Su paso es lento y pesado, tanto que, a veces, le cuesta caminar. A sus 68 no duerme como antes. Lo dice sin pena. Las horas de estudio, luego los apagones, el calor, el desvelo, la pérdida, la soledad. Se le ve cansado en ocasiones, exaltado otras. Es el contraste de su vida, de los años recorridos con esfuerzo, del insomnio. Las manos le tiemblan. No solo las manos, casi todo el cuerpo y habla como si estuviera nervioso.