Hoy hace frío. Frío de verdad. De ese que, en Camagüey, no se parece a ningún otro. No es el frío de los manuales ni de los inviernos previsibles. Es un frío húmedo, espeso, que no corre ni se evapora, que se queda adherido al cuerpo como si la ciudad respirara sobre la piel.
Este frío, contradictoriamente, me sacó de la cama. No me arropó: me expulsó. Hace mucho frío y ya no tengo sueño. Desde el colchón escucho la ciudad en voz baja: un motor lejano, una puerta que se abre, el ladrido breve de un perro. Luego, otra vez, el silencio. Camagüey parece contener la respiración.
Aquí nada se seca rápido. La humedad lo complica todo. La ropa no pierde el peso en horas como en los climas de calor seco; aquí permanece húmeda, tarda, se queda. Por eso este frío se siente distinto: es denso, torpe, persistente. Convierte a la gente en figuras envueltas, en cuerpos rígidos que caminan como robots, con el paso corto y los hombros encogidos.

Hoy es día de dos pantalones, tres pullovers, medias, enguatadas y abrigos prestados. El que tenga un gorro con pompón, que lo saque sin pena. Camagüey amaneció disfrazada de invierno. Pero no se nos puede perder el cumpleaños entre capas de ropa.

Porque hoy, 2 de febrero, esta ciudad cumple 512 años desde que la tradición decidió fijar una fecha para su nacimiento. No existe un documento definitivo. Hay memoria, relatos orales, discusiones académicas, fechas que se debaten. Pero más allá de los números, lo que permanece es el gesto: encontrar un sitio, intentar vivir.
Primero fue la costa, Pueblo Viejo, en Nuevitas. Luego el cansancio del salitre, los jejenes, los mosquitos, la sed, la falta de agua potable. Después vino el desplazamiento tierra adentro, hasta quedar entre los ríos Tínima y Hatibonico, en tierras donde ya reinaba el cacique Camagüebax. De ese nombre ancestral quedó el eco que hoy nombra a la ciudad.

Y pasaron los siglos.
Hoy Camagüey es un entramado de costumbres, identidades y formas de entender la vida. Una ciudad que todavía sabe —aunque no siempre lo diga— qué significa ser camagüeyano en el mundo y a qué ha aspirado siempre.
Hace frío, y no es solo por febrero. Es el frío de las ausencias, de las casas que guardan silencios, de los nombres que ya no se pronuncian. Aun así, saldremos. Con torpeza, con capas, con el cuerpo entumecido. Celebraremos sin glamour, con trapos y con alma, porque también así se defiende una ciudad.
Feliz cumpleaños, Camagüey. Para los que nacieron aquí y para los que vinimos de otros pueblos y decidimos quedarnos. Porque esta ciudad no es solo de origen: es de pertenencia.
Hoy tiembla. Pero sigue viva.