CAMAGÜEY.- Siempre que pensamos en el lado espinoso de la relación entre el gobierno de Estados Unidos y la Revolución Cubana, de inmediato miramos a los esfuerzos de los norteños para demoler el socialismo edificado desde 1959 de las maneras más inquietantes posibles. La lista es larga: inoculación de virus, boicots económicos, chantajes políticos y atentados como el realizado un seis de octubre de 1976 al avión del vuelo CU-455, frente a las costas de Barbados.

Después de cuatro minutos y 55 segundos del despegue del avión civil, ocurrió el crimen, considerado el más brutal de las aguas del Caribe. Un acto terrorista confabulado por Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, quienes utilizaron como ejecutores a los mercenarios venezolanos, Freddy Lugo y Hernán Ricardo. La trama resulta más cruda cuando los archivos revelan el conocimiento de la CIA del plan siniestro. La evidencia de un silencio cómplice, aprobatorio.

En el subconsciente nos sacude una y otra vez la alerta: “Pégate al agua Fello, pégate al agua”. Sin embargo, el daño es enorme y ese último recurso de maniobra de la experiencia tras el volante, para evitar la catástrofe, fracasa: una explosión ocurre en uno de los asientos de la cabina de pasajeros y la otra cerca de la cola. El odio, con sus escaramuzas, apagó la vida de todos los 73 viajeros.

Entre labios pronunciamos la cifra y nos estremecemos. Duele aún más cuando profundizamos en la historia de los tripulantes, al conocer que la edad promedio apenas superaba los 30 años. Se hallaban en el vuelo los integrantes del equipo juvenil de esgrima cubano, sonrientes porque habían ganado las medallas de oro en el campeonato Panamericano. Además, en el avión se encontraban cinco norcoreanos y 11 guyaneses, uno de ellos era una niña de nueve años.

Los terroristas, solo ven números detrás de sus actos. Solo ven números y si tienen el amparo de una potencia, como EEUU, el efecto de la justicia no es el mismo, como dijera la periodista Alicia Herrera, autora del libro "Pusimos la bomba... ¿Y qué? ": "(...) Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, autores intelectuales confesos del abominable crimen, fueron protegidos por el gobierno de Estados Unidos y puestos a salvo de la justicia en su territorio, donde recibieron todo el apoyo de la Agencia Central de Inteligencia, que los adiestró desde la década del 60 para cometer todo tipo de atentados contra el pueblo cubano y su Revolución".

Si de arrepentimiento se habla, no hay mucho qué decir. Todo lo contrario. La sed de sangre transforma al hombre en bestia y desaparecen las fronteras de aquello que, precisamente, nos hace humanos. Así lo revela la autora del citado libro, en su experiencia con los perpetradores del siniestro.

"Fueron momentos muy fuertes, difíciles de manejar, con una carga de sorpresa y rabia, de miedo (...) Bosch se posesionaba del escenario, gesticulaba con sus manotas, a veces se levantaba del asiento y contaba con estridente voz sus fechorías, como si estuviera frente a un público cautivo". Expuso cómo Posada Carriles, según documentoa de FBI, declaró: "Volaremos un avión cubano", mientras que Hernán Ricardo, " gritó para que todos lo oyeran en el patio de ejercicios del cuartel San Carlos: "Pusimos la bomba ¿y qué?".

A 50 años de este conmovedor acontecimiento, todavía el pueblo cubano clama justicia y rememora las palabras del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz en el sepelio de sus víctimas: " Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla". El recuerdo de estos inocentes alimenta nuestras convicciones, voluntades y nos hace crecer en tiempos difíciles