CAMAGÜEY.-Su paso es lento y pesado, tanto que, a veces, le cuesta caminar. A sus 68 no duerme como antes. Lo dice sin pena. Las horas de estudio, luego los apagones, el calor, el desvelo, la pérdida, la soledad. Se le ve cansado en ocasiones, exaltado otras. Es el contraste de su vida, de los años recorridos con esfuerzo, del insomnio. Las manos le tiemblan. No solo las manos, casi todo el cuerpo y habla como si estuviera nervioso.
El aula —o el laboratorio— del IPVCE no ha cambiado mucho desde que comenzó a dar clases en el ’86: oscura, pero perfectamente organizada y al frente, un escalón más alto del resto, se sienta cada día de lunes a sábado, de ocho de la mañana a cuatro y media de la tarde. Sabe la responsabilidad que tiene como entrenador de concurso. Por eso lo acompaña el rigor. No obstante, habla suave hasta para dar un regaño, como si pidiera disculpas por hacerlo.
Lo ideal sería trabajar con el pie en alto como lo indicó el médico. O quizás no trabajar. Con su edad y sus enfermedades, debería descansar en casa. Pero hay pasiones que son para siempre y realidades que son mejores evitar. “¡Qué va! Lucho contra todo lo que tengo porque solo en mi casa no quiero estar. No puedo ni montarme en un coche sin sentir que voy a caerme, pero entro a un aula y me cambia el día”. La realidad es que nunca imaginó que dedicaría su vida al aula, a los muchachos y a la Química.
Julio hubiera sido basquetbolista. En su corto tiempo de atleta ganó cinco medallas nacionales y con solo 14 años hizo equipo en la primera categoría. Pero “imagínese usted, ya había perdido a mi madre y mi abuelo. Me quedé solo con mi abuela y mi hermano que era paciente psiquiátrico a quien cuidé hasta el último momento. Yo debía trabajar y hacer dinero, y la forma que encontré fue estudiando un técnico medio”.
Si contamos la historia de las personas de esta generación hay que hablar de su disposición, del sí, correcto o no, pero en definitiva un “sí”, de riesgos, pérdidas, de prioridades que muchos no pensaron serían suyas. La gente era más buena, o realmente pensaban en un bien común. Cuando se dijo Angola, hubo muchos sí; cuando se habló de un contingente de educadores, hubo muchos sí; cuando se habló de diez millones de toneladas de azúcar, hubo muchos sí.
Julio nació casi con la Revolución. Y dijo que sí. Muchas veces. Y antepuso ese “sí” a sus proyectos en algunas ocasiones. Sacrificó y entregó. Lo hizo siempre. Lo sigue haciendo.
“Con mi graduación se me otorgó una plaza en Dinamarca para hacerme doctor refrigerante. En ese momento hubo un llamado de la Revolución debido a la necesidad de profesores de Física, Química y Matemática. Ya yo tenía mi pasaporte en la mano y me gustaba mucho la refrigeración, pero hablaron conmigo y di el paso al frente”.
Dijo que sí. Exactamente en esas tres asignaturas había obtenido resultados en concursos nacionales. Primero optó por Matemáticas, pero casi todas las plazas estaban cubiertas. Para la asignatura Química había más dificultades y Julio entendió que era lo que se necesitaba.
Julio no tuvo, como otros, quien lo respaldara económicamente ni quien costeara su carrera universitaria. Cuando comenzó a trabajar como profesor de Química en el politécnico de la construcción Álvaro Barba Machado pudo “sacar su carrera por dirigido” de la que se graduó en 1986.
Llegó al IPVCE ese mismo año, cuando se realizó una convocatoria para diferentes asignaturas. “Este era el centro de referencia, por lo que había que estar bien preparado. Yo me embullé, hice mis pruebas, di mis clases y aprobé para trabajar aquí. Comencé por los programas normales y preparaba para concursos masivos, pero no el especializado. Así estuve tres años”.
En las aulas y en el laboratorio del IPVCE está la vida de Julio, sus mejores años y sus más grandes enseñanzas.
“El cambio de escuela representó una gran diferencia. Este tipo de alumno es más estudioso que el que yo tenía. Entonces me exigía mucho. Trabajé programas muy fuertes. Pero bueno, a mí siempre me gustó estudiar. En ese mismo año, en el segundo semestre, se me plantea pasar a la Facultad de Superación en La Habana, que eran seis meses de estudio con los mejores profesores de Cuba. Si salía mal no podía trabajar en este tipo de escuelas. Fíjate cuánto requerimiento tenía ser profesor de aquí. Era algo serio”.
“Las pruebas eran muy duras. Afortunadamente yo terminé con excelente en todo, pero tuve que estudiar mucho. Ya después de esos seis meses vine para acá, y me sentía diferente, con más dominio de los temas. Creo que en ese tiempo gané más conocimiento que en los cinco años de la licenciatura”.
***
Más de 300 medallas nacionales desde 1990 avalan el trabajo de Julio con los muchachos. Luego, según su cuenta, las 25 medallas internacionales donde se incluyen Olimpiadas Centroamericanas, Iberoamericanas, la ICHO y la Mendeléyev. Pero no siempre fue así. El profe comenzó en el mundo de la preparación de concurso como segundo entrenador. Habla de su experiencia con Daisy Lorenzo, la entrenadora principal en ese momento, que preparaba a los muchachos de 12° grado, y que le daba algunos temas para que él “se fuera fogueando y aprendiendo cómo funcionaba ‘concurso’”.
“¿Qué pasaba en esta época? Los muchachos llegaban a duodécimo grado con muy mala base. En el concurso salen cosas de grados anteriores y se trababan. Entonces, Daisy propuso que yo entrenara décimo. En ese primer año mío, la escuela gana por primera vez una medalla de oro en concurso y fueron dos estudiantes de décimo: oro y plata. Imagínese usted la felicidad, mi primer año y ya tenía ese resultado”.
Julio revela el secreto: “en décimo grado no solo se prepara para el concurso, también se forma la personalidad y el talento. Ya luego el muchacho camina solo”.
Julio no solo entrena a los concursantes de Química, también da clases en las dos aulas de noveno grado del IPVCE. Asegura que sentar las bases teóricas en los más jóvenes talentos es primordial para su formación.
Así lo confirma Cesar Endris Acosta Martínez, medallista internacional de la asignatura y para quien Julio significa más que un profesor. “Me enseñó a estudiar, tener un pensamiento crítico y moldeó mi visión de la ciencia y la vida. Cuando entras a Química lo ves como una leyenda por todo lo que ha logrado y luego lo conoces, lo ves reírse, regañarte por no estudiar, siempre está al pendiente de ti y a veces hasta se enoja y no te habla por unos días. Ese es Julio”.
Baby, otra de sus alumnas, habla del profe como un buen líder. “En todos los entrenamientos nos contaba historias, casi siempre las mismas, nos las sabíamos de memoria. Si veía que no estábamos estudiando nos llamaba aparte y nos regañaba. Pero sin duda nos enseñó a ser muy unidos, sobre todo, si hacíamos equipo. Yo creo que llegué a ser más disciplinada gracias a él”.
Tales resultados le valieron también un espacio, por 25 años, como entrenador de la preselección nacional, años en que trabajó con los alumnos más talentosos del país en lo referente a Química General, participando en ocho eventos internacionales como jefe de la delegación cubana. Allí estuvo desde 1995 hasta 2020 aproximadamente, momento en el que llegó la COVID- 19, la salud ya no se encontraba igual y con ello, la decisión de no poder continuar.
Julio hojea uno de los libros que sirve de bibliografía para los concursantes
Si mira atrás y hace un resumen de su vida, Julio lo dice así: “Yo he tenido que estudiar demasiado, porque los muchachos así me lo exigen. Si no hay escuela y me piden que venga, yo lo hago, unas veces solo por la mañana, otras todo el día. Esto no tiene horario. La preparación de concurso es dialéctica. A veces tú vienes con una idea y tienes que cambiarla en el momento. La dosificación del concurso yo no la hago para todo el curso, sino mensual, porque puede variar mucho. Cada año es diferente”.
Y así nos cuenta Cesar, uno de los tantos que ha pasado por las aulas de este profesor: “Recuerdo una vez que lo vimos estudiando para presentar una clase de Inorgánica Avanzada. Fue una sorpresa. Allí te das cuenta que hasta alguien como él estudia, y entiendes su compromiso con todos nosotros. Lo mejor de Julio es que sabe cómo tiene que actuar contigo en cada momento. Se convierte en tu amigo, tu profesor, te cuenta un chisme o se preocupa por tu familia. Conoces también de sus problemas del día a día”.
Interrumpimos una de las clases de Julio para captarlo mientras explicaba los contenidos del programa a los concursantes de noveno grado
***
Julio no tuvo hijos. Fueron 25 años de matrimonio, al lado de su compañera, a quien dice le debe mucho, sobre todo la posibilidad de dedicarse al estudio sin preocupaciones. Ella tenía un hijo, pero no podía tener más. Cuenta que en algún momento quisieron adoptar, pero luego decidieron que no, por las edades de ambos. Pero Julio ha sido padre para muchos, su historia no puede contarse sin hablar de sus muchachos. Por eso los menciona en todo momento, con cariño y respeto.
“Yo me siento orgulloso de ver lo que he creado. En la Universidad todos me llaman. Me dicen: qué buenos los muchachos de Camagüey. Todos son alumnos ayudantes, hacen sus doctorados, están en centros de investigación y tienen reconocimiento. La misión de un entrenador es esa: formar talento”.
“Ellos me enseñan cada día algo nuevo. Por ejemplo, Vladimir, uno de mis estudiantes, vivía en una casa de tierra. Clasificó para una Olimpiada Iberoamericana de Química en Venezuela en el 2000, pero no tenía ropa para ir. Se habló en la provincia y se puso el dinero para comprar lo que necesitaba. Así fue y obtuvo Oro en esa Olimpiada. Actualmente vive en Francia, hizo un doctorado y se casó allá”.
“Mis alumnos son grandes. Yo me siento chiquitico al lado de ellos. Pero salieron de aquí. No sabían nombrar y formular sustancias químicas. Yo los formé. Yo formé la personalidad del talento. Cuando ya son talento, el vuelo es de ellos. Esa es mi misión. A eso yo dedico mi vida”.
***
A Julio le preocupan muchas cosas, pero específicamente el futuro de la Química en Camagüey. Ojalá “alguno de sus muchachos asumiera” pero “ellos son tan grandes que no regresan, se quedan allá arriba”. Lo dice con humildad, como si lo que hace diariamente no fuera importante, como si por sus aulas no hubieran transitado los mejores científicos, médicos, ingenieros del hoy. Ha tenido el apoyo de estudiantes que pasan su servicio militar como profesores, pero que al cabo de un año se van. A ellos, les ha confiado temas enteros, o grados con los que trabajar.
“De aquí a cinco años no sé cómo yo me encuentre y no hay un entrenador formado. Esto no es graduarse y llegar aquí y ya. Hay que estudiar mucho. La Química que yo doy en concurso es más difícil que la Química que estudié en mi carrera. Si viniera un muchacho de los que salió de aquí fuera lo mejor. Pero no, se quedan en la Universidad, en centros de investigación, hacen su doctorado”.
Lo cierto es que las enfermedades ya le pesan a un hombre que por la edad está jubilado pero reincorporado “por los alumnos”. Es la hipertensión, un edema con insuficiencia venosa crónico, la artrosis, los problemas en la rodilla, una hiperplasia prostática benigna, aunque con medicamentos de por vida. Pero “imagínese yo sentando en mi casa solo, aburrido, ¡qué va!”.
De respeto, sacrificios, estudio y exigencia está hecha la vida del profesor Julio
“Me considero un hombre feliz y realizado. Hace años ya yo me veía en Dinamarca, pero no me arrepiento. Me han pasado muchas cosas. Pero aparte de esos problemas, me siento feliz con lo que he logrado”.
Julio llora. Lo hace dejando todas sus emociones en una sola conversación. Intenta contener las lágrimas y pide tiempo para recuperarse. “Es verdad que he tenido muchos problemas. Nosotros éramos cinco. De esa familia solo quedo yo. A mi mujer también la perdí. Me he quedado solo. Los muchachos me hacen mucho bien. Yo no puedo estar solo en mi casa. Ellos me hacen vivir. Noto que me quieren. Noto que aprenden de mí. Y vivo orgulloso de eso. He tenido la mala suerte de tantos problemas de salud. Pero tengo que seguir. Necesito estar aquí”.
Mañana, su día será igual, o al menos, parecido al de hoy. A las 5:00 a.m. se levantará aunque quizás apenas durmió la noche anterior. Hasta las 4:45 p.m. estará en la escuela y regresará a casa. Llegará y quizás no habrá comida hecha, y tendrá —como hace algunas veces— que comerse un pan con algo y un refresco. Quizás tendrá que levantarse de madrugada cuando regrese la corriente para cocinar lo del otro día. Pero aún cree que es una cuestión de adaptarse, como lo hizo cuando perdió a su esposa. Quizás pedirá muchos años más y un poco de fuerza para llegar al IPVCE cada día y formar nuevos talentos. Mañana entrará al aula, y solo allí, en su laboratorio de siempre, el reconocido y prestigioso profesor Julio Antonio Rodríguez Benítez será un poco más feliz.
Detalle de la mano de Julio. Su ropa negra y las manchas por la tiza como casi todos los días desde que comenzó a dar clases en el IPVCE en el 86.