CAMAGÜEY.- La ceremonia transcurre bajo formas solemnes, casi inmutables: discursos breves, nombres en listas, aplausos medidos, una música que abre y otra que despide. Sin embargo, detrás de esa ritualidad aparentemente rígida, la Distinción 512 vuelve a revelar el mapa humano de Camagüey en un mismo salón.
Cada año, desde 1994, el gobierno municipal entrega este reconocimiento como parte de las celebraciones por el aniversario de la fundación de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey. Se distingue a personas e instituciones cuya labor ha contribuido al desarrollo del territorio “con ética patriótica”, una fórmula que, más allá del enunciado, adquiere sentido cuando se observa quiénes están.
Hoy, en el Salón de Protocolo Nicolás Guillén, en la Plaza de la Revolución, la lista fue tan diversa como la ciudad misma. Junto a referentes de la vida cultural —la compañía folclórica Camagua, el Coro profesional, la Orquesta Sinfónica, la agrupación Rumbatá— aparecieron cooperativas y productores de alimentos, juristas, delegados de circunscripción, presidentes de consejos populares de zonas alejadas como San Blas, y trabajadores con resultados relevantes en el vínculo comunitario.
Allí estaban también los rostros que sostienen la vida simbólica cotidiana: la locutora Sandra Martínez y el actor Javier del Toro, conductores de la ceremonia, figuras reconocibles que no solo presentaron el acto, sino que encarnan otra forma de servicio público desde la palabra y la escena.
La Distinción 512 no solo premia trayectorias: ordena, por un instante, lo que en la vida diaria aparece fragmentado. En un mismo espacio convergen la cultura, la producción, la gestión local, el arte, la comunidad. Lo que suele transcurrir en planos paralelos —un ensayo musical, una cosecha, una asamblea de barrio, un programa radial— se reconoce aquí como parte de un mismo cuerpo social.
La música del cuarteto de saxofones Unión, que abrió con La camagüeyana y cerró con Los ojos de Pepa, subrayó ese sentido de pertenencia. No fue un simple acompañamiento: fue la voz sonora de una ciudad que se nombra a sí misma mientras se celebra.
Esta fue solo la primera entrega de la Semana de la Cultura Camagüeyana, y no será la única. Pero en su aparente formalidad, la Distinción 512 dejó ver algo esencial: que Camagüey no se define solo por sus monumentos ni por sus efemérides, sino por la suma de quienes, desde oficios distintos, sostienen la vida del territorio y la convierten en historia compartida.

La Distinción 512 no solo premia trayectorias: ordena, por un instante, lo que en la vida diaria aparece fragmentado. En un mismo espacio convergen la cultura, la producción, la gestión local, el arte, la comunidad. Lo que suele transcurrir en planos paralelos —un ensayo musical, una cosecha, una asamblea de barrio, un programa radial— se reconoce aquí como parte de un mismo cuerpo social.
La música del cuarteto de saxofones Unión, que abrió con La camagüeyana y cerró con Los ojos de Pepa, subrayó ese sentido de pertenencia. No fue un simple acompañamiento: fue la voz sonora de una ciudad que se nombra a sí misma mientras se celebra.
Esta fue solo la primera entrega de la Semana de la Cultura Camagüeyana, y no será la única. Pero en su aparente formalidad, la Distinción 512 dejó ver algo esencial: que Camagüey no se define solo por sus monumentos ni por sus efemérides, sino por la suma de quienes, desde oficios distintos, sostienen la vida del territorio y la convierten en historia compartida.