Las múltiples crisis y contradicciones del sistema mundial hacen, de la actual, una realidad geopolítica que entra en barrena. La sucesión de acontecimientos políticos y militares impensables que ocurrieran en años o décadas desbordan cada día cintillos, espacios informativos y de opinión de los medios.
Entramos de lleno, con fuerza, en ese claroscuro definido por Antonio Gramsci en que surgen los monstruos durante ese interludio entre la muerte del viejo mundo agonizante y el nuevo que tarda en aparecer.
El 2026 comienza convulso con el ataque a la República Bolivariana de Venezuela por tropas de Estados Unidos y el secuestro de su presidente constitucional Nicolás Maduro Moros y de su esposa Cilia Flores.
Las ansias imperiales guían esta escalada en el Caribe con el telón de fondo de las pretensiones sobre el control de los recursos energéticos, el progresivo declive del dólar como moneda de reserva global y la desviación mediática de graves problemas internos de la sociedad estadounidense, entre ellos la revelación de los archivos de Epstein, con acusaciones de pedofilia a importantes políticos, incluido el actual mandatario Donald Trump.
Aunque algunos ven lo ocurrido el 3 de enero último en la nación sudamericana como demostración de fuerza y poderío sin límites, resulta más bien lo contrario, al escenificar un síntoma de la lucha contra reloj de una primera potencia mundial en decadencia que hace aguas por varios frentes.
Hacia lo interno, la economía no va del todo como quisiera la actual administración de la Casa Blanca: los aranceles no dan el efecto prometido, no regresan del extranjero las industrias y manufacturas; mientras que la creciente deuda gubernamental asciende a más de 38 billones de dólares (trillions en inglés).
Estados Unidos necesita de la energía barata como el comer ante el auge de la inteligencia artificial y los grandes centros de datos, y de una pretendida reindustrialización, matizada por un déficit de combustibles que le hacen salir diariamente al mercado a comprar siete millones de barriles de petróleo, de ahí la necesidad de asegurarse las reservas venezolanas de crudo que son las mayores del mundo.
La fuerte polarización política entre demócratas y republicanos, conflictos migratorios, drogadicción, abusos de patrullas para-policiales como el ICE, elevado precio de la vida y destrucción de las condiciones materiales de la mal llamada clase media reconfiguran un escenario en el que cada vez más analistas comentan sobre el peligro de una guerra civil.
Para Trump el paso del tiempo no es aliado con las próximas elecciones de medio término del Congreso a la vista, en noviembre de 2026, cuando las encuestas presagian la pérdida de la mayoría republicana en ambas cámaras y, por tanto, más dificultades para llevar adelante su agenda política.
El imperio ante sus necesidades urgentes abre varios frentes: Ucrania, Irán, el convulso Medio Oriente, a los que se le suman ahora Venezuela y Groenlandia; en una lucha frontal o encubierta de varios niveles con otras potencias como Rusia y China para el desgaste y logro de objetivos estratégicos.
A Donald Trump y su administración ya abiertamente no les importa el Derecho Internacional, no solo por la captura ilegal del presidente de un país soberano y el uso de la fuerza, sino además por la salida anunciada de 66 tratados internacionales, lo cual indica el desecho, cuando no le son funcionales, de reglas e instituciones que le garantizaron su hegemonía antaño.
En el escenario mediático las noticias, la mayoría falsas y sin constatación en el terreno militar, político o económico, se suceden como parte de establecer narrativas afines a los intereses del gobierno norteamericano en medio de la guerra cognitiva contra el resto del planeta.
Ante los acontecimientos en pleno desarrollo en Venezuela lo recomendable no es apresurarse a afirmar la veracidad de traiciones al más alto nivel del chavismo, cuando no se tienen las pruebas fehacientes para ello y los hechos reafirman lo contrario en un país donde la estructura del poder se mantiene, sin cambio de régimen, ni pérdida de soberanía. La historia dirá la última palabra.
Prudencia y paciencia estratégica en lo comunicacional para no caer en trampas y narrativas, no comprobables hasta la fecha, que son funcionales a la propaganda occidental. Una cosa son los deseos y otra diferente la realidad. Esta también es una batalla por los sentidos donde no conviene sembrar dudas y confusiones.
Para la región latinoamericana y sus pueblos, con la revitalización de la Doctrina Monroe y declaraciones injerencistas desde Washington D.C., no les queda más alternativa que la búsqueda de una subjetividad propia basada en el pensamiento de Simón Bolívar y José Martí para no ser aplastados por el gigante de las siete leguas.
Ya lo decía el Héroe Nacional de Cuba en el artículo La protesta de Thomasville, publicado en el periódico Patria:
“Ni pueblos ni hombres respetan a quien no se hace respetar. (…) Ellos, celosos de su libertad, nos despreciarían si no nos mostrásemos celosos de la nuestra. Ellos, que nos creen inermes, deben vernos a toda hora, prontos y viriles. Hombres y pueblos van por este mundo hincando el dedo en la carne ajena a ver si es blanda o si resiste, y hay que poner la carne dura, de modo que eche afuera los dedos atrevidos. En su lengua hay que hablarles, puesto que ellos no entienden nuestra lengua".
Asistimos a un momento de cambios trascendentales en que la conciencia de los pueblos y políticos de este continente mestizo desde el Río Bravo hasta la Patagonia dictarán un futuro, luminoso o no, marcado por las opciones de soberanía o tutelaje.