CAMAGÜEY.- Cuando mi abuela se casó, casi de forma automática dejó de trabajar fuera. Quizás por la época, siglo XX, década del 60. Prefirió dedicarse a la casa y a los suyos: sus padres y tías ya viejos, su esposo y luego sus hijos. Eso me explicaba, cuando yo, niña curiosa, frecuentemente lanzaba la misma pregunta: “Abuela, ¿por qué tú dejaste el trabajo?”.
Ella cargó con el peso de una casa y todo lo que eso implica, estuvo en cada una de las enfermedades de su familia, y cuando mi abuelo murió se dedicó a la crianza de sus dos hijos pequeños. Siguió la misma rutina durante varios años: levantarse, limpiar, lavar, cocinar, fregar y reinventarse en tiempos de escasez.
Mi admiración hacia ella ha estado influenciada por las historias que escucho hasta hoy, la transformación de la joven que apenas tenía preocupaciones en la adulta que sostuvo un hogar. En tiempos de período especial cambió su última prenda por una grabadora de tendencia en el mercado, y cuando la cosa apretó iba en camión hasta Vertientes a cambiar parte de su ropa por arroz. Lo dice con una normalidad que asusta: “niña, si al final nos divertíamos cantidad en esos viajes”.
Nunca la vi ir a un centro laboral, sentarse en una oficina, escribir informes o atender a la población. Sí la vi preparando revoltillo con tomate a mi prima y a mí, sacudiendo los muebles o recogiéndome de la escuela para que mi mamá no faltara a la secundaria donde impartía clases. No obstante, yo continuaba preguntando: “Abuela, ¿por qué tú dejaste de trabajar?”.
Desde niña repetí patrones de una sociedad donde el trabajo está asociado a remuneración económica o a funciones fuera de casa, y que mucho tiene que ver con la falta de reconocimiento social que enfrentan día a día las personas que cuidan, en ocasiones por encima de su bienestar personal.
La mayoría son mujeres. Como mi abuela, tantas otras, han dejado de lado sus proyectos personales y los han sustituido por la dedicación a un hogar. Se ha llegado a construir una representación social que afirma que las mujeres tienen mayor capacidad para desarrollar estas labores y atender a personas en situación de dependencia. Es como si este rol de cuidados estuviera adherido a las funciones o características de una mujer o se desarrollara con mayor “facilidad” por el simple hecho de serlo.
Tal representación social es una herencia, una creencia sostenida en roles normalizados por siglos por hombres y mujeres. ¿Cuántas, como mi abuela, creyeron que estaban eligiendo cuando ya el patriarcado les había trazado la ruta desde que de niñas jugaban a barrer la casita y cuidar de los muñecos mientras el niño llegaba del trabajo y estiraba los pies para que le quitaran los zapatos? Las mujeres entienden que “lo correcto” es atender la casa, llegando incluso a aceptar que los cuidados no sean considerados un trabajo, sino lo que toca hacer por simple obligación.
Negar el esfuerzo de quienes sostienen un hogar y de aquellas que, en peor situación, cuidan a una persona dependiente, representa un absurdo, pero uno que está totalmente naturalizado. Las mujeres que trabajan en la casa, esas que limpian, lavan, friegan, cocinan, cuidan a un hijo o padre, “realmente no trabajan”. Así, tal cual, nos hacen entenderlo.
Ni siquiera se puede hablar de un contexto simple, sino uno marcado por las carencias. Las familias se reconstruyen y la cotidianidad desencadena en un cansancio físico y mental que no se puede evitar. Se estira, se divide, se vela por la corriente, se manchan las manos de carbón, se invierten horarios. No obstante, ninguna labor del hogar deja de realizarse, día tras día existen personas que las mantienen.
Existen ejemplos claros de como en la balanza las actividades de cuidados se inclinan hacia el lado femenino. Datos de la encuesta nacional de igualdad de género (ENIG), realizada en 2016, evidenciaron que las cubanas dedican semanalmente 14 horas más que los hombres al trabajo no remunerado. También podemos referirnos a un estudio realizado en igual fecha en dos municipios capitalinos y que indican que más del 95% de las personas que realizan las labores del hogar son mujeres. Estas, en su mayoría, siguen como las responsables del trabajo doméstico, fenómeno que persiste en medio de una cultura patriarcal.
Podríamos detenernos un momento y analizar: si usted hoy tuviera que pagarle a una persona para que limpie su casa, lave su ropa o la planche ¿podría sostenerlo? Si mañana enfermara ¿podría costear los altos precios por los cuidados ofrecidos por emprendimientos o personas naturales?
Las mujeres sienten la obligación de trabajar en casa, y peor aún, sin derecho a sentirse mal por ello en contextos muy difíciles. Hay quienes hacen doble jornada, primero en su trabajo remunerado y luego en el hogar. Y están aquellas que, como mi abuela, ni siquiera creen que hayan protagonizado una historia digna de contar. Pero en cada niño que asiste a la escuela luego de una noche de apagón, en cada comida caliente servida a punta de carbón o en cada prenda lavada a las tres de la mañana cuando llega la electricidad hay rostros invisibles que sostienen los hogares, y esos, en su mayoría, son de mujeres.