es solo mercado: es síntoma de una ciudad que se niega a quedar en silencio.
La entrega de la Distinción 512 es, quizá, uno de los actos más íntimos de esta semana. No premia el espectáculo, sino el compromiso silencioso. Es Camagüey mirándose a sí misma, reconociendo a quienes han trabajado por ella sin estridencias.
En tiempos donde el reconocimiento escasea, este gesto adquiere un valor mayor: afirmar que todavía hay referentes, todavía hay sentido en agradecer.
En la Biblioteca Provincial, el Encuentro de Escritores Camagüeyanos fue una pausa necesaria. La presencia del historiador Félix Julio Alfonso, la delicadeza del programa, los recordatorios de figuras esenciales de la literatura cubana y de la historia del país —como Fidel Castro, en el año de su centenario— crearon un espacio de conversación serena, respetuosa, profundamente humana.
Allí no se habló desde la grandilocuencia, sino desde la memoria viva. Fue una reunión donde la cultura se sostuvo como diálogo, no como consigna.
El Salón de la Ciudad, impulsado por la galería Alejo Carpentier, fue otra de las señales discretas pero firmes de esta semana. Desde las artes plásticas, propuso una mirada contemporánea a Camagüey, no como postal detenida, sino como espacio en tensión, en transformación. Las obras no solo dialogaron con la tradición, sino que la interpelaron, recordándonos que la ciudad también se piensa desde la imagen, desde el gesto creativo que cuestiona, revela y reescribe lo que creemos conocer.
Esta Semana de la Cultura Camagüeyana no se mide por la cantidad de eventos, sino por la persistencia de su espíritu. No todo se vio, no todo se pudo abarcar. Pero lo esencial quedó: el empeño por sostener la ciudad como espacio simbólico, como casa común.
En tiempos fríos, mantener la cultura es un acto de fe. No de nostalgia, sino de responsabilidad. Porque Camagüey no es solo lo que fue, ni siquiera lo que es: es lo que todavía insistimos en cuidar.
