CAMAGÜEY.- Por momentos, parecía que la entrada de la Biblioteca Provincial Julio Antonio Mella no estaba en Camagüey sino en un cruce de siglos: Grecia antigua, la Cuba del XIX, la Europa de Dickens, la Argentina de Eva Perón, la Colombia de Gaitán. Félix Julio Alfonso López hablaba y el tiempo se abría como un abanico.
No es camagüeyano. Nació en Santa Clara en 1972, vive en La Habana desde hace años y es Doctor en Ciencias Históricas por la Universidad de La Habana. Pero ayer, en el Encuentro de Escritores Camagüeyanos, quedó claro que hay pertenencias que no las dicta el acta de nacimiento, sino la mirada. Camagüey también es suyo.
Félix Julio no llegó como invitado de compromiso. Llegó como quien vuelve. Ya en 2023 había dedicado a esta ciudad su libro El puñal en el pecho. Imaginarios políticos y rebeldía anticolonial en Puerto Príncipe (1848-1853), Premio de la Crítica Histórica. Ahora trae El banquete de las musas, solo en formato digital, y dejó copia para todos en la Biblioteca, como quien deja una ofrenda.
Dijo que este es su segundo libro camagüeyano. No por el tema, sino por la cubierta: una obra del pintor Joel Besmar. Lo descubrió el año pasado, caminando por la calle Maceo, donde una galería al aire libre exhibe reproducciones. Entre tantas, lo detuvieron unos libros viejos en anaqueles, en “situaciones límite”. Preguntó por el autor. Lo encontró. Y Besmar cedió una pieza para la portada. “Esa obra convierte al libro, como objeto físico, en algo verdaderamente bello”, enfatizó.
No es un detalle menor. En su perfil en redes, Félix Julio se define como “apasionado de la Historia y la Belleza”. Esa es la clave de todo lo que hace.
El banquete de las musas (Arte y Literatura, 2025) nace de una obsesión antigua: cómo escriben los historiadores la Historia. Para explicarlo, regresó al origen: Heródoto, Tucídides, Aristóteles, Homero. Recordó que ya desde la Grecia clásica se discute si la Historia es ciencia, narración o poesía. Y entonces trajo a escena a Hayden White, el crítico norteamericano que en los años setenta sacudió a los historiadores al afirmar que la Historia y la literatura comparten la misma materia prima: el lenguaje.
“Los historiadores somos un tipo particular de narradores —afirmó—. Y nuestras narraciones cumplen con muchos requisitos de la ficción, aunque estén obligadas a ser verosímiles”. Tropos, metáforas, estructuras narrativas. Todo está allí.
Por esa “puerta falsa” llega a la novela histórica. No como un género menor, sino como un territorio donde la Historia se desestabiliza y se vuelve a contar. En su libro dialogan Dickens, Orwell, Tomás Eloy Martínez, Juan Gabriel Vásquez. Cadáveres que no descansan: Eva Perón, Jorge Eliécer Gaitán. Cuerpos que, incluso después de muertos, siguen inquietando a los vivos. “Realidad y ficción, dijo, se buscan con desesperación”.
Félix Julio habló sin solemnidad, pero con una honestidad feroz: “La objetividad pura en la Historia es imposible”.
El pasado no se repite. Está asediado por el presente. Cada historiador llega con su sensibilidad, su ideología, su caja de herramientas. De un mismo hecho “puro” nacen versiones “impuras”. Todo termina en la página en blanco: “Los historiadores deberían sentir el mismo terror que siente un novelista ante la hoja vacía”.
Él se define como un historiador “flaubertiano”: obsesionado con la palabra exacta, con la frase que no se acerque a la verdad sino a la verosimilitud. Por eso recomienda a sus colegas leer mucha literatura. No solo para escribir mejor, sino para pensar mejor.
El prólogo de su libro es de Julio Travieso, uno de los grandes narradores cubanos. Contó de su amistad con él, de las conversaciones, de las derrotas y conquistas al escribir novela histórica. Recordó la vida de Julio, marcada por la clandestinidad, la cárcel, la violencia, y cómo con El polvo y el oro, logró fundir Historia y ficción en una gran fábula.
“Cuando un novelista se enfrenta a la ficción desde la ficción, solo tiene que demostrar su creatividad. Pero cuando se enfrenta desde la Historia, entra en palabras mayores”, insistió.
Que Félix Julio haya descubierto a Joel Besmar caminando por Maceo, que haya pensado este libro desde aquí, que haya regresado para compartirlo y dejarlo en la Biblioteca, no es casual. Camagüey no es solo un objeto de estudio para él: es un espacio de revelación.
Ayer, mientras hablaba, parecía que no solo estaba presentando un libro, sino defendiendo una manera de entender la Historia: no como un archivo muerto, sino como una narración viva, atravesada por la belleza, la duda y la imaginación.
Quizá por eso el título: El banquete de las musas. Porque, al final, todo historiador también escucha —aunque no siempre lo admita— ese susurro antiguo que viene del arte.
