CAMAGÜEY.- Durante tres días, el Teatro Avellaneda se llenó de ritmos, colores y cuerpos en movimiento. Hubo que mirar también hacia los pasillos, las puertas, los espacios entre las butacas: los bailarines del Conjunto Folklórico Kokoyé, de Santiago de Cuba, entraban y salían por donde estaba el público, atravesaban la sala, aparecían cerca, rompían la distancia habitual entre la escena y quienes la contemplaban. La danza no ocurría solamente sobre el escenario. Venía a nuestro encuentro.

La jornada folclórica reunió por primera vez en Camagüey a esta compañía santiaguera, que celebra 38 años de fundada, y al Ballet Folklórico de Camagüey, que llega a sus 35. Tres días para acercarnos a dos maneras de entender y llevar a escena las tradiciones, dos cadencias que no necesitan confundirse para reconocerse en un mismo universo cultural.

Kokoyé tiene un sentido del espectáculo que atrapa desde el primer momento. Las acciones se suceden casi sin descanso, las transiciones apenas conceden tiempo para recuperar el aliento y los cuerpos parecen encontrar en el movimiento una energía que se renueva a cada instante. En obras como Oyá y El poder de mi vodú, la fuerza expresiva, el color y el disfrute de bailar establecen una comunicación directa con el público. Hay algo contagioso en esos intérpretes que parecen gozar tanto lo que hacen como quienes los miran.

La música tampoco permanece en un segundo plano. En el concierto de cierre, de una hora y media, los percusionistas ofrecieron un espectáculo dentro del espectáculo. Se desplazaban entre los tambores batá, las tumbadoras y otros instrumentos, bailaban mientras tocaban, convertían cada golpe en movimiento y cada desplazamiento en una prolongación del ritmo. No se limitaban a acompañar la danza: también la habitaban, reclamaban su espacio y hacían de la sonoridad una presencia escénica.

El Ballet Folklórico de Camagüey habla desde otra cadencia. Su manera de llevar el folclor a escena tiene una estilización propia, una relación distinta con el movimiento y la expresividad, acaso también vinculada con la geografía y la sensibilidad de esta región. En Changó, Abakuá y otras propuestas que incorporan el guaguancó, la rumba y la conga, la agrupación vuelve sobre las raíces africanas de la cultura cubana desde un lenguaje que ha ido construyendo su propia identidad. Frente a la intensidad y el despliegue de Kokoyé, su propuesta permite apreciar que las tradiciones compartidas admiten distintas maneras de ser interpretadas y recreadas.

La última jornada tuvo también el significado de una celebración. La Dirección Provincial de Cultura y los Consejos Provinciales de las Artes Escénicas entregaron reconocimientos a ambas compañías por sus años de trabajo y su contribución a la preservación de las tradiciones danzarias, así como a integrantes de sus elencos por la labor realizada. Entre esos momentos hubo uno particularmente emotivo: el reconocimiento a una bailarina de Kokoyé que se despedía esa tarde del escenario. En ese gesto cabían años de aprendizaje, ensayos, viajes y funciones; una vida vinculada a la danza que encontraba allí un cierre, mientras la compañía continuaba su camino con otros cuerpos y otras generaciones.

Esa imagen ayuda a comprender lo que permanece después de una jornada como esta. Las tradiciones no son piezas detenidas en el tiempo. Necesitan intérpretes que las aprendan y las renueven, músicos que sostengan sus sonoridades, maestros que transmitan sus saberes y artistas capaces de encontrar nuevas maneras de decir sin perder el vínculo con aquello que los precede.

Camagüey recibió a Kokoyé por primera vez y pudo acercarse, a través de la danza y la música, a una parte entrañable de Santiago de Cuba. También pudo reconocerse en esas raíces que a veces parecen venir de lejos, aunque forman parte de nuestra propia historia.

Cuando se apagaron las luces del Avellaneda, quedaron los aplausos, el recuerdo de los bailarines entre las butacas, los percusionistas haciendo del ritmo una fiesta y la impresión de haber asistido a algo más que una sucesión de presentaciones. Durante tres días, dos compañías, con sus distintas cadencias y maneras de hacer espectáculo, nos recordaron que la memoria también se baila, que no permanece quieta y que necesita de cada generación para seguir encontrando su lugar en la escena.