La antorcha que se alzó en 1953 para impedir que el Apóstol muriera en el año de su centenario sigue iluminando a Cuba, es un fuego que se renueva cada enero en la Marcha de las Antorchas, símbolo de continuidad y resistencia.

Los anales de la historia nacional no puede entenderse como hechos aislados, sino como un torrente en el cual las ideas de un siglo alimentan las luchas del siguiente; en ese caudal, una llama se mantiene viva, la que un joven abogado levantó en la escalinata universitaria para proclamar que la obra martiana no quedaría petrificada en mármol.

Bajo la dictadura de Fulgencio Batista, se intentaba reducir al Maestro a un símbolo vacío, sin embargo, la Generación del Centenario comprendió que el verdadero homenaje no eran coronas oficiales o el sustantivo vacío, sino la acción revolucionaria.

Corría enero de 1953 cuando la Universidad de La Habana se convirtió en volcán, la primera Marcha de las Antorchas no fue desfile, sino un grito de rebeldía de los pinos nuevos que duraría hasta nuestros días.

Jóvenes de la FEU, junto al movimiento que gestaba el Moncada, bajaron por la calle San Lázaro portando el fuego vivo que simbolizaba la vigencia de las ideas del Apóstol, que no debían morir en el año de su centenario. 

Desde entonces, la relación entre el Apóstol y el Comandante se ha descrito como orgánica, el primero fue guía espiritual; el segundo, arquitecto que llevó ese pensamiento al plano de la realidad social.

La frase martiana “con todos y para el bien de todos” encontró realización en la soberanía que se conquistó en 1959, la Reforma Agraria, la Campaña de Alfabetización y en muchos de los procesos sociales que poco a poco realizó la naciente revolución de los humildes.

El joven Fidel que alzó la antorcha no se limitó a leer a Martí: lo interpretó y lo multiplicó; unidad, ética en el poder e internacionalismo fueron puentes entre el ideario del Maestro y la praxis del dirigente revolucionario, por eso, hablar del Comandante es hablar de la culminación del proyecto trazado por el Apóstol.

Con el paso del tiempo, los homenajes se transformaron en continuidad, si en 1953 se impidió que Martí muriera en su centenario, hoy las nuevas generaciones tienen la responsabilidad de que el legado del líder histórico no se desvanezca en este su centenario, no se pueden dejar morir.

En una de las conmemoraciones recientes, el General de Ejército Raúl Castro recordó la fuerza de aquel gesto: Con la antorcha en alto, señaló que la juventud ilumina las calles como lo hicieron los jóvenes del Centenario, y que la llama que levantaron no se apagará jamás.

Convertida en tradición, la peregrinación es el momento en el que pasado y futuro se encuentran y al desfilar, el pueblo no solo recuerda a los héroes del 53, ratifica que la llama del Maestro aún arde en el pecho de quienes se niegan a ser esclavos.

Mientras existan cubanos dispuestos a levantar el fuego contra la oscuridad de la ignominia, el Apóstol y el Comandante seguirán marchando juntos, brazo con brazo, por la calle San Lázaro y por todos los caminos de la Patria.

Porque una Revolución que cuida su fuego es una Revolución que jamás será derrotada.